Octavio Gómez Milián, profesor y escritor.

Octavio Gómez Milián, profesor y escritor. E.E Zaragoza

Opinión

En tu ausencia

Publicada

Hay domingos en los que el silencio estremece. Como si la espera fuera un alivio diferente. No hay solución más que el recuerdo. Es el abismo una derrota del río cuando arrastra la esperanza. Una vida sofocada por la tragedia. Deberían estar todas vuestras luces encendidas, ninguna debería haberse fundido antes que la mía: sé que guardabas un millón de canciones en tus manos, alumno.

Un proyecto común de afonía contra la mediocridad. El silencio avanza por la autovía y se adentra, por la autovía, entre las ramificaciones de los pueblos y sus gentes, los que te buscan, los que te esperan. Recuerdo, ya que el tiempo no es más que un conjunto cualitativo que contiene un olvido infinito, la última vez que nos vimos: estabas subido junto a Danisu, en la tarima del pabellón de Ateca, preparando la fiesta, las canciones para los que venían con la sed de la juventud, una tarde que se extendía, que era una promesa por cumplir.

Y yo, mientras, contemplaba a mi hijo jugar, en esos hinchables ajados que se reparten en los festivos, carretera y manta. Sesión vespertina, sesión nocturna. Veníais de una carrera de números y artes, Pablo, una etapa en esta colección de obstáculos y fiestas que acaba confeccionando la vida. No hay alivio, ni aun con la promesa de la anestesia del tiempo.

Habíamos compartido minutos de pizarra y operaciones, la integral de la vida contenida bajo una función con límite en el infinito, madrugones de legañas enfervorizadas, la lista intermitente de presencias y ausencias. Hoy, ayer, mañana, otros, otras, todos, ya no sé cómo seguir con la lista de los ausentes, cómo permitir que de mi boca y de mi teclado exhalen esas letras, deterministas y abusivas. Otra alumna, que desfila como una luz ligera, se deja atravesar por mayo para sostener toda la pena. Le abrazo en la puerta con esta experiencia que me desagrada desde hace décadas.

No hay casuística que nos alivie, no hay lugar donde llegue la calma ni el sosiego. Demasiadas veces, en esta misma columna, he tratado de exorcizar el dolor compartiéndolo, de reducir la escala de la pena en el abrumador compromiso de recordarte, intentando hacerlo más soportable. Y, en cada una de esas veces, he fallado.

Me pregunto, otra vez, ¿quién le ha dado permiso a la vida para que te ausentes? Un asiento vacío en mi clase, alguien que te busca, que se disculpa por estar y no estar a la vez, en esa búsqueda cuántica de ella, tu amiga, que no duerme, que lleva despierta desde siempre, que no va a volver a la cama, como si construyera un laberinto para este mal sueño. Y me escribe, como me gustaría que me escribieras tú, y habla de la marea de tu familia y amigos, recorriendo las calles de mi ciudad, la que recibe y es recibida, me recuerda la bondad infinita de tu figura, joven y presente.

Los que buscaron, kilómetros hacia donde la distancia y la dirección son solo confusión de nubes, condensación de lágrimas. Nudo y desenlace. Este silencio que se presenta, otra vez, errático y despreciable, me descompone. Escribo, en la madrugada silenciosa, que todavía soporta más silencio ahora que ha firmado tu ausencia.

Dedicado a mi alumno P.C,