Nuria Pamplona

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Opinión

La capacidad para encajar la crítica es la mejor manera para medir al político democrático

Nuria Pamplona, periodista
Publicada

En el marco del primer aniversario de El Español en Aragón, el periodista J. Ramírez dejó una frase que invita a una profunda reflexión sobre el ejercicio del poder en democracia: “El mejor rasero de medida para un político que apuesta por la democracia es la capacidad que tiene para gestionar la crítica.” Esta afirmación, tan certera como provocadora, me lleva a pensar en la naturaleza misma de la crítica, en su función social y en su papel dentro del ecosistema político.

La crítica, en esencia, no es más que la visión del otro sobre una realidad compartida. Es una interpretación, a menudo subjetiva, que se proyecta sobre quien ostenta una responsabilidad pública. En el caso de profesiones como la política o la periodística, esta visión se amplifica por la exposición constante a la que estamos sometidos. No se trata únicamente de una cuestión de imagen o reputación: es una responsabilidad inherente al cargo. Quien decide asumir un rol de liderazgo en democracia debe entender que la crítica no es un accidente del camino, sino parte del trayecto mismo.

En este sentido, la gestión de la crítica se convierte en un termómetro de madurez democrática. No basta con tolerarla; hay que saber encajarla, procesarla y, en los mejores casos, transformarla en oportunidad. Esta capacidad no es común, ni fácil de desarrollar. Requiere inteligencia emocional, visión estratégica y, sobre todo, una profunda convicción democrática.

Durante el último debate del estado de la comunidad, escuché con atención al presidente del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón. Encontré un líder con un rasero alto para encajar las críticas. No se limitó a responder con evasivas ni a escudarse en cifras o promesas. Supo escuchar, interpretar y devolver con argumentos sólidos, incluso en los temas más espinosos: los posibles adelantos electorales, los anuncios de nuevos hospitales en Zaragoza ciudad, o las famosas vacaciones del presidente.

Lo que más me llamó la atención fue su capacidad para transformar las críticas en exposiciones constructivas. No se trató de un ejercicio de retórica defensiva, sino de una demostración de liderazgo sereno. En lugar de deslegitimar al interlocutor, sus exposiciones invitaban a reflexionar.

Este enfoque no solo desactiva la confrontación, sino que genera un espacio de entendimiento. Cuando el otro siente que su verdad ha sido reconocida, aunque no compartida, se abre una puerta al diálogo. Y en ese momento, la crítica deja de ser un ataque para convertirse en una herramienta de mejora.

La política, en su mejor versión, debería aspirar a esto. A construir desde la diferencia, a integrar la disidencia como parte del proceso, y no como una amenaza. La crítica bien gestionada no debilita al líder; lo fortalece.

Esta actitud debería ser el estándar, no la excepción. Porque si algo nos enseña la frase de Ramírez es que la verdadera medida de un político no está en sus logros aislados, sino en su capacidad para convivir con la mirada ajena. En su habilidad para transformar el juicio del otro en una oportunidad de mejora. En su disposición para asumir que la verdad no es patrimonio exclusivo de quien gobierna.

La crítica, cuando se gestiona con inteligencia, se convierte en un espejo que permite al político verse desde fuera. Y ese ejercicio, aunque incómodo, es profundamente necesario. Porque solo quien se atreve a mirar su reflejo sin filtros puede aspirar a liderar con autenticidad.

Es una virtud que distingue al político comprometido del oportunista. Es la diferencia entre el que gobierna para sí y el que lo hace para todos. Conviene recordar que la crítica, bien entendida, es también una forma de amar lo público. Porque quien critica, espera. Y quien espera, cree.