A pocas semanas de que conozcamos los ganadores de los premios Oscars, las películas nominadas se agolpan en la cartelera y el público se acerca con curiosidad para encontrar algo que le llame la atención, al margen de los meros eslóganes publicitarios. En definitiva, la audiencia actual busca algo que le saque de su monotonía y que le haga sentirse especial.

Algunos han querido resumir esta idea bajo el concepto de “evento”: es decir, “un suceso importante de índole social”, tal y como bien lo explica el Diccionario de la lengua española. La definición de este fenómeno subraya el interés por compartir una experiencia que se considera diferente, especial y única, y que, por tanto, merece la pena disfrutar en colectividad, bien sea por el consumo de una obra cinematográfica o por el placer de disfrutar de una buena conversación.

En este contexto, ha surgido este año una película que puede definirse como un “evento”, y que se entiende como algo especial. Hago referencia aquí a “The Brutalist”, filme estadounidense dirigido por Brady Corbet y que ha liderado un proyecto que narra la épica travesía de un famoso arquitecto húngaro judío, que viaja a los Estados Unidos tras dejar atrás el horror de los campos de concentración nazis. Este personaje, interpretado por Adrian Brody, demostrará en la película una gran obsesión por la construcción de un centro comunitario, encargo que se convertirá en motivo de vida y que se impondrá a cualquier otra motivación vital.

El misterio críptico de esta construcción se mezclará con las sombras de su vida, sus miedos, obsesiones y pasiones más destructivas, en un contexto en el que el arte se impone a la vida, y la integridad de la obra a la imperfección de la realidad circundante (manifestada en sus relaciones sentimentales, familiares o en su difícil integración como judío en la sociedad estadounidense).

Esa obsesión por la obra íntegra, por su brutal belleza y orden, empuja al espectador a un mar de dudas y complicados interrogantes que se prolongan en una extraña película que se desarrolla durante casi cuatro horas. Y he aquí la gran paradoja de “The Brutalist”. La confusión que genera queda engrandecida por el hecho extraordinario de mostrarse en una monumental narración dividida en dos partes, una obertura y un epílogo. El barniz de este complejo entramado se materializa en su filmación en un formato cinematográfico de 70mm. y la necesaria parada de 15 minutos entre la primera y segunda parte.

Es decir, una vuelta al estilo de las producciones épicas de los años 50 y 60 del cine, donde el espectador sabía que la grandilocuencia de la narración presentada merecía un descanso obligado, y que lo presentado en la pantalla era especial, no una simple historia que podía consumirse en las pequeñas ventanas televisivas.

Las milimétricas órdenes del necesario descanso de 15 minutos y su proyección en las condiciones adecuadas (los antiguos procesos analógicos) han generado una expectación única en el espectador que, ante lo novedoso e inusual, ha identificado la película como un “evento” de obligado visionado.

Es curioso, y milagroso, diría yo, que la búsqueda de la integridad de la obra, motivación clara del protagonista de “The Brutalist”, ha traspasado los límites cinematográficos y se ha extendido a las “nuevas reglas” de consumo por parte del espectador, que las ha recibido con entusiasmo. Y es que no hay nada más mágico en un “evento” que el abrazo entre el artista y el contemplador, entre el corazón de la obra y el corazón del espectador. No hay nada más humano que el arte, ni nada más puro que la integridad de esta relación.