Altea, Costa Blanca. Shutterstock.
Parece Santorini pero es España: el pueblo que enamora a los viajeros por sus iglesias azules y miradores frente al mar
Esta localidad alicantina destaca por sus casas blancas, cúpulas azules y miradores con vistas al Mediterráneo que evocan la esencia de la isla griega.
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Hay rincones del Mediterráneo que parecen sacados de una postal griega, pero sin salir de España. Altea, en plena Costa Blanca, conquista a quienes la visitan por sus casas encaladas, sus cúpulas azules y una sucesión de miradores abiertos al mar que recuerdan inevitablemente a Santorini.
Este municipio alicantino se ha convertido en uno de esos destinos que sorprenden por su estética y su capacidad para enamorar a primera vista.
La provincia de Alicante es, en sí misma, un catálogo de paisajes que combinan mar, montaña y pueblos con identidad propia. Desde calas escondidas hasta sierras que se asoman al Mediterráneo, su diversidad la convierte en uno de los territorios más atractivos para el viajero.
No es casualidad que cada año miles de visitantes elijan este rincón para desconectar, atraídos por su luz, su clima y su riqueza patrimonial.
En ese escenario privilegiado emerge Altea, situada en la comarca de la Marina Baixa, como uno de los enclaves más reconocibles. Tal y como destaca Turisme de la Comunitat Valenciana, es "de esos lugares que se te quedan en un lugar especial del corazón".
Su imagen, marcada por el blanco impoluto de sus fachadas y el azul intenso de sus cúpulas, le ha valido incluso el sobrenombre de 'cúpula del Mediterráneo'.
Aire griego en la Costa Blanca
El parecido con Santorini no es casual. Altea comparte con la isla griega esa estética de postal basada en el contraste entre el blanco y el azul, pero también en su relación directa con el mar.
Su casco antiguo, elevado sobre una colina, ofrece una sucesión de calles empedradas, fachadas adornadas con buganvillas y balcones que se abren a un horizonte infinito.
El corazón de esta imagen icónica es la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Consuelo, cuya cúpula de tejas cerámicas azules y blancas se ha convertido en el gran símbolo del municipio.
A su alrededor, plazas y miradores permiten contemplar el Mediterráneo en todo su esplendor, reforzando esa sensación de estar en un destino que bien podría confundirse con una isla griega.
Lleno de rincones
Recorrer Altea implica perderse por su Conjunto Histórico del Baluarte y Recinto Renacentista de la Villa, donde aún se conservan restos de antiguas murallas y accesos como el Portal Vell o el Portal Nou. Desde allí, el paseo discurre entre viviendas de los siglos XVIII y XIX hasta alcanzar enclaves como la glorieta del Maño, desde donde las vistas resultan especialmente impactantes.
Cada rincón del casco antiguo invita a detenerse. Desde Turisme de la Comunitat Valenciana, hablan de que cada rincón del casco antiguo de Altea merece una fotografía. Lo que es cierto, algo que sabe todo el que ha estado allí.
Vistas de Alta desde su Casco Antiguo. Altea
Miles de parejas visitan cada año Altea porque es un destino súper romántico. Caminar por su casco antiguo, comer o cenar en alguno de sus restaurantes, tomarse un helado en la plaza o disfrutar de las vistas desde algún mirador.
Del mar a la montaña
Más allá de su perfil urbano, Altea también destaca por su entorno natural. Sus playas de grava y bolos, como la del Mascarat o la de Cap Negret, ofrecen paisajes diferentes a las clásicas playas de arena, mientras que enclaves como la Olla sorprenden con pequeños islotes accesibles incluso a nado o en kayak.
El interior completa la experiencia. Las sierras del Parque Natural de la Serra Gelada y de Bernia ofrecen rutas de senderismo con vistas privilegiadas al mar, como la del Forat de Bernia, que culmina en un mirador natural a gran altura.
El encanto de Altea se amplía con su entorno más cercano. A pocos kilómetros, localidades como Calpe destacan por la imponente silueta del Peñón de Ifach, mientras que Benidorm combina sus rascacielos con playas extensas y una animada vida turística.
También sobresale Alfaz del Pi, conocida por su tranquilidad y su carácter residencial, o Villajoyosa, famosa por sus casas de colores junto al mar y su tradición chocolatera.