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Essaouira, joya del atlántico marroquí

La Ciudad Roja de Astapor, de ‘Juego de Tronos’, es una de las villas de pescadores más hermosas y (quizá) míticas del continente africano.

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A escasas tres horas de carretera de Marrakech se encuentra una de las villas de pescadores más hermosas y (quizá) míticas del continente africano: Essaouira, uno de los secretos mejor guardados de la costa marroquí, allí donde las impetuosas olas que bañan su orilla se tragan ese desierto de fuego sahariano que baja hacia el Atlántico.

Un oasis que encandiló a cientos de hippies en los años 70, con Jimmy Hendrix a la cabeza o a cineastas ya con plaza propia, caso de Orson Wells tras rodar allí Otelo. También serviría de escenario a Ridley Scott en El reino de los cielos, a Oliver Stone en Alejandro Magno y, cosas de los tiempos convulsos que corren, para ubicar la Ciudad Roja de Astapor, de la mismísima Juego de Tronos -que acaba de estrenar su séptima temporada-, en la ficticia Bahía de los Esclavos más bonita de todo el mundo real.

Pero es que, además, si Wells inauguró su tradición artística, podría decirse que Hendrix puso los primeros sonidos a una psicodelia ‘cannábica’ que sigue más vigente que nunca en lo que ha dado en conocerse como el ‘Woodstock marroquí’: El Festival Gnaoua y de Músicas del Mundo, que celebrará su decimonovena edición entre los próximos 12 y 15 de este mes de mayo. Cuatro días en los que Essaouira se convertirá en la capital del mapa sonoro de África y abrirá de par en par sus puertas a un caudal de músicos locales e internacionales. De ese tradicional folclore trance a ritmo de tres cuerdas de bajo que ofrece el guembrí y que acompasado por las qraqeb (unas características castañuelas de metal), conforman la música gnaoua, al jazz, el reggae o el rock.

La vieja Mogador

Essaouira, que significa “bien diseñada”, fue así renombrada por el sultán Sidi Mohammed ben Abdallah. Corría 1765 y el monarca quiso reactivar la actividad portuaria que la soberanía portuguesa había echado a perder un par de siglos atrás. El encargo recayó en un arquitecto galo y este redibujó la otrora Mogador –topónimo luso que recuperó el imperio francés en 1912 hasta la independencia de 1956-, combinando el estilo marroquí y europeo. En la segunda década del siglo 21, la villa es una bellísima, pequeña y muy segura localidad portuaria más cerca del desenfado hedonista en su armoniosa convivencia, que de esa estricta interpretación de la fe islámica que cada vez se asocia más, e injustamente, a los países de credo musulmán.

Derramada bajo el horizonte, la pequeña península de fachadas blancas contorneada por el intenso azul ultramar -y moteada de araucarias y mimosas-, es un dulce guirigay de riads con encanto, galerías de arte y ateliers a pleno rendimiento. Un bohemio refugio de artistas arrullado por el sempiterno graznar de hordas de gaviotas que patrullan, en vuelo rasante, ese idílico puerto fortificado teñido de lienzos coloristas de estilo naïf expuestos a la sombra de intrincadas callejuelas. De fondo, pescadores y astilleros faenan brindando estampas de postal ajenos al pasar de los días, como si la máquina del tiempo hubiera parado su reloj en una época remota. Sólo sus recios vientos alisios recuerdan que los viajes lisérgicos de antaño son hoy un paraíso para los amantes del kitesurf –que ya celebró allí su copa del mundo-, atrayendo un perpetuo goteo de surferos, turistas y otros viajeros que han fijado allí su residencia. Y qué mejor que dejarse llevar por el viento en un itinerario sin rumbo.

¿Quién necesita una guía?

Dice uno de los más célebres proverbios alauís que “la prisa mata”. Así la mejor opción para conocer Essaouira es salir a callejear sin rumbo ni reloj. Sus zocos repletos de vida en estado puro; su destartalada y cautivadora medina; unas portentosas murallas, Patrimonio Mundial de la UNESCO, vestidas por una colección de cañones en batería apuntando a mar abierto y ofreciendo una de las mejores panorámicas de la ciudadela, o su kilométrica playa con final en la salvaje Sidi Kauki… y el tiempo dejará de ser un concepto conocido.

Y es que sólo sin una guía de viajes al uso podrá el viajero quedar fascinado al descubrir el fishmarket y su cantina -donde cocinar el pescado fresco y recién comprado por apenas unas cuantas monedas de dírham-, sus generosas farmacias naturales al abrigo de los mercaderes de especias y jofainas de todo tipo de aceitunas y variantes, o disfrutar de un té repleto de hierbabuena, imprescindible ritual previo al amigable e ineludible regateo de cualquier suvenir que se desee. Al salir de la medina siempre esperará el seductor paisaje de un bravo Atlántico rompiendo contra el malecón, tras atravesar la extraordinaria place Moulay Hassan aceptando alguno de los dulces que los mancebos de blanco impoluto y bandeja al hombro ofrecen por terrazas y cafés. Y allí, entre gatos generosamente alimentados que dormitan ajenos a los marineros que separan la morralla del pescado bajo el atronador graznar de un ejército de gaviotas que pelea por su parte del botín, reparan redes o construyen los tradicionales barcos de madera –los más osados pueden acudir a la subasta del pescado, junto a la entrada del puerto, de 15h a 17h-, está la esencia fotogénica de este viaje atemporal. Para finalizar, qué mejor que compartir un partido de fútbol al atardecer sobre la arena de la playa. Lo más difícil siempre será el regreso.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar

La opción más barata y práctica es volar con Ryanair hasta Marrakech, desde Madrid o Barcelona, y allí subirse a cualquiera de los cómodos autobuses que cubren la ruta hasta Essaouira desde su Estación Central. La compañía internacional más valorada es la CTM, aunque también opera Supratours. Más caro, pero sin duda más cómodo, es aterrizar directamente en el flamante y reciente aeropuerto de Essaouira.

Dónde dormir

Essaouira cuenta con un sinfín de posibilidades de alojamiento, aunque si se va a visitar durante el festival conviene reservar cuanto antes. Lo mejor es un riad (jardín, en árabe), casas típicas marroquís de entre tres y cuatro plantas levantadas alrededor de un patio interior, generalmente ajardinado, y rehabilitadas para huéspedes. No suelen tener más de 10 habitaciones y ofrecen un trato cercano y familiar. Es el caso del Riad Zahia, gestionado por un valenciano solícito y muy buen conocedor del terreno. Otra opción dejarse llevar por los mismo porteadores al llegar a la estación, quienes ofrecen casas y apartamentos particulares a un precio más que asequible. Si se es escrupuloso, existe la vía oficial en la web de Karimo.

Dónde comer

Lo mejor es acercarse al fishmarket (en el tramo de la medina de Ave de l’Istiqlal), y regatear el pescado fresco antes de llevarlo a una de las dos cantinas de la esquina sur. Por un precio de risa lo devuelven a la brasa y acompañado de ensalada, aceitunas, salsas, pan y bebida. Aunque la recomendación gocha siempre pasa por el desayuno o tentempié. En la deliciosa Pâtisserie Driss, de visita casi obligada.