EN PRIMERA PERSONA

Carmen Posadas: "A la duquesa de Alba le regalaron una mulata como la que regala un caniche"

"Confío en que Rajoy nombre una nueva hornada de ministros para regenerar tanta corrupción" / "Yo ignoraba que en el XVII un 10% de la población de Sevilla era negra y en el XVIII los esclavos negros eran un artículo de lujo no en las Indias sino aquí, en la Península" / "A mi marido le metieron en la cárcel por dejar de ingresar a Hacienda 4 millones de pesetas, 24.000 euros de ahora".

Foto: Álvaro Minguito

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Yo siempre digo que si la Maga de Rayuela, la Maga de Julio Cortázar, hubiese estudiado en Oxford, sería Carmen Posadas (Montevideo, Uruguay, 1953). Ahora añado: si Carmen Posadas fuese la Maga, Rayuela y el mismo Cortázar habrían acabado de otra manera. O simplemente no acabarían nunca. Belleza de hoja perenne, toda educación y distinción, Posadas lleva décadas haciéndose “un poco la tonta”, como ella misma dice, para no desentonar demasiado. El problema es que acaba de publicar en Espasa una novela, La hija de Cayetana, que deja en pelotas y a la vista de todo el mundo el alcance de su estilo, su pasión y su inteligencia…

Bienvenida, señorita Grau, mire, tenía yo ya ganas de conocerla porque... ¿cómo ha dicho? ¿Que voy a tener el dudoso honor de que usted me haya hecho un tipo de entrevista que no ha hecho nunca? ¿Y qué tipo de entrevista es ese? Paso a reproducir las palabras textuales de usted: me dice que es la primera vez que se planta a entrevistar a un escritor sin haberse leído el libro que ese escritor ha escrito. Las dos sabemos que esa es práctica habitual en este oficio. Qué curioso que usted sea virgen en esto, que no lo hubiese hecho nunca.

Aclarado el origen del entuerto –un libro correctamente enviado a su destino, pero el susodicho destino se tuerce en el último minuto y no llega a sus manos a tiempo-, me da usted a entender que ahora yo juego con ventaja en esta entrevista por un doble motivo. Porque yo sí sé lo que he escrito, y usted todavía no, y, en cambio, todo lo que ha averiguado de mi novela le ha suscitado un rabioso deseo de leérsela. Pues aún va a resultar interesante este suspense...

Foto: Álvaro Minguito

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Empecemos a descorrer velos: sí, he escrito una novela sobre la duquesa de Alba de Carlos IV y de Goya, y sobre la niña negra, o para ser más precisos, mulata, que adoptó. Es un episodio histórico poco conocido y fascinante que me permite además profundizar en muchos personajes y detalles de aquella Corte y aquella época.

A la duquesa de Alba le regalaron una niña mulata como quien regala un caniche. Ella se enamoró de esta niña, la adoraba, la hizo su hija legal y le dejó una herencia que haría de ella una mujer muy rica

Indaga usted que por qué me interesé por la historia de la hija mulata de la duquesa de Alba. La verdad es que yo tenía entre manos otra novela que la tuve que tirar a medias, aquello fue un shock. Estaba escribiendo la biografía de una discípula de Freud, la princesa Marie Bonaparte. Y cuando llevaba doscientos folios o así me di cuenta de que iba directa a la catástrofe. Yo no sabía por qué pero la cosa chirriaba... No funcionaba, no me gustaba. Hasta que comprendí cuál era el problema. El problema era que después de leer mucho a Freud, al que Marie Bonaparte adoraba, me di cuenta de que en Freud hay muchas cosas de charlatán. En fin, que perdí toda la fe en el personaje, en la historia. Novela a la basura y drama total.

Fue muy duro, casi como una amputación, cuando ya tienes la mitad de la novela escrita. Entonces me pasé seis meses en plan dramático, esto es el fin, nunca encontraré otro tema de qué escribir, otro personaje que me interese... Y un día una amiga va y me comenta: "¿Tú sabes que la duquesa de Alba, no la de ahora sino la de Goya, tenía una hija negra?" Y yo: "A ver, repite". Me enteré bien de la historia, me puse a investigar y me fasciné. En realidad yo he estructurado mi novela como la historia de dos madres. Por un lado está la duquesa de Alba, que al no poder tener hijos adoptó a esta niña sin importarle su raza. Ella era una mujer muy caprichosa y muy frívola pero al mismo tiempo tenía un gran corazón.

La verdad es que se parece mucho a la descendiente suya que hasta hace muy poco hemos tenido entre nosotros ahora mismo, son clavadas, el mismo tipo de mujer: poniéndose el mundo por montera, teniendo amantes y relaciones sentimentales desafiantes, gustándoles más lo artístico, lo popular y hasta barriobajero que el mundo aristocrático al que por cuna pertenecían. En el caso de la duquesa de Goya y de mi novela, ella había nacido en Lavapiés, sus padres prácticamente no se ocuparon de ella, entonces ella hacía mucho hincapié en lo de ser muy castiza, se crió con los golfillos del barrio, corría descalza detrás de los organillos. Dentro de la Corte resultaba un tanto extravagante.

La madre biológica de la niña era una esclava preñada por el hijo del patrón a la que arrebatan la cría, la busca desesperada y acaba en un histórico burdel de Madrid donde las putas más apreciadas eran las recién paridas, porque tenían leche

A ella le regalan esta niña mulata como quien regala un caniche. Tener negritos en casa era le dernier cri. Pero para ella no fue un juguete ni un capricho, se enamoró de esta niña y la adoraba, la hizo su hija legal y le dejó una herencia que haría de ella una mujer muy rica.

Foto: Álvaro Minguito

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En la otra cara de la moneda y de la novela tenemos a la madre biológica de esta niña, una esclava embarazada por el hijo del patrón a la que arrebatan su cría y se pasa la vida buscándola. Me comenta usted que esto nos remite al drama, no tan lejano, precisamente, de los niños robados en las dictaduras militares, en la mismísima posguerra española. La novela incide en que esto no era nada excepcional en la época sino práctica habitual: violar a las esclavas negras durante un viaje por mar para contentar a la marinería y matar así varios pájaros de un tiro, porque la esclava preñada podía servir de ama de cría y porque sus hijos podían ser vendidos a su vez. Una secuencia espeluznante, en efecto. Bueno, pues mi novela confronta la historia de estas dos madres, la duquesa de Alba y esta esclava negra a la que le arrancan la niña con dieciocho años y apenas unos meses después de dar a luz, pues todavía tenía leche en los pechos...

Yo cuento en la novela cómo se lanza desesperada a buscar a su hija por Madrid y acaba en un burdel muy famoso que había debajo del puente de Segovia. Atención, esto es histórico, no me invento nada, aquel burdel ofrecía mujeres de todas las nacionalidades. Pues sí, señorita Grau, tiene usted razón en que igual que ahora, al final todo cambia poco y se parece mucho. Pues le cuento, en aquel burdel las prostitutas más solicitadas eran las recién paridas porque de sus senos manaba leche. Sí, son historias terribles, la verdad... El resultado es una novela muy de arriba y abajo, de mostrar a la vez el gran mundo y el submundo.

Yo ignoraba que en el XVII un 10% de la población de Sevilla era negra y en el XVIII los esclavos negros eran un artículo de lujo no en las Indias sino aquí, en la Península

La veo a usted más rabiosa que nunca por no saber ahora mismo cómo acaban la Cayetana de Alba del siglo XVIII y su hija negra y mi novela. Me pregunta usted si una historia así puede acabar bien. Si un amor maternal, por grande y profundo que sea, es legítimo cuando se apoya en vigas podridas, en una criatura robada a su madre de verdad. Es un tema ciertamente vidrioso. No se puede juzgar una situación de hace doscientos años con mentalidad de ahora. Es verdad lo que usted apunta de que estas cosas también ocurren ahora, ahora mismo. Pero fíjese que yo creo que ahora todo el mundo que lo hace es consciente de que está haciendo algo imperdonable. En aquella época, la gente se movía en otros parámetros. Es una monstruosidad pero, mire, no me haga desvelar el misterio, pero, confíe en mí: esta historia acaba mucho mejor de lo que empieza. Y hasta aquí puedo leer, je, je, je...

Foto: Álvaro Minguito

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Estamos de acuerdo en que una de las cosas que dan más miedo de esta historia es asomarse al dato, desconocido para la mayoría –usted y yo lo desconocíamos, sin ir más lejos...- de que en aquellos tiempos existía la esclavitud aquí mismo. No en las Indias, no en las colonias: en la Península. En Madrid. Con todo el desparpajo y hasta como un detalle de buen gusto, tener esclavos negros vestidos de librea y criaditas negras que eran, si no directamente esclavas sexuales pues... juguetitos. Eso. Recuerde además que yo soy sudamericana. En mi país de origen, Uruguay, hay muchos negros descendientes de esclavos. Pero jamás me imaginé que en España pudiera haber.

Luego, leyendo y leyendo, me enteré de que Cervantes ya llamaba a Sevilla el damero de Europa porque había un 10 por ciento de población negra. Eso es muchísimo para el siglo XVII, dese cuenta. Y en el XVIII ya se convierte a los esclavos negros pues en eso, en un artículo del lujo más extravagante, te lo regalaban como quien te regala una muñeca.

De todos modos déjeme decir una cosa, y se la digo como sudamericana: España es el país menos xenófobo que yo conozco. Si usted compara cómo trataban incluso en aquella época los españoles a sus esclavos con cómo se les trataba en el mundo anglosajón, o incluso los portugueses... En el mundo hispano, en el siglo XVIII ya había matrimonios interraciales. Hombres blancos que se casaban con mujeres de color. Mientras que si a un blanco anglosajón se le ocurría casarse con una negra acababa en la cárcel. El apartheid es un invento anglosajón que en el mundo hispano no se concibe. En España el mestizaje es una palabra amable, alude a una mezcla armónica. En otras lenguas se usan términos mucho más despreciativos.

España es el país menos xenófobo que yo conozco, el único que dignifica el mestizaje: no es lo mismo violar mujeres de otra raza que casarse con ellas

Me interrumpe usted para inquirir si eso no tendrá menos que ver con la humanidad que con la lujuria. Con que a los españoles les gustara más que a los de otras razas confraternizar sexualmente con mujeres negras, no siempre contando con el consentimiento de las interesadas. Sí, esa es la cara más oscura de la colonización. Pero cuando se da el paso de permitir el matrimonio interracial estamos dando un paso definitivo que coloca a las dos partes en un plano de igualdad, insisto, inconcebible entonces en otras partes del mundo. No es lo mismo violar que casarse...

Cambiando de tercio, como me está haciendo usted la entrevista en mi casa, a cinco pasos muy liberales del Congreso –justo cuando tiene lugar el debate de investidura-, me pregunta si no me estresa vivir justo aquí. Pues sí que me estresa, sí, y eso que estoy acostumbrada porque llevo aquí treinta años. Me recuerda usted que yo estuve muy en el centro de la pomada política a raíz de mi matrimonio con el entonces gobernador del Banco de España, Mariano Rubio. Suaviza usted la cosa elogiando la elegancia y la delicadeza con que me he sabido distanciar con los años de todo ese mundo. Y me pide un análisis del mismo ya desde fuera.

Yo debo decirle que estoy un tanto sorprendida y decepcionada porque todo ha cambiado mucho desde los años de la Transición, cuando también había una gran efervescencia política, pero de otro tipo. Estábamos todo el día reunidos en casas, conspirando, discutiendo. Pero insisto en que era otra efervescencia. ¿Más cualificada, me pregunta usted? Por supuesto, las cabezas eran otras. Entonces se metía en política gente que ya estaba muy significada antes en su profesión, brillantes abogados, intelectuales de peso. Ahora, lamentablemente, ves los partidos llenos de gente sin ninguna experiencia laboral, gente que no tiene ni idea de lo que es traer un sueldo a casa, porque te lo has ganado trabajando, quiero decir. Pues eso, que entonces teníamos todos la ilusión de coger una España en blanco y negro y volverla en technicolor. En la efervescencia de ahora yo no veo ilusión, veo desencanto. Es una efervescencia mucho más destructiva.

Me entristece mucho ver cómo los políticos han conseguido contagiar a la gente su encanallamiento, esas rencillas entre ellos, que eso se traslade a la calle. Antes no era así, los unos y los otros podían hablar, podían darse la mano después de cruzar espadas en las Cortes. Lo que está pasando es muy grave.

En la efervescencia política de la Transición había ilusión, en la de ahora yo sólo veo desencanto, rencillas y destrucción

Me toma usted la palabra de que la Transición ya no es lo que era para preguntar si la corrupción tampoco es lo que era. Si la de ahora no es como la de antes... Y apunta usted directamente al escándalo en que se vio envuelto mi marido, Mariano Rubio. Mire, a mi marido lo ingresaron en la cárcel porque dejó de ingresar a Hacienda 4 millones de pesetas. Eso son 24.000 euros de ahora. Con eso ahora no se puede comprar ni un coche. Usted misma se da cuenta de que visto en perspectiva casi da risa, y se atreve a gastar la broma de que mi marido era un pringado. Pero es que es verdad si lo comparas con todo lo que está pasando ahora.

De todos modos, centra usted, es verdad que estos años han aflorado unas piezas del rompecabezas, unos contornos del iceberg, que nos hace ver toda aquella época como un espantoso apocalipsis de corrupción generalizada y sistémica. Tan generalizada y tan sistémica que llega a dar la impresión de que para hacer verdadera limpieza habría que prescindir de cualquiera que haya sido dirigente de algo en las últimas décadas. Mire, yo realmente confío y espero que el recambio generacional ayude a solucionar el problema.

Por ejemplo, imagino que Mariano Rajoy nombrará ahora más bien ministros de la nueva hornada. Que sí, que Rajoy mandó sin ir más lejos aquellos famosos SMS a Luis Bárcenas, tiene usted razón, señorita Grau. Pero creo que ahora tiene la oportunidad de demostrar que se abre otro período, otra etapa. Lo único que puede regenerar esto es jubilar a todos los corruptos y que venga gente nueva que no esté implicada en nada. Como además la justicia es tan lenta y tarda tanto en dirimir quién es culpable o inocente, hemos llegado al punto en que todo el mundo es sospechoso, y eso es terrorífico. Entre otras cosas, eso provoca que muchas personas cualificadas y decentes ni se planteen entrar en política.

A mi marido le metieron en la cárcel por dejar de ingresar a Hacienda 4 millones de pesetas, 24.000 euros de ahora

Nuevo cambio de tercio, el último, me promete: va y me suelta usted que hace tiempo que quiere ventilar conmigo una polémica que a cuenta de un escrito mío mantuvo con Fernando Sánchez Dragó, a propósito de si yo había defendido o no en un escrito mío la erótica del poder. Me cuenta que de aquel escrito mío Dragó sacó la conclusión de que yo digo y creo que a las mujeres los hombres poderosos nos erotizan, mientras que usted dedujo que lo que yo decía es que hay un tipo de hombre poderoso o triunfador que lo es por poseer unos méritos, unas cualidades, que también le hacen triunfar en el plano erótico. Se me pone usted casi castiza, como la duquesa de Alba, y me dice que vamos, faltaría que bastara con ser gobernador del Banco de España para conquistar a una mujer como yo. Pues sí, tenía razón usted y no Dragó.

Foto: Álvaro Minguito

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La atracción erótica no deriva del poder mismo sino de la inteligencia, la fuerza y la personalidad que hacen falta para conseguirlo. Las mujeres admiramos y nos enamoramos de un hombre capaz de hacer algo heroico y ese algo heroico puede tener lugar en muchos ámbitos. Puede ser ganar la guerra de las Termópilas o puede ser hacerse rico porque has inventado el ordenador personal. Esto es antropología pura. Los hombres se sienten atraídos por la hembra más guapa y nosotras por el macho más fuerte y más interesante. No es que te guste el gobernador del Banco de España porque lo es. Es que ha llegado a serlo por lo mismo por lo que te gusta.

Me pregunta usted por qué el mismo mecanismo no funciona al revés.  Por qué si una mujer es fuerte e inteligente, más le vale ser tan guapa que lo otro no se note y no espante a los hombres. Efectivamente, a los hombres la inteligencia femenina les da miedo. Ellos necesitan pensar que son más inteligentes, más ingeniosos, estar un pasito por delante. Cuando eso no es así, lo llevan muy mal. Yo me he pasado la vida haciéndome la tonta. Me pregunta usted qué hay que hacer, cómo se alcanza el momento en que una puede dejar de hacerse la tonta. Pues mire, yo todavía muchas veces me lo hago... según y cómo.