La tribuna

El ocaso del monarca

A quienes no somos monárquicos, ni hemos aprendido a creer en la monarquía como forma de gobierno, la muerte de un monarca nos sume siempre en una incómoda situación. Por un lado, es deplorable y merece piedad la extinción de cualquier ser humano, por oscuro o discutible que haya sido su paso por el mundo. Por otro, que aquel que se creyó ungido por los dioses, el destino o cualquier otra fuerza superior para imponer su presencia y preeminencia perpetuas a sus compatriotas deje de estar ahí es una vuelta al orden natural de la cosa pública, que no hay ninguna razón lo bastante consistente para que un individuo acapare y retenga indefinidamente para sí.

Hay quienes distinguen, o lo intentan, entre el origen de las distintas formas de monarquía para validar unas y repudiar otras: no deja de ser un forzado empeño intelectual. Y es que al final todas las monarquías tienen en su origen un caudillaje militar que, tras la victoria en un conflicto armado, acierta a transformarse en caudillaje policial, mediante el control y neutralización de la disidencia a través de un eficaz servicio de vigilancia y represión. Así alcanzaban y se mantenían en el poder hace dos milenios los césares (y si fallaban en la segunda parte, sufrían un golpe que acababa con su reinado) y así llegaron y perduraron los monarcas que accedieron a la condición de tales en fechas más recientes. Verbigracia, entre nosotros, un gallego llamado Francisco Franco Bahamonde, y entre los cubanos un hijo de gallegos (y nadie interprete esto como desdoro para la región de la que ambos proceden, no pasa de ser una coincidencia) que se llamaba Fidel Castro Ruz y que hasta ayer lideró su Revolución.

Ha sido la castrista una monarquía chapada a la antigua, con el culto al líder, la proscripción de cualquier crítica y la denigración de los desafectos (reducidos a la ominosa categoría de ‘gusanos’) y sin uno solo de los numerosos contrapesos que ciertas monarquías, las parlamentarias, han acabado aceptando, en pos de una inexcusable legitimación democrática. Una legitimación que han llevado hasta el extremo de reducirse a la categoría de ornamentales o nominales, única manera de sostener, en sociedades avanzadas, la incoherencia de que una persona, por razón de su excelencia individual (ya sea por sus logros y hazañas particulares o por su estirpe), se vea llamada a prevalecer contra toda circunstancia sobre los demás.

Puede pues recibirse la muerte de Fidel Castro como el primer acto de la liquidación de un anacronismo, liquidación incompleta en la medida en que deja al frente de la Revolución, tras haberle cedido hace una década el timón del Estado, a su hermano Raúl, lo que no deja de ser una forma de sucesión dinástica, aunque por la edad del sucesor ello vaya a suponer una prórroga de corto aliento. Cuando él falte, vendrá la prueba definitiva, y se verá si el régimen es capaz de proclamar a un nuevo monarca, a saber con qué criterios y en virtud de qué méritos, si muta hacia una dirección colegiada y más o menos rotatoria al estilo chino o si finalmente asistimos a su implosión y su transformación en algo semejante a una democracia, lo que equipararía la forma de gobierno de los cubanos a la que existe, con variada y dispar casuística, en el resto de Latinoamérica.

Dicho esto, y sin poder contemporizar con la falta de libertad, legitimidad y racionalidad que supone la imposición continuada del poder de uno sobre todos, no puede dejar de reconocerse la relevancia histórica, la envergadura política y la influencia ideológica de un hombre que no sólo logró derrocar a un dictador corrupto y desalojar a la superpotencia que a través de él trataba a su país como algo menos que una colonia, apenas una trastienda. Con su ejemplo y su carisma generó una ola de rebeldía que se extendió por toda América y aún más allá, desatando las iras de los estadounidenses hasta el extremo de hacerles reaccionar con un encono desproporcionado, que ha castigado con dureza a toda la población cubana y que probablemente favoreció, en notable paradoja, la pervivencia del líder revolucionario convertido con el paso de los años en dictador.

Este Fidel Castro es un personaje y un referente de primera magnitud, y no puede dejar de subrayarse la singularidad y el valor de su aportación a la Historia. No deja de ser simbólico que un hijo de españoles lograra revertir el apoderamiento oportunista que de la antigua colonia española, joya de la corona, hicieran los Estados Unidos en 1898. Y la desfachatez con que la revolución por él encabezada ha venido sosteniendo su insumisión al poderoso imperio norteamericano, a apenas unas decenas de millas de sus costas, ha sido la inspiración para otros muchos movimientos, líderes y aun para pueblos enteros. Aunque para sostenerse en el poder acabara recurriendo a la negación de la expresión de la voluntad democrática y el aplastamiento de la discrepancia, ni puede obviarse el apoyo popular que tuvo y en buena medida mantuvo su revolución a lo largo de las décadas, ni cabe ignorar la simpatía que por ella sintieron y expresaron amplias capas de la población de otros países de la región, hastiadas de la interferencia de los intereses estadounidenses en su vida política y de la corrupción de sus clases dirigentes. Una irradiación que alcanzó su mayor expresión en el bolivarianismo de Chávez, con su posterior deriva autoritaria y su actual decadencia bajo la dirección de un líder desprovisto de sus cualidades.

Se ha ido, en suma, un hombre excepcional y un buen pedazo de la historia del siglo XX; un líder tan audaz como dotado, uno de esos pocos individuos que aciertan a tener un peso decisivo e innegable en el discurrir del mundo, que no sería el mismo sin ellos. Su estatura histórica lleva a algunos, y en especial a sus correligionarios, a disculpar sus veleidades de autócrata, la persecución de sus rivales políticos y aun la imposición a sus conciudadanos de esa obligación ridícula de la loa y la adhesión incondicionales, capaz de generar los ditirambos más sonrojantes, tanto para quien los prodiga como para quien se aviene a aceptarlos. A otros, en cambio, nos lleva a preguntarnos lo que habría podido representar un hombre de tan extraordinaria valía y de tan sobresalientes capacidades si, después de apear del poder al tirano y recobrar la dignidad de su pueblo, y de haber puesto su talento al servicio de su país durante un tiempo prudencial, hubiera permitido que sus compatriotas eligieran a otros que pudieran aportar sus ideas y capacidades al empeño.

Ha convivido Castro con once presidentes de los Estados Unidos, pero eso no ha hecho al castrismo superior a la democracia norteamericana. Más bien al revés. Incluso ahora que tenemos a Trump: que dentro de cuatro años los estadounidenses puedan devolverle a sus negocios es algo más que un formalismo. Lo es todo, en un mundo demasiado complejo para confiarse a un solo hombre.