El zaguán

El otoño de la jefa

Si la designación de Rita Barberá como alcaldesa de Valencia en 1991 anticipó el tsunami popular que, tras la dulce derrota de 1993, se enseñoreó de la España del aznarismo, su salida de la política y del PP por la puerta trasera de una institución declinante como el Senado bien puede prologar el ocaso del rajoyismo.

Son muchos los aspectos que vinculan la biografía personal y política de Rita Barberá con la historia del partido refundado por José María Aznar en 1989 y en estado de depresivo desde que Rajoy decidió atar la suerte de la organización a la suya con aquello de "Luis, sé fuerte".

Icono pop

Hija del franquismo sociológico, periodista diletante en sus años mozos y candidata de la vieja AP a la Generalitat en 1987, Rita Barberá y sus vestidos rojos y sus cuentas de perlas y sus carcajadas estentóreas se convirtieron en una especie de icono pop de Valencia, además de en un símbolo vivo de la imbatibilidad municipal del PP cuando se ataban a los perros con longaniza.

Valencia se había visto marginada durante décadas de las grandes infraestructuras -alguna tan básica como al autovía de Madrid- y privada del boato y los maletines de los grandes eventos. La ciudad se desquitó con Zaplana y Camps en la Generalitat y con Rita en el Ayuntamiento de la capital merced a una política de gastos suntuarios que los valencianos recibieron como la justa compensación a un agravio histórico.

Grandes eventos

Fueron los años de la Copa América, de la Fórmula 1, del Oceanográfico, la Ópera y el cuento de la lechera, cuando cualquier gasto parecía justificado por aquello de los bienes intangibles, la proyección internacional de Valencia... y porque el PP arrasaba en las urnas. La oposición comparecía a todo aquello arrellanada en su bancada mientras Rita Barberá asignaba a diestro y siniestro guardaespaldas y coche y dietas para comer a discreción en los mejores restaurantes.

Rita Barberá había sido la telonera perfecta de Aznar y de Zaplana en los mítines, la madrina de Camps en el Gobierno, la alcaldesa arrolladora a la que besaban las vendedoras de claveles en los mercados, y la política accesible que hacía las delicias de la prensa con su lenguaje directo y su cigarrillo a la hora de los confidencias. Su relación con los periodistas era buena mientras no osaran criticarla: de lo contrario no dudaba en llamar a puertas y pedir cabezas, así de claro, como cuando se denunciaron los sobrecostes millonarios en Feria Valencia.

Regüeldo populachero

Lo de menos era su costumbre de no llegar al Ayuntamiento antes de las 11, el nepotismo incardinado a los pesebres municipales, los chanchullos urbanísticos de las familias de sus concejales, la deuda estratosférica de la ciudad y el regüeldo populachero de los plenos municipales, donde sus hooligans colgaban sábanas injuriosas contra Zapatero y el PSOE.

Eran días de vino y rosas por pagar en los que la Jefa llegó a barajarse para suplantar al caricaturesco Camps, aunque la edad (nació en 1948) y quizá el miedo de Rajoy a que nadie pudiera hacerle sombra no acompañaran. El caso Gürtel no había pasado aún toda su factura y el PP seguía barriendo porque nadie cambia su voto por "tres trajes" -según el lenitivo acuñado- y porque aún nadie era del todo consciente de hasta dónde llegó la riada.

"¡Qué hostia!"

La imagen de un indolente Alberto Fabra sosteniendo del brazo a Rita Barberá la noche electoral de las municipales de 2015 -"¡Qué hostia!, ¡Qué hostia!", se le oyó en un micrófono abierto- rasgaron definitivamente el velo de impunidad que había salvaguardado el cortijo valenciano, del que era Jefa y señora.

La alcaldesa y su equipo se había librado del ocaso del campismo pese a los indicios que apuntaban a que ella también había sido agasajada por la banda de El Bigotes y pese a su responsabilidad en la borrachera institucional. A fin y al cabo, no tenía implicación alguna en los desafueros de Blasco o Rus en el Consell o en la Diputación. Además, las taifas valencianas la libraban también de toda sospecha en los escándalos de José Joaquín Ripoll y Sonia Castedo en Alicante, o de Carlos Fabra en Castellón. Pero su reinado llegaba a su fin con la oposición mordiéndole los talones desde los despachos oficiales que antes habían ocupado sus fieles.

'Rita Leaks'

Los gastos más o menos prescindibles o injustificables del Rita Leaks, la web impulsada por Compromís para desgastar a la exalcaldesa, inundaron las portadas y las tertulias, mientras la otrora "mejor alcaldesa de España" se refugiaba como senadora territorial en la Cámara Alta con la bendición de Rajoy. El paulatino descrédito, abonado por ella misma cuando saludó la llegada del "Caloret" en la presentación de las Fallas 2015, llegó definitivamente cuando en 2016 estalló la trama de blanqueo al menudeo (pitufeo en argot policial) de la operación Taula.

Nada menos que medio centenar de concejales y colaboradores de Rita Barberá están imputados por hacer ingresos de 1.000 euros a la cuenta oficial del partido, que luego recuperaron de una caja de dinero negro gestionada desde dependencias municipales. Rita cogió su fusil y defendió mal que bien su inocencia hasta que el asunto ha llegado finalmente al Tribunal Supremo.

Está por ver si puede o no escapar a la encrucijada judicial, pero al estar dispuesta a darse de baja en el PP y, sin embargo, aferrarse al escaño resulta evidente que la vida política de la Jefa termina mucho peor de lo que cabía esperar de quien fue aclamada como "alcaldesa de España".