LAS PREGUNTAS DE LA SEMANA

A Rajoy le gustó tanto el ataúd ¿que se quedó con él?

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Sí. Como a Gorospe, el personaje de Vázquez Montalbán en su novela Galíndez del que escribe: “Gorospe, el fabricante de ataúdes, es un artesano que hace ataúdes para todos los muertos de los caseríos de estos valles. Hizo uno cojonudo, hace diez años, y le gustó tanto que se quedó con él”.

Mariano Rajoy ha demostrado a lo largo de su dilatada carrera política -“comencé con 22 años en el partido pegando carteles”, dijo la noche del pasado domingo- que es un magnífico artesano de féretros con bicho dentro. Nadie como él ha sabido amortajar políticamente a tantos compañeros de partido al máximo nivel, sin hacer ruido, silente como buen gallego. Jaime Mayor Oreja, Rodrigo Rato y José María Aznar son tres de sus difuntos al más alto nivel. Todo parecía indicar que en estas elecciones sería él el muerto en el entierro, sepulturero de sí mismo. Y sucedió lo que sabemos: como a Gorospe, el 26-J le salió tan cojonudo a Rajoy, con sus 137 diputados y casi ocho millones de votos, 52 diputados y 2,5 millones más que Sánchez, el segundo, que con este ataúd está dispuesto a quedarse cuatro años más, o los que se tercien.

Tan ufano se mostró desde el balcón de la calle Génova en la noche del 26 de junio que pronunció un discurso para olvidar. No por cómo lo dijo (entre la emoción y los brindis previos, sólo le faltó exclamar ¡Viva el vino!), sino por lo que expresó y calló: “Estamos caminando en la buena dirección. Vamos a seguir haciéndolo. Hemos ganado las elecciones y estamos siempre a disposición del pueblo español”. Punto.

Sería casualidad, pero justo en el momento en que pronunciaba estas palabras de satisfacción olvidadiza, y antes de sellar sus palabras con un beso a Viri, atravesó el balcón, como un fugaz espectro, Jorge Fernández Díaz, el ministro del Interior en funciones, protagonista de unas de las grabaciones más lamentables, vergonzosas e impresentables escuchadas en democracia.

¿Había entendido Mariano Rajoy el significado exacto del voto de los españoles y del resultado electoral del 26-J, pese a ser el clarísimo ganador? En términos de emoción por la victoria inesperada, la alegría del líder del PP sólo es parangonable con la mostrada por Felipe González tras vencer a José María Aznar en las elecciones de 1993. Pese al caso Guerra, las implicaciones en los asesinatos del Gal, el desfalco del director de la Guardia Civil Luis Roldán o la financiación socialista a través de la empresa tapadera Filesa, el líder del PSOE ganó aquellos comicios, aunque no con mayoría absoluta.

Con “sólo” 159 diputados -¡quién los pillara ahora!-, González, el invicto soberbio, se sintió obligado a pedir disculpas en su intervención en el Hotel Palace, cuartel general socialista de cinco estrellas aquella noche electoral: “He entendido el mensaje de los ciudadanos: quieren el cambio del cambio”.

Realmente, González no entendió el mensaje y tres años después perdió definitivamente las elecciones ante Aznar sumiendo al PSOE en una crisis cuyas consecuencias persisten hoy. Pero, al menos, de boquilla, admitió los errores cometidos prometiendo el cambio del cambio. El domingo pasado, Rajoy, ni pidió excusas por tantas barcenadas, ni hizo el menor guiño al sacramento de la reconciliación o confesión, cuyas cinco reglas son: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.

Su confesión pública fue: “Tengo que decir que me siento enormemente orgulloso de este partido (…). Estamos caminando en la buena dirección (...)”. Sólo le faltó citar a la abulense Teresa de Jesús cuando dijo aquello de “La verdad padece, pero no perece”. Precisamente, Ávila ha sido la provincia peninsular donde el PP ha obtenido mayor respaldo el 26-J, con un 51,6% de votos. Pese a sentirse como Dios, Rajoy no estaba el domingo por la noche para tanta sutileza religiosa.

Panorámica del Congreso tras las elecciones del 20D.

Panorámica del Congreso tras las elecciones del 20D. Efe

¿HABRÁ TERCERAS ELECCIONES?

No. Sea por C (iudadanos) o por P (SOE), Rajoy seguirá seguramente en Moncloa. Un líder regional del PP utilizaba la C y P de manera más prosaica y populachera: “Desengáñate -decía el jueves a este Preguntón-, por C (ojones) o por P (elotas), Mariano va a salirse con la suya”. Porque, si no, ¿cuál es la alternativa? ¿Unas terceras elecciones? En los cuarteles de los partidos C y P le tienen más miedo a otro coitus interruptus electoral que un agricultor a un “nublao”. Ambos partidos calculan que, de repetirse las elecciones, el PP, incluso con san Mariano de los Imposibles de cartel, podría obtener mayoría absoluta. Con un beneficio añadido para el PP: sería a costa de la desaparición de Ciudadanos, e incluiría el derrumbe final del PSOE, dándole la hegemonía de la izquierda a los extremistas de Podemos.

Podría suceder también que el cántaro, de tanto ir a la fuente, se rompiera, con una abstención masiva. Primo de Rivera, el olvidado fundador de la Falange Española de infausto recuerdo, entendía que las urnas sólo servían para estallarlas contra el suelo. Desde el lado opuesto, el gran escritor José Saramago, el Nobel comunista, lo dijo de manera más civilizada en su Ensayo sobre la lucidez, al imaginar que un día, si los políticos siguen despolitizando a la sociedad, podría llegarse al 83% de los votos en blanco.

Ciudadanos y el PSOE jugarán al ratón y el gato en las próximas semanas para ver quién da el primer paso para engrasar la elección de Rajoy o de otro candidato popular. Pero uno y otro están condenados a facilitar un gobierno del PP, por más que vayan a plantear duras exigencias como el cambio de leyes populares como la Lomce, la reforma laboral, la ley mordaza o la revisión de la ley electoral, además de la cabeza del fantasma del balcón de la calle Génova, el ministro Fernández.

Permitir de alguna manera que gobierne el PP en beneficio de la estabilidad del país será el último servicio de Pedro Sánchez al frente del PSOE. Entre septiembre y diciembre, habrá nuevo líder socialista tras la segura celebración de un congreso del partido. Susana Díaz, la lozana andaluza, si su marido y otros familiares “tiesos” no se lo impiden, tendrá los avales para cruzar Despeñaperros.

Pablo Iglesias en su primera visita al Congreso de los Diputados antes del 20-D.

Pablo Iglesias en su primera visita al Congreso de los Diputados antes del 20-D. Efe

¿PODEMOS O PUDIMOS?

Sí. Del “haz el amor y no la guerra” se ha pasado a lo contrario en esta formación. Lleva razón Pablo Iglesias: el domingo pasado votó el miedo. ¿Pero el miedo a quién? A él principalmente. Será casualidad, pero tras la jornada electoral en numerosas mamparas municipales del ayuntamiento de Madrid se pudo leer una frase del Quijote: “Porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son”.

¿Acaso no parece lo que es la frase de Pablo Echineque, número 2 de Podemos, cuando el martes escribió “Las guerras internas nos desangran. Para que crezca el amor no sólo hay que regarlo sino también extirpar la mala hierba de las violencias enquistadas”? Me recuerda a lo que exclama Rubachof, protagonista de El cero y el infinito, la novela de Arthur Koestler en la que se expone las consecuencias de imponer los ideales por encima de las personas: “El individuo no era nada, el partido (comunista) lo era todo; la rama que se arranca de un árbol debe secarse”. Unidos Podemos tampoco parece haber entendido el resultado del 26-J.

¿LAS CLOACAS ESTÁN ATASCADAS?

Sí. De toallitas húmedas desechables que acaban taponando las alcantarillas. En Gran Bretaña, esta tontería se ha convertido en un problema de 'brexit'. La higiene extrema es tan nociva como la suciedad contumaz. Cromwell, en el siglo XVII, quiso hacer de Inglaterra una nación pura y le cortó la cabeza hasta al mismo rey por corrupto. En España, nunca nos hemos pasado de puros ni hemos descabezado reyes. Y así nos ha ido. Aquí, el que no roba es un pobre hombre/mujer al que le falta sesera.

En España, por miedo o por genes, no parece importarnos la corrupción, como se demostró el 26-J. Si ya hay seguros que cubren posibles actos terroristas, los ciudadanos necesitamos urgentemente uno que nos proteja de la corrupción exudada por los partidos políticos, con una póliza de responsabilidad civil que llegue hasta el mismo presidente de la formación. Las cosas como son: uno, pese a sus 137 diputados, su victoria incontestable y su ataúd bonito, estaría hoy en quiebra.