La caricatura

Montoro y sus tentáculos

Podríamos definirlo como un “pulpo al revés”. Es decir, no como un pulpo que nos comemos (y mucho menos a la gallega), sino como un pulpo que nos come, o que se come nuestro patrimonio.

Ilustración: Tomás Serrano

Ilustración: Tomás Serrano

  1. Cristóbal Montoro
  2. Ministerio de Hacienda

Las promesas electorales están para incumplirlas, y cualquiera las puede incumplir. Pero para incumplirlas a lo grande hace falta alguien con talento: así Cristóbal Montoro, ministro del partido que prometió bajar los impuestos en 2011 y que los ha subido como nadie. Es una de las cosas monumentales que ha hecho el PP de Rajoy, pero que, por no confiar excesivamente en el gusto estético del electorado, se ha guardado en la última campaña. Solo después de que hablasen las urnas ha vuelto a soltar a Montoro, que ha hablado más alto.

Publicar la lista de morosos con Hacienda unos días después de las elecciones es algo que ya hizo tras las del 20-D, por lo que parece configurarse un patrón: Montoro sale siempre de su silencio electoralista y táctico con un susto. Como si él mismo abriese su urna-féretro de draculín y desenrollase una alfombra de nombres y apellidos para su rentrée. No logra visualizarse a sí mismo sin caminar sobre contribuyentes humillados. Le encanta desplegar su cartera como un acordeón interminable, con un pliegue reservado para cada moroso. Es un tío Gilito que se baña en la piscina de todo el dinero que le deben.

Podríamos definirlo como un “pulpo al revés”. Es decir, no como un pulpo que nos comemos (y mucho menos a la gallega), sino como un pulpo que nos come, o que se come nuestro patrimonio (esta vez sí que a la gallega; a la pontevedresa, concretamente). Sus tentáculos tienen gps para llegar adonde más nos pica.

Si no fuera porque nos hace daño de verdad, lo querríamos por  ser el malo en este mundo buenista. Seduce su aspecto de tecnócrata al que no le sale el déficit y que, en vez de mantenerse frío, tiene calentones; es un tecnócrata  incómodo en el cepo de la tecnocracia. Pero yo siento debilidad por los caracolillos de su cogote: en tanto caprichito, son la promesa de un Montoro festivo que nos quedaremos sin conocer el grueso de sus víctimas. Pero hasta esos caracolillos puramente de adorno tienen su filosofía: son tobogancitos que, como terminan en curva, devolverían a Montoro cualquier piojo (¡hipotético!) que quisiese lanzarse por ellos para escapar de Montoro.

“El dinero público no es de nadie”, dijo aquella ministra Calvo Poyato. Pero eso era con los socialistas. Con los populares, el dinero público es de Montoro. Todo lo que los españoles tienen en el bolsillo es de Montoro, mientras no se demuestre lo contrario. Que Montoro no se lo quede para sí, sino que lo ponga en las arcas del Estado va aparte. Aquí estamos en una batalla de poder. Y Montoro tiene el poder de vaciarnos el bolsillo. Es, si bien se mira, un modo de mendicidad extrema. Su “deme algo” es inapelable. Porque nuestros bolsillos, como apuntó Jorge Bustos, son para él de cristal. Y encima tiene el martillito.