En tromba

18A

  1. Opinión
  2. Crisis refugiados
  3. Crisis humanitaria
  4. Inmigración ilegal
  5. Pateras
  6. Italia

¿Le dice algo el 18A? ¿Recuerda algún hecho extraordinario que ocurriera el 18 de abril de 2015? Ya sé que mediáticamente este 18A no es el 11M de Madrid, ni el 11S de Nueva York, el 7J de Londres, el 13N de París o el día que España ganó el Mundial de fútbol. Si echa un vistazo a las webs de esa jornada o a las versiones impresas del 19 de abril no va a salir de dudas. Ni El País, ni El Mundo ni ABC ni La Razón –por citar sólo a la prensa de Madrid– hablaban del tema en sus portadas el día después. El citado 18 de abril de 2015, le aclaro ya las dudas, más de 800 hombres, mujeres, niños y niñas perecieron ahogados en el canal de Sicilia. Más de 800 de una tacada. No navegaban en el Titanic ni iban de vacaciones. Viajaban hacinados en un barco sin nombre que partió de Libia con destino a Italia. Procedían de Siria, Eritrea, Somalia, Sierra Leona, Mali, Gambia, Senegal, Costa de Marfil y Etiopía. Sólo 28 sobrevivieron. El resto se quedó en el fondo del Mediterráneo. Eran refugiados en busca de un sueño. Llegaríamos a los 1.000 muertos si sumáramos los que naufragaron el día anterior y el posterior. A casi 3.300 si contabilizáramos todos los ahogados en el primer semestre. Al doble cuando concluya este 2015 maldito como pocos.

Pero no quiero hablar de estadísticas porque las cifras congelan lo que tocan y desvirtúan la verdadera magnitud de cualquier tragedia. Porque los números tienen el efecto devastador de hacer etérea la muerte, de meter a los desaparecidos en un disco duro, en informes que acaban en documentos que acaban en memorándums que acaban en archivos que acaban en papeleras. Incluso en la papelera de nuestra memoria. Hay que hablar menos de 10, 100 o 1.000. Hay que pensar más en uno más uno más uno más uno… Hay que individualizar sus muertes; hay que pensar en seres humanos con rostro; hombres y mujeres que huyen de sus países simplemente para seguir viviendo, para escapar de guerras, de un sinfín de atrocidades, para huir de violaciones de derechos humanos, para salir corriendo sin mirar atrás de crisis humanitarias que les azotan desde que tienen memoria… Todos tenían una historia que contar y que ya nadie va a escuchar; hay que verbalizar a esas niñas y niños con el miedo grabado en sus rostros que sólo nos estremecen cuando los vemos ya cadáveres; pequeños y pequeñas que se fueron sin ser conscientes de que hay otro tipo de vida que ya nunca disfrutarán y que es posible vivir sin toparse con la muerte a la vuelta de la esquina. Es el drama de los refugiados: mujeres, hombres, niñas y niños que ven ahogadas día tras día sus esperanzas ante la pasividad general. Ante nuestra pasividad individual.

Como algunos muertos tardan más que otros en llegar a nuestros ojos, los del 18A empezaron a flotar en los medios de comunicación de la Europa civilizada y en nuestra memoria de hombres civilizados dos días después: el 20 de abril. Se quedaron un tiempo con nosotros hasta que empezaron a diluirse con el paso de las semanas y los meses. Nuevas fotos nos los devolvieron al primer plano durante un tiempo hasta que nuevamente se fueron evaporando a la espera de que otras imágenes nos los vuelvan a tirar de nuevo sobre nuestras cabezas tan bien amuebladas. Es como si no fueran nuestros muertos, como si no fueran muertos de verdad, como si sólo lo fueran en el papel impreso o en la pantalla digital. El Mediterráneo, pero no sólo el Mediterráneo, se ha convertido en un espejo que nos ha devuelto, como hacen mayoritariamente los espejos cuando nos atrevemos a enfrentarnos a ellos, lo peor de nosotros mismos. Lo peor.

18 de abril de 2015. Quédense con esta fecha, no dejen que desaparezca de su memoria. Es la fecha que nos indica lo que no debería ser. Lo que no deberíamos ser.