Sin soltar amarras

Gentrificando

Leí hace unos días un artículo sobre el fenómeno que han bautizado como “gentrificación”: el encarecimiento del suelo en los barrios de moda. Los teóricos de la gentrificación dicen que a consecuencia de este fenómeno los vecinos y los negocios tradicionales son “expulsados” del barrio en ascenso, que es tomado por locales modernos y gente con más dinero.

La expresión nos remite inmediatamente a un puñado de seres echados a patadas de sus casas y sus negocios para que tomen posesión de ellos un puñado de oligarcas con dinero y sin conciencia. La gentrificación (el nombre se las trae) funciona de una forma un poco más amistosa: un buen día alguien se da cuenta de que la casa en la que ha vivido toda la vida vale una pasta, y decide venderla y mudarse a otro sitio, pero todo se hace voluntariamente y a conveniencia de ambas partes.

Bajo mi casa había una mercería tradicional, y un día vi un cartel que rezaba “liquidación por traspaso”. Ya está, pensé, a la pobre dueña la han gentrificado, y renegué mentalmente de la moda que ha convertido mi barrio del centro de Madrid en objeto de deseo para los inversores. Un par de días más tarde me encontré a la mercera. Estaba radiante: llevaba, me dijo, cuarenta años trabajando. Había recibido una buena oferta por el local, y pensaba jubilarse y pasar más tiempo con lo suyos. No parecía expulsada de ningún sitio, ni víctima de ninguna extorsión. Tampoco otra vecina del barrio, viuda y sin hijos, que vivía sola en un diminuto apartamento sin ascensor cobrando una pensión miserable. Cuando alguien le ofreció doscientos mil euros por su pisito no se sintió gentrificada, sino feliz: vendió por voluntad propia y se fue a vivir a su pueblo.

La inquietud por la gentrificación tiene un componente romántico, pero también algo egoísta: claro que me gustan las tiendas de toda la vida, baratas y llenas de encanto, y tener vecinos que llevan ochenta años en viviendo en la plaza y te hablan de cuando no pasaban coches y el metro no existía. Pero detrás de ese mostrador de mármol en el que nos acodamos pidiendo la vez puede haber un señor mayor esperando la ocasión de retirarse y al que no podemos pedir que trabaje eternamente para no estropear la idílica imagen de una ciudad más humana de negocios familiares y vecinos que se conocen, o que no haga un buen negocio con el local que heredó de sus padres. Es la vida. Es el progreso. Gentrifiquémonos tranquilos, que tampoco pasa nada.