Debate de investidura

La bipolaridad afectiva y la retórica matan a Sánchez

Miguel Ángel Mellado

Pedro Sánchez volvió a las andadas, mejor dicho, a las pegadas, y se empleó a fondo contra Mariano Rajoy. Sólo de faltó decir “usted no es una persona decente” y habríamos pensado que estábamos en una reedición del agrio debate electoral televisado celebrado antes del 20-D entre los dos líderes.

El candidato a ser elegido presidente del Gobierno por los diputados realizó una intervención que más parecía una moción de censura contra el presidente “en funciones”, Mariano Rajoy, que el discurso de su investidura. Acusó a Rajoy de cobardía, sin utilizar el calificativo, al no haber aceptado el encargo de Felipe VI, y directamente le llamó “absolutista” por la gestión del PP con su mayoría absoluta de 2011.

Se ve que Sánchez, en su preparación del debate de investidura, leyó con atención la moción de censura presentada por Felipe González contra Adolfo Suárez en 1980, aquella que perdió por votos el líder socialista pero ganó en imagen: dos años después era el presidente del Gobierno del cambio. Sánchez estuvo duro con Rajoy sin tener el ingenio y la maldad de Guerra, cuando en aquel debate llamó a Suárez “tahúr del Mississipi” y afirmó: “El señor Suárez no soporta más la democracia” ni “la democracia soporta más a Suárez”.

¿Dijo o no dijo Sánchez lo siguiente? “Cualquier avance en el camino de la democracia pasa por la desaparición de…”. Guerra habló de Suárez en 1980 y Sánchez de Rajoy en el pleno de la investidura. El líder del PSOE mostró a las claras un problema de bipolaridad política afectiva: implacable contra Rajoy y el PP, “solo hay dos alternativas, o no hacer nada y dejar a Rajoy…”, y estuvo exquisito para referirse a Pablo Iglesias sin citar su nombre, “vamos a hablar claro, a muchos votantes del PSOE nada les gustaría más que un gobierno de izquierdas…”. Pero como no hay mayoría suficiente con los votos de la izquierda debemos contar con Ciudadanos, vino a decir el aspirante a la investidura.

Pese a que la retransmisión televisada adoleció de una realización fría, institucional, poco activa, sí pudo verse la sintonía de pareceres en las bancadas del PP y de Podemos. Cómo sonreían los unos y los otros a la vez. Fue el único resultado tangible de la intervención de Sánchez: unir en el escepticismo y en la animadversión a dos partidos en las antípodas que suman más de 190 diputados.

Sánchez estuvo convincente sólo cuando se ciñó al documento firmado entre el PSOE y Ciudadanos, con propuestas muy interesantes para reformar España y sacarla del estancamiento en que se encuentra. La oferta para combatir la desigualdad, mejorar la productividad de España, acometer un pacto por la educación, atajar la corrupción, abordar la ruptura en la relación con Cataluña, regenerar las instituciones limitando mandatos y primando el mérito sobre el enchufe, así como la reforma de la Constitución… Todas estas medidas serían votadas por una gran mayoría de los españoles y seguramente de la Cámara de Diputados si el voto no tuviera intereses partidistas.

Pero la política no es cuento. O sí. A falta de la intervención de los grupos parlamentarios, no parece que Sánchez, con su intervención, haya movido un solo voto y el fiel de su balance sigue indicando 130 diputados. Parece claro que Sánchez no vencerá pero está por ver, tras su primera intervención, si convencerá. Primero a los suyos y, si hay nuevas elecciones, a los españoles.

El líder socialista, que se refirió afectuosamente a su socio en la investidura, Rivera y su partido Ciudadanos, tiene un problema. Es seguramente un buen tipo, pero falla en su administración de la dialéctica. Su abuso de figuras retóricas, como la anáfora (repetición intencionada de una palabra o una frase, “¿por qué no poner esto en marcha esta semana…?”) o la aliteración (repetición de palabras para captar la atención, “sí, sí, sí” o “no es no”), desmerecen su discurso y acaba siendo cargante.

Existe otra figura retórica que es el pleonasmo, redundancia innecesaria en determinadas palabras, como “lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible”. Este parece ser el destino de la investidura del bueno de Sánchez.