Carta del Director

Margarita Robles y el honor de Dios

Quienes llevan algunos años leyéndome conocen mi fascinación por el encuentro que tuvo lugar una ventosa mañana de enero del año 1169 en una llanura próxima a Montmirail, muy cerca de la frontera entre el menguado reino de Francia y el condado de Anjou, controlado por los ingleses. Bajo la mediación del Rey de Francia Luis VII, un jinete joven y altivo y otro de venerable barba gris y ademanes de profeta abandonaron al galope sus respectivos séquitos hasta reunirse en el centro del paraje. Los presentes contuvieron la respiración cuando vieron caracolear a los dos caballos a modo de cordial saludo pero cayeron en el desánimo cuando, al cabo de pocos minutos, observaron cómo el encuentro se interrumpía bruscamente y ambos jinetes picaban espuelas en direcciones opuestas.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

El joven y altivo era Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra. El de la venerable barba gris, su antiguo compañero de francachelas Thomas Becket, al que se le había ocurrido nombrar arzobispo de Canterbury en pleno conflicto tributario con la jerarquía británica. Para sorpresa del rey la designación de su amigo -que ni siquiera había pasado de diácono- como primado de la Iglesia de Inglaterra no sólo no había ablandado la resistencia de los demás obispos a pagar impuestos sino que la había recrudecido. La decepción había sido tal que llevaban ya cuatro años sin dirigirse la palabra.

De acuerdo con los cronicones la conversación de Montmirail comenzó bien cuando el arzobispo le dijo al monarca que se sometía "a su autoridad y a las normas y costumbres del reino", pero se estropeó cuando a continuación añadió: "Excepto en lo que concierne al honor de Dios". En ese momento Enrique se dio cuenta que había alguien a quien Becket colocaba por encima suyo en la escala de la autoridad. Por eso dio por terminada la entrevista y retiró incluso la mano que el arzobispo se prestaba a besar.

El conflicto, que desembocaría en la muerte a puñaladas de Becket por sicarios del rey, inspiró durante el siglo pasado dos magníficas obras de teatro. La de T.S. Eliot, Asesinato en la catedral, ahonda en el choque de egos entre los protagonistas y fue llevada al cine con las memorables interpretaciones de Richard Burton y Peter O'Toole. La de Jean Anouhil, Becket o el honor de Dios, disecciona mejor el enfrentamiento entre las dos fuentes de legitimidad que existían en el mundo medieval: el emergente poder del Estado y el inmanente poder de la Iglesia.

Aunque Becket debía su cargo al rey, desde el mismo momento en que lo aceptó se sintió imbuido de la obligación de velar por los derechos eclesiásticos, aun siendo consciente de que llevaba todas las de perder. "Soy arzobispo primado de Inglaterra y esa es una inscripción demasiado visible sobre mis espaldas", le hace decir Anouhil. "El honor de Dios y la razón coinciden por una vez y disponen que en lugar de ponerme a merced de una cuchillada anónima, en cualquier camino, me deje matar coronado con la mitra, vestido con mi capa dorada y con la cruz de plata en la mano, en medio de mis ovejas, en la iglesia primada". Así sucedió.

Hace nueve años utilicé esta analogía, tan literaria como histórica, para diseccionar el enfrentamiento entre el todopoderoso vicepresidente económico Pedro Solbes y su amigo y antiguo colaborador Manuel Conthe a quien había nombrado presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Para Conthe el "honor de Dios" eran la transparencia y el juego limpio en el mercado, principios que entendió vulnerados por la empresa italiana Enel y la española Acciona en sus maniobras para hacerse con el control de Endesa, bajo la tutela del Gobierno. Conthe trató de sancionar a los infractores y el Ejecutivo se revolvió contra él, presentándolo como un integrista intransigente. Solbes interpretó el lance como un desafío de su propia criatura y terminó impulsando su apuñalamiento político por la facción gubernamental de la CNMV. Conthe dimitió con dignidad rindiendo cuentas ante el parlamento.

El felipismo desembocó en la "amarga victoria" de Aznar y Margarita Robles y Belloch dejaron de dirigirse la palabra, incluso si el azar les situaba en un acto público a escasos metros de distancia

La fatalidad del destino de Becket estaba marcada por el monopolio de la fuerza que en la práctica ya entonces ejercía el rey. La de Conthe por unas reglas del juego que permiten a los gobernantes invertir los términos de la democracia de equilibrios y contrapesos y controlar a aquellos órganos destinados a controlarles. Lo mismo que ocurría y ocurre con la CNMV puede aplicarse a RTVE, la Comisión Nacional de la Competencia -Marín Quemada tiene por cierto madera de Becket, es decir, principios- o por supuesto el Consejo del Poder Judicial.

Si a esta subordinación al Ejecutivo le añadimos una cultura sectaria del ejercicio del poder, unos hábitos parlamentarios basados en la disciplina de voto y la ausencia del menor atisbo de democracia interna en los partidos, habremos descrito con precisión el funcionamiento de la cupulocracia imperante. Un entorno en el que hemos visto consumarse todo tipo de disparates y vilezas bajo el férreo principio de la obediencia debida que los altos cargos, los diputados y senadores o los comisarios políticos en los órganos de control prestan a sus superiores para no ver peligrar el coche oficial y el sueldo.

De ahí que cuando, de década en década, topamos con una excepción a la regla haya que celebrarlo como si se tratara del encuentro con el último hombre justo de Sodoma o la persona buena de Sezuan. Sobre todo si como ocurrió en el caso de Margarita Robles entre el 93 y el 96 una extraña conjunción astral permitió que por una vez la rebeldía de la honradez diera frutos y la disidente no acabara en una cuneta política. Para quien ya había sido la juez número uno de su promoción y la primera mujer en presidir en España una Audiencia Provincial, el "honor de Dios" lo constituía -como no podía ser de otra forma- el principio de legalidad.

Era cierto que debía su nombramiento, primero como Subsecretaria y luego como Secretaria de Estado de Interior, al biministro Belloch pero su lealtad hacia él terminaba donde comenzaban sus maniobras para encubrir el crimen de Estado. Por eso mientras Belloch ascendía a Galindo y le imponía el fajín del general, ella se empeñaba en proteger a los policías que ponían a disposición del juez instructor Javier Gómez de Liaño las pruebas de su participación en los asesinatos de Lasa y Zabala. Por eso mientras Belloch buscaba un acomodo para seguir comprando el silencio de Amedo y Domínguez, ella torpedeaba el enjuague amenazando con su dimisión. Por eso mientras Belloch trataba de tapar el escándalo de los fondos reservados, tal vez para tener pillados a sus antecesores, ella impulsaba el retorno del dinero desviado al Tesoro Público, llegando a recibir una noche más de 50 millones de pesetas en una bolsa de manos de un alto cargo arrepentido.

Margarita Robles guarda documentos que acreditan todo esto y si alguna vez escribiera sus memorias de aquel periodo -no creo que lo haga- se nos pondrían a todos los pelos como escarpias. La debilidad de Belloch, y en general de aquel último Gobierno de González que daba tumbos de escándalo en escándalo, le impidió afrontar el coste político que hubiera supuesto destituirla. Galindo fue juzgado y condenado, Amedo y Domínguez rompieron su silencio enviando a Barrionuevo y Vera camino de la cárcel de Guadalajara y también hubo condenas por los fondos reservados. El felipismo desembocó en la "amarga victoria" de Aznar y Margarita Robles y Belloch dejaron de dirigirse la palabra, incluso si el azar les situaba en un acto público a escasos metros de distancia. Por una vez el "honor de Dios" había prevalecido sobre el interés del César.

Lo verdaderamente fascinante de esta historia es que veinte años después el mismo partido cuyo gobierno tuvo el inconveniente de topar con la integridad de Margarita Robles haya recurrido a ella como santo y seña de su compromiso con la regeneración y la lucha contra la corrupción

Pero lo verdaderamente fascinante de esta historia es que veinte años después el mismo partido cuyo gobierno tuvo el inconveniente de topar con la integridad de Margarita Robles haya recurrido a ella como santo y seña de su compromiso con la regeneración y la lucha contra la corrupción. Esto dice mucho a favor de la capacidad proteica del PSOE y en especial de la actitud política y la honestidad personal de Pedro Sánchez.

A diferencia de lo que ocurrió con Irene Lozano, Margarita Robles ha sido acogida en el partido con los brazos abiertos. Me cuentan que así como Corcuera ha dicho que tendrá que darse de baja unos días para no tener que votar una lista en la que va de número dos quien tantas veces le sacó los colores, Felipe González respondió a la consulta previa del secretario general con un elocuente: "Me gusta como trabaja esa mujer". Con lo cual no me queda más remedio, tras lo de Venezuela, que alabarle el gusto por segunda vez en poco tiempo.

Antes que el PSOE fue Podemos quien intentó enrolar a Margarita Robles en sus listas, pensando en reforzar así su ofensiva contra la cal viva

Lo que tal vez ninguno de ellos sepa es que antes que el PSOE fue Podemos quien intentó enrolar a Margarita Robles en sus listas, pensando en reforzar así su ofensiva contra la cal viva. Pero ella le dio calabazas a Pablo Iglesias, pues no cree ni en sus ideas ni en su sentido histriónico de la política. Por el contrario, ve en Pedro Sánchez un hombre cabal y preparado, capaz de defender las fronteras de la socialdemocracia ante las hordas invasoras y de articular un gobierno que implique un cambio sin el vértigo del ajuste de cuentas.

Margarita Robles, magistrada del Tribunal Supremo mal que le pese a Carlos Lesmes, es una persona de la izquierda moderada que nunca hará dejación de su independencia. En la República hubiera oscilado, como Clara Campoamor, entre el Partido Radical y el de Azaña; ahora el PSOE ha conseguido al ficharla mejorar la calidad de sus listas. Ningún demócrata debería dejar de tenerlo en cuenta. Sobre todo porque con ella en el Congreso existe la garantía de que al menos habrá una diputada que no votará jamás contra los dictados de su conciencia.