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La piedra blanca que serpentea la playa de Santo Tomás, en la costa sur de Menorca, es lo único que separa al hotel Gran Meliá Villa Le Blanc del mar. Un Mediterráneo que se abre a sus pies y que ha sido testigo de la llegada del gran lujo a la isla de la mano de este icono de la hotelería.

El que fuera el primer cinco estrellas en instaurarse en la isla, así como miembro de 'The Leading Hotels of the World', incluso antes de su apertura oficial en julio de ese mismo año, en 2022, ya visionaba una hotelería comprometida con su entorno, uno privilegiado en el que ya se hablaba ese lenguaje clave durante la comunicación con el arquitecto Álvaro Sans, quien acometió una reforma integral del edificio con enfoque ecorresponsable.

Aunque el Gran Meliá Villa Le Blanc irrumpa imponente en ese rincón de la isla, no se percibe como un complejo hotelero grande. Conscientes del ruido que puede hacer un edificio así han conseguido que uno de sus grandes lujos sea el silencio.

El Mediterráneo está presente en cada rincón del hotel.

El Mediterráneo está presente en cada rincón del hotel. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

Su lobby abierto, junto a esos grandes corredores y arcadas que dejan pasar cada una de las caricias que lanza el mar, además de los suaves tonos que juegan los blancos infinitos con los cubren cada rincón, logran trasmitir esa sensación de paz y serenidad que tantos buscan tras hacer su check in.

El Mediterráneo en un hotel

Camino de cumplir su primer lustro, este hotel ha conseguido entender y ofrecer un equilibrio perfecto entre gastronomía, diseño y bienestar, todo entendido desde el lujo sencillo; si es que pasar un domingo sin prisas en la hamaca, disfrutando de un impecable Club Sandwich, contando las olas del mar y el borboteo de las burbujas en una copa de champán no significa precisamente eso.

Lo que pasa en esas hamacas, se queda en esas hamacas.

Lo que pasa en esas hamacas, se queda en esas hamacas. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

El lujo también es que Menorca se perciba en cada detalle del hotel sin necesidad de salir de él. Una vez allí, el huésped no tarda en darse cuenta de que, más allá que para zambullirse en el mar, le cuesta mucho marchar.

Sus 159 habitaciones y suites prolongan esa misma idea. Tonos neutros, materiales naturales, terrazas y grandes ventanales dejan que la luz mediterránea y las vistas hagan el resto. En muchas de ellas, el mar acompaña desde el primer café de la mañana hasta el último vistazo antes de dormir.

Sin niños y sin ruido, en el Sasga Rooftop se esconde una de las piscinas del hotel.

Sin niños y sin ruido, en el Sasga Rooftop se esconde una de las piscinas del hotel. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

El hotel completa la experiencia con acceso directo a la playa de Santo Tomás, Thai Room Spa & Wellness y una piscina en la azotea reservada para adultos. Las familias, por su parte, disponen de espacios diferenciados, incluido un club infantil y una piscina propia. La intención es que parejas y familias puedan compartir el mismo destino sin renunciar a sus respectivos ritmos.

Una puerta al mar.

Una puerta al mar. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

El placer de comer

Si hay un ámbito en el que Villa Le Blanc está escribiendo ahora un nuevo capítulo es en la mesa. Para comprender un territorio hay que sentarse a comerlo. Pescados recién capturados, mariscos, arroces e ingredientes locales protagonizan una cocina que mira a la tradición menorquina sin quedarse anclada en ella.

La gran novedad esta temporada es La Terraza del Balear, fruto de la colaboración con el histórico Cafè Balear de Ciutadella, uno de los nombres propios de la gastronomía menorquina. Parte del producto llega directamente de las capturas realizadas por la propia embarcación del restaurante, reforzando una relación con el mar que aquí no es solo paisajística, sino también culinaria.

En La Terraza del Balear pasan las horas sin uno darse cuenta.

En La Terraza del Balear pasan las horas sin uno darse cuenta. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

En su espacio en el Signature Restaurant, la herencia culinaria de Menorca se interpreta desde una perspectiva refinada. En paralelo, Nivi ofrece una aproximación más desenfadada y saludable a la cocina mediterránea durante todo el día.

La parrilla, los productos locales y las paellas conviven con sabores mediterráneos e internacionales, mientras una amplia selección de vinos nacionales e internacionales acompaña la propuesta. También es el lugar donde comienza la jornada, con desayunos pensados para disfrutar sin prisa.

Arroces como reyes en una propuesta donde no falta el producto manda.

Arroces como reyes en una propuesta donde no falta el producto manda. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

A esta evolución se suma Le Blanc Grand Cafe, concebido a imagen de los grandes cafés europeos y pensado para acompañar distintos momentos del día. Su carta internacional convive con cócteles de autor y experiencias alrededor del vino y el queso, que anteriormente contaba con un espacio propio.

Le Blanc Grand Café Restaurant es otro de los espacios gastronómicos con los que cuenta el hotel.

Le Blanc Grand Café Restaurant es otro de los espacios gastronómicos con los que cuenta el hotel. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

Lujo con acento menorquín

La identidad de Villa Le Blanc se completa con un compromiso medioambiental que busca que la sofisticación y la responsabilidad puedan convivir. El hotel fue concebido como un referente de eficiencia y sostenibilidad y presume de una huella de carbono prácticamente nula.

Comodidad y practicidad no están reñidas con la sofisticación, como ocurre en cada habitación del hotel.

Comodidad y practicidad no están reñidas con la sofisticación, como ocurre en cada habitación del hotel. Villa Le Blanc, a Gran Meliá Hotel

En esa misma línea se inscribe la filosofía Travel for Good de Meliá Hotels International y el proyecto Hoteles Circulares, basado en transformar residuos orgánicos generados en los hoteles en compost destinado a agricultores locales.

Cinco años después de su llegada, Villa Le Blanc Gran Meliá parece haber entendido que instaurar el gran lujo en Menorca no consistía en importar un modelo ajeno a la isla. Consistía, más bien, en escucharla. En dejar que la piedra blanca, el bosque de pinos, la luz, los pescadores, los artesanos, los vinos, los arroces y el mar definieran una manera propia de entender la excelencia.