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En Jiménez de Jamuz, una pedanía leonesa donde reina el silencio, a apenas unos pasos del que muchos consideran el templo mundial de la carne de buey, se esconde un hospedaje que huye del lujo ostentoso para abrazar la memoria, la hospitalidad y la belleza de lo esencial. Todo un ejemplo de 'qué hace un sitio cómo tú, en un lugar como este'. 

El Hospedaje Doña Elvira comparte nombre con quien madre de José Gordón, propietario del restaurante El Capricho, y una mujer recordada por su hospitalidad natural, su carácter sereno y su talento silencioso en la cocina. “Una gran anfitriona, una mujer de su casa, poderosa en su silencio y en sus dominios”, recuerdan quienes la conocieron.

Esa forma de acoger, sin alardes, pero con calidez, da sentido a la hospitalidad que hoy impregna este alojamiento rural con vocación de refugio.

Una casa vaciada llena de calma

El hotel, gestionado por Noemí Bustillo, esposa de Gordón y alma del proyecto, ocupa una de las casas más antiguas del pueblo. Construida originalmente en tapia, fue reformada por completo, conservando únicamente la fachada y los gruesos muros interiores, lejos de impresionar sino alojar, acoger y resguardar. 

No hay televisiones en las habitaciones, ni enchufes innecesarios que rompan la paz visual. En su lugar, suelos de roble, sábanas de algodón 100 %, materiales nobles, un diseño de estilo nórdico una paleta cromática dominada por blancos, cremas y tonos tierra que conectan al huésped con el paisaje.

Una de las habitaciones del hospedaje.

Una de las habitaciones del hospedaje.

Son solo seis habitaciones, sencillas y elegantes, con grandes ventanales por los que entra la luz limpia de la meseta leonesa y esos detalles que firma Bustillo y aportan calidez incluso en los días más fríos. 

Doña Elvira nació en Villageriz, una pequeña localidad zamorana, pero vivió hasta el final de sus días en Jiménez de Jamuz, en una casa situada a apenas 400 metros del hotel que hoy lleva su nombre. Su historia familiar está íntimamente ligada al origen de El Capricho. El suegro de Elvira, Segundo Gordón excavó a pico y pala una cueva en la ribera del Jamuz.

El patio de Doña Elvira visto desde el salón.

El patio de Doña Elvira visto desde el salón.

Aquella cueva, como el resto con las que comparte colina a la entrada del pueblo y que aún cumplen su función, fue primero merendero, luego asador y, con el tiempo, se transformó en uno de los restaurantes más célebres del mundo.

El salón junto al patio en el interior del edificio.

El salón junto al patio en el interior del edificio.

Antes de las chuletas míticas y de los peregrinos gastronómicos llegados de todos los continentes, allí se servían tortillas de patata, ensaladas de la huerta y embutidos caseros a familias que veraneaban en León. Comer, beber vino y compartir mesa: la hospitalidad como forma de vida. 

Desayunar de Capricho

Ese espíritu es el que hoy se respira en el hospedaje. Por eso la experiencia comienza cada mañana en la planta baja con los desayunos caseros que llega directamente desde las cocinas de El Capricho. La propuesta consiste en embutidos de buey, quesos de la zona, tartas, repostería artesanal, mermeladas y mantequillas hechas en casa, además de miel procedente de los paneles de abejas de las propias fincas. Una buena, si no la mejor, manera de comenzar el día.

El desayuno está servido.

El desayuno está servido.

El hotel ofrece además una cocina compartida para las cenas, un pequeño comedor social y un acogedor patio interior empedrado y ajardinado, perfecto para abandonarse a la siesta bajo la sombra del magnolio. Todo invita a bajar el ritmo, a escuchar el silencio.

Jiménez de Jamuz, barro, cuevas y caminos

En cada habitación espera también un pequeño cuaderno, concebido como un viaje íntimo por la historia, la cultura y la naturaleza del entorno a través de objetos mínimos: unas hojas de jazmín en homenaje a Elvira, plumas de sisón, un brote de urces con el que se encendían los hornos alfareros, un ovillo de lana merina o una muesca de pizarra.

Desde el hotel se anima a descubrir la comarca a través de tarjetones ilustrados que proponen visitas a talleres de alfarería, rutas culturales, avistamiento de aves en las lagunas de Villafáfila, excursiones a Astorga, León capital, La Maragatería o Las Médulas. En verano, incluso un chapuzón en las playas fluviales de la Sierra de la Culebra o un descenso en el río Órbigo. 

Tesoros humildes que explican un territorio a modo de geroglífico con mucho que ofrecer. Aunque no hay que irse muy lejos para comenzar a descubrir los secretos de la región. Jiménez de Jamuz cuenta con más de 200 cuevas excavadas en el terreno arcilloso, utilizadas antaño como bodegas y fresqueras.

La arcilla es también la base de su tradición alfarera, tan apreciada que el propio Antonio Gaudí encargó piezas locales para la bóveda del Palacio Episcopal que deslumbra como uno de los atractivos que visitar en Astorga. De vuelta, el templo de la carne aguarda con la mesa puesta para darse El Capricho.