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Tiene la llamada a la oración musulmana cierto poder hipnotizante, como si el canto del almuecín desde lo más alto del minarete de la mezquita ejerciera sobre quien lo escucha una atracción incontrolable que le obliga a parar, a admirar su belleza: a sentirla bien fuerte. Unos instantes de belleza repletos de magia que convierten ese momento, se esté donde se esté, en una experiencia de lo más especial.

Somos partícipes de esa sensación nada más arribar a una ciudad que ya de por sí resulta atractiva para quienes la visitan: As-Salt, ubicada a apenas 30 kilómetros de Amán, parece anclada en el pasado con sus edificios históricos de arquitectura otomana desplegados sobre tres colinas, Cadital, Gadaa y Salalem.

Sus fachadas de arenisca albergan hogares y negocios que hablan de tiempos de grandeza, pues, no en vano, As-Salt fue la primera capital de Jordania en 1921. Un título que le llegó gracias a su importancia como centro de comercio a finales del siglo XIX, pero que solo le duraría tres meses. Después, pasó a manos de Amán.

Al Hammam Street en As-Salt (Jordania).

Al Hammam Street en As-Salt (Jordania). ©Visitjordan

Para comenzar a empaparnos de la esencia de esta singular ciudad, no hay nada como caminar. Como perderse por su enrevesado entramado de callejuelas que se expande, entre pasadizos, escaleras y cuestas, a lo largo y ancho de su territorio. Enseguida nos queda claro que el esfuerzo físico será crucial para poder abarcar sus múltiples rincones.

Aún en la zona más baja, junto a la Plaza Al-Ain y la Gran Mezquita de As-Salt, visitamos el Museo de Folclore de Abu Jaber. Alojado en una antigua mansión, nos permite hacer un recorrido por la historia y cultura de As-Salt a través de paneles informativos, antiguas fotografías y objetos varios.

Aquí aprendemos que la ciudad fue un símbolo de avance en muchos sentidos, pues albergó, entre otras cosas, el primer hospital del país, la primera escuela o el primer sistema de luz eléctrica.

As-Salt está encaramada a una colina.

As-Salt está encaramada a una colina. ©Visitjordan

Nos llama la atención, también, un hermoso vestido negro expuesto en una de las habitaciones. Se trata del khalaqa, una prenda de algodón que solían vestir las mujeres de la ciudad en festividades, y que incluso aún hoy se utiliza. ¿Lo más llamativo? Su extensión, pues llega a superar los tres metros, convirtiéndose en el vestido más largo del mundo.

De nuevo en la calle, un par de negocios nos incitan a vestirnos con algunos ejemplares y fotografiarnos como si hubiéramos retrocedido en el tiempo. Pero si existe algo que concentra la esencia cultural, ya no solo de As-Salt, sino de toda Jordania, es el café, por eso no dudamos en buscar un huequito en alguna de sus coquetas terrazas y practicar el noble arte de la socialización.

En el antiguo Hospital Inglés, hoy transformado en un pequeño centro cultural, encontramos nuestro lugar: a nuestros pies quedan las escenas más cotidianas de un pueblo que tiene mucho que enseñar en términos de convivencia.

De hecho, la vecina iglesia del Buen Pastor lo corrobora: As-Salt forma parte del conocido como Harmony Trail, una ruta que enarbola la pacífica armonía entre religiones y gentes —sobre todo entre musulmanes y cristianos— que se ha dado en este rinconcito de Jordania durante siglos.

Al-Khader Street en As-Salt, Jordania.

Al-Khader Street en As-Salt, Jordania. ©Visitjordan

Continuamos paseando y alcanzamos Hammam Street Market, la calle más bulliciosa de la ciudad. A un lado y a otro, los comerciantes se disponen en ordenados puestos donde ofrecen toda clase de género: las frutas, radiantes y coloridas, se amontonan sobre las mesas seduciendo a propios y extraños.

No faltan las granadas y las naranjas, los plátanos y las manzanas. Junto a ellas, otros mercaderes anuncian a voz en grito el precio de prendas de ropa o de especias, de objetos para la casa o de tentadores baklavas: estos dulces, los más tradicionales, son una auténtica delicia y una fuente de energía más que necesaria para continuar subiendo cuestas.

Y más arriba, otro templo religioso, de nuevo cristiano, dedicado a San Jorge. Según la leyenda, Dios se le apareció a un pastor precisamente en este lugar allá por 1682, motivo por el cual se levantó la capilla. Alrededor, siguen sucediéndose casas que permiten leer en sus desconchadas fachadas un pasado repleto de riquezas.

Existen hasta 655 de ellas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco gracias a su importancia histórica y arquitectónica. Cuanto más avanzamos en altura, mejor es posible contemplar las montañas que rodean el enclave: ubicado entre el Valle del Jordán y el desierto oriental, el paisaje de As-Salt es otra de sus bondades. Sin embargo, más aún nos conquista otra característica: la impresionante hospitalidad de su gente.

Un café de As-Salt, donde esta bebida es una tradición.

Un café de As-Salt, donde esta bebida es una tradición. ©Visitjordan

Lo comprobamos en nuestra última parada, el hogar de Fátima, que desde hace años se dedica a recibir extranjeros en su casa para brindarles el mejor de los regalos: el contacto con su familia, la oportunidad de conocer de primera mano cómo se vive en una casa jordana, y disfrutar de un festín gastronómico de los que se recordarán siempre.

Tras el obligado café de bienvenida en un salón colmado de fotografías familiares —incluidas las que muestran a una orgullosa Fátima junto a la reina Rania de Jordania o a Máxima de Holanda, a quienes también recibió aquí— subimos a la azotea, donde damos buena cuenta del mansaf, receta local a base de arroz, cordero y yogur, que elaboran con paciencia y cariño en las cocinas de la casa.

Con música tradicional sonando por los altavoces, y el amago de animarnos con algún que otro bailecito, culminamos la visita a As-Salt, uno de los grandes tesoros del corazón de Jordania.