No tarda la gente en apelotonarse en los extremos del cruce más famoso del mundo, impacientes por ver, por fin, cómo el semáforo da luz verde a la diversión. Se trata del momento clave: es entonces cuando decenas, cientos de personas, se lanzan, sin pensarlo, a participar del espectáculo que tiene lugar cada dos minutos.
Una coreografía urbana perfectamente sincronizada. Una representación física del ritmo de esta fascinante ciudad: caótica en apariencia, pero extraordinariamente ordenada, todo acaba fluyendo sin más. Porque hablamos del cruce de Shibuya, el epicentro de todo lo que sucede en el barrio más enigmático de la capital japonesa. Un escenario que lleva años convertido en uno de los puntos de obligada visita cuando se viaja al país nipón.
Alrededor, rascacielos infinitos y el latido constante de neones, pantallas gigantes y multitudes que marcan el compás. Estímulos por doquier o, en otras palabras, la vida misma, solo que "a la japonesa".
Imagen aérea del cruce más famoso del mundo en Tokio.
Antes o después de cruzarlo, eso sin duda, hay que rendir honores a la figura del perro más famoso del país. Resulta curioso cómo uno de los rincones más fotografiados de Shibuya no tiene nada que ver con pantallas ni tecnología. Frente a la estación, nos topamos con Hachikō, el perrete que conmovió a todos con su historia: que durante años siguiera acudiendo a este mismo lugar para esperar a su dueño fallecido, forma ya parte de la memoria emocional de Tokio.
Tanto fue así, que Hollywood le dedicó hasta una película, convirtiendo a Richard Gere en su inseparable humano. Como homenaje a su lealtad, una escultura continúa esperando inmóvil entre el bullicio de la ciudad, aportando al barrio un inesperado contrapunto de ternura entre tanto vértigo urbano.
Imagen de los rascacielos del barrio de Shibuya.
Y ya que se está al lado, lo ideal será acercarse hasta la vecina estación de Shibuya. En su primera planta, una enorme cristalera permite disfrutar de la escena del cruce con cierta distancia, analizando así la escena al completo. Justo detrás, al girar la espalda, un inmenso mural acapara todas las atenciones. Se trata de una gran muestra de arte que resulta tener su propia historia: 'El mito del mañana', un mural de más de 30 metros obra de Tarō Okamoto, retrata el estallido de una bomba atómica con una fuerza visual desgarradora.
Lo curioso de la obra es que fue creada originalmente en los años 60 para un hotel en México, pero este nunca llegó a abrir y el mural desapareció durante décadas. Un día, un ciudadano mexicano la encontró, por casualidad, en un almacén olvidado, y logró darle su lugar: instalada en esta ubicación desde 2008, la obra terminó convirtiéndose en un poderoso símbolo sobre la destrucción, el progreso y la memoria colectiva japonesa, en pleno corazón de uno de los barrios más frenéticos de la ciudad.
'El mito del mañana', un mural de más de 30 metros obra de Tarō Okamoto.
Resulta muy complicado imaginar que hubo un día en que Shibuya no lució tal y como se muestra ahora. Que no siempre haya sido el epicentro urbano y comercial que representa hoy. Y es que, durante siglos, esta zona fue un área relativamente rural situada a las afueras de Edo —la antigua Tokio—, atravesada por caminos y pequeños núcleos residenciales vinculados a clanes samuráis menos importantes.
Su gran transformación llegó a finales del siglo XIX, precisamente con la inauguración de la estación. El barrio comenzó a desarrollarse, y acabó por convertirse en el importante punto de conexión ferroviaria que es hoy.
Karaokes y tiendas de moda
Después, llegaron las tiendas y negocios. Fue tras la II Guerra Mundial cuando el ocio, sobre todo ligado a la cultura juvenil y a las nuevas tendencias urbanas, empezaron a adueñarse de él. Durante los 70 y 80, Shibuya se convirtió en símbolo de modernidad, moda y vida nocturna, gran parte de cuya esencia persiste hoy.
Lo notamos en cuanto paseamos por las calles que se reparten en torno al mítico cruce y la estación. Center Gai es una de sus arterias más reconocibles. Una vía que alberga pantallas, recreativos, karaokes, tiendas de moda, cafeterías y pequeños restaurantes abiertos hasta altas horas. Aunque, cuando se trata de ir de compras, hay más imperdibles: el mítico Shibuya 109, por ejemplo, que continúa funcionando como símbolo de estética juvenil japonesa.
La zona de rascacielos de Shibuya.
O Shibuya PARCO, donde encontrar marcas contemporáneas, diseñadores japoneses y cultura urbana pura y dura. Tampoco faltan, claro, las tiendas dedicadas al gaming —cultura que integra los videojuegos en la vida diaria, caracterizada sobre todo por la pasión por los centros recreativos y la cultura del manga— y al anime, con tiendas oficiales de Nintendo o Pokémon: imposible salir de ellas sin un suvenir. Negocios y más negocios que ocupan las infinitas plantas de los rascacielos, potenciando el espíritu consumista, no solo de los japoneses, sino también de los visitantes.
Para acabar con una mirada global, nada como acercarse hasta el Shibuya Scramble Square, uno de los complejos urbanos más modernos y representativos del nuevo Shibuya, cuyo gran reclamo es Shibuya Sky, el observatorio situado en la azotea, desde donde se obtiene una de las vistas más espectaculares de Tokio.
la zona de restaurantes de Shibuya Yokocho.
Una alternativa es el vecino Rayard Miyashita Park, en cuya azotea se despliega el popular Miyashita Park, un parque urbano en el que hay espacio para relajarse y descansar, pero también para un rocódromo, una red de voleibol e incluso un parque para skaters.
En la primera planta del edificio se encuentra, por cierto, Shibuya Yokocho, la opción idónea —aunque algo turística— para relamerse con la cocina nipona más auténtica: recreando las antiguas callecillas colmadas de las tradicionales izakayas japonesas, se reparten casi una veintena de restaurantes y bares.