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Pocos lugares existen en el mundo que supongan un reto al viajero del calibre de Etiopía. Porque, nada más aterrizar en la caótica Addis Abeba, su capital, África se presenta ante el visitante en su apoteosis máxima.

La ciudad concentra en su territorio más de 3 millones de habitantes que desarrollan su cotidianeidad a más de 2.300 metros de altura. No en vano, estamos en una de las capitales más altas del mundo, y eso también hace mella en el viajero desde el mismo instante de su llegada.

Definir Addis Abeba es, también, hablar de uno los lugares más intensos y contradictorios del continente. Fundada a finales del siglo XIX por el emperador Menelik II, la ciudad creció sin perder del todo su esencia, convirtiéndose en un enclave donde el pasado imperial, la espiritualidad ortodoxa y la vida contemporánea conviven en un equilibrio de lo más vibrante.

Caminar sus calles es entregarse al aroma del café recién tostado, al bullicio exagerado y a esa sensación constante de estar en un lugar donde todo está ocurriendo al mismo tiempo.

Plaza Meskel, cualquier día por la mañana.

Plaza Meskel, cualquier día por la mañana. iStock

El deporte como filosofía de vida

Antes de ahondar en su historia, incluso antes de lanzarnos a conocer sus singulares iglesias o populares mercados, debemos dirigirnos a uno de esos lugares que hablan por sí solos: Meskel Square.

Y la razón es muy sencilla: aquí se entiende de verdad el ritmo vital de Addis Abeba, la energía que mueve a su gente, sus sueños y sus aspiraciones. Cada día, desde bien temprano, esta peculiar enclave se transforma en un improvisado centro de entrenamiento en el que se dan cita mayores y pequeños, aficionados y jóvenes promesas, decididos a ejercitarse a gran altitud.

Decenas de personas que, de esta forma, afianzan una tradición que ha convertido a Etiopía en una potencia mundial del atletismo. Todos ellos sueñan con seguir los pasos de leyendas como Haile Gebrselassie o Kenenisa Bekele, grandes referentes en la historia del deporte.

Es por ello que Merkel Square, más que una simple plaza distribuida a diferentes niveles, es un reflejo de la relación que tiene el país con el esfuerzo y la disciplina. Presenciar uno de estos entrenamientos es de lo más auténtico que se puede vivir en Addis.

Uno de los puestos de Merkato, un festival de colores.

Uno de los puestos de Merkato, un festival de colores. iStock

Después, ya sí, será el momento de ahondar en otros aspectos de la capital. Visitar el Museo Nacional de Etiopía permite entender la riqueza cultural del país, pues abarca desde su arte hasta su historia imperial, poniéndonos así en contexto. También acoge en sus entrañas uno de los hallazgos más importantes de la humanidad, Lucy, el esqueleto de australopiteco que es fundamental para explicar nuestros orígenes.

Un par de horas bastarán antes de lanzarnos una vez más a la calle y corroborar que la palabra caos, aquí, se queda corta. El tráfico en todas direcciones, la polución y los cláxones sonando sin cesar nos acompañan hasta otro imperdible: Merkato, uno de los mercados al aire libre más grandes de África, resulta anárquico, vibrante y absolutamente fascinante.

El lugar ideal para captar la energía real de la capital etíope, pues en él se despliegan decenas de puestos de especias, textiles, café y objetos cotidianos, dibujando una ciudad en constante movimiento.

La Catedral de la Santísima Trinidad de Addis Abeba.

La Catedral de la Santísima Trinidad de Addis Abeba. iStock

Lo más espiritual

El siguiente paso será sumergirnos en el pulso religioso que mueve a Etiopía. Para ello, nada como dirigirnos hacia la Catedral de la Santísima Trinidad, que nos aporta la dimensión espiritual gracias a su imponente arquitectura y a su solemne interior.

Se trata de uno de los templos más importantes de la Iglesia ortodoxa etíope, una de las más antiguas del mundo, pues sus orígenes se remontan al siglo IV, cuando el reino de Aksum adoptó el cristianismo. Su interior alberga las tumbas de figuras clave del país como el emperador Haile SelassieI y la emperatriz Menen Asfaw.

Pero si hablamos de iglesias, merece la pena acercarnos a la de San Jorge, una de las más emblemáticas. De planta octogonal y con una silueta inconfundible, está profundamente ligada a la historia moderna de Etiopía, pues fue construida a finales del siglo XIX para conmemorar la victoria etíope frente a Italia en la batalla de Adwa.

Su interior se halla decorado con iconografía tradicional y ofrece una inmersión directa en la espiritualidad ortodoxa etíope, muy distinta a la europea tanto en estética, como en ritual: con una liturgia muy rica en simbolismo, uso de lenguas antiguas como el ge’ez y prácticas que mezclan elementos del Antiguo Testamento. Se trata de una expresión religiosa profundamente arraigada a la identidad del país.

Llega la hora de catar los sabores locales, y para ello, nada como participar de una ceremonia de café. En Etiopía, este ritual, uno de los más tradicionales del país, es una muestra de hospitalidad hacia el invitado. Se cree que el origen del café está precisamente aquí, por eso su preparación es algo tan cotidiano como valorado.

Dos hombre tomando café en Addis Abeba, un ritual tradicional muy asentado en la ciudad.

Dos hombre tomando café en Addis Abeba, un ritual tradicional muy asentado en la ciudad. iStock

¿Su elaboración? Implica desde el tueste de los granos en el momento, a la molienda lenta, paciente, mientras se alimenta la conversación, para acabar infusionando y sirviendo el resultado en pequeñas tazas que se rellenan por rondas. Para acompañar, algo tan sencillo y sorprendente como un cuenco de palomitas de maíz recién hechas en la olla.

Si el hambre aprieta, la solución será la injera, una suerte de crep elaborado con harina de teff sobre el que se sirven las más variadas opciones, desde verduras a carne, pescado o incluso pasta, y que es la joya gastronómica etíope.

El punto y final más extraordinario al periplo llegará al trasladarnos a uno de los miradores naturales que rodean la ciudad, el Monte Entoto, desde donde se obtiene una panorámica amplia y reveladora de la capital extendiéndose entre colinas y neblina.

No será extraño cruzarnos en el camino con escenas que hablan por sí solas: mujeres campesinas caminando al borde de la carretera, cargando grandes conjuntos de leña a la espalda, reflejan una realidad todavía presente en muchas zonas de Etiopía. Estampas duras, pero profundamente auténticas, que nos conectan con una dimensión más rural y esencial del país.