Hay políticos que en agosto se van a la playa, y hay quien prefiere desaparecer del mapa unos días.
Un diputado conocido por estar siempre en el centro del debate público ha elegido para eso un pueblo diminuto del interior de Tarragona, entre olivos, almendros y campos de cultivo, sin una sola playa cerca.
No busca lujo ni viajes largos. Con una piscina y un bar le basta, según ha contado él mismo más de una vez.
Y es que el contraste llama la atención: alguien acostumbrado a las cámaras y a la primera línea política elige, cada verano, un pueblo de poco más de 600 vecinos donde nadie parece tener prisa por nada.
Ese pueblo es La Torre de l'Espanyol, en la Ribera d'Ebre, el rincón donde Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso, veranea desde hace años. Tiene unos 28 kilómetros cuadrados y, según el Instituto de Estadística de Cataluña, 642 habitantes en 2025.
Calles estrechas y campos hasta donde alcanza la vista
El pueblo apenas tiene un puñado de calles, estrechas y con casas de siempre.
Destaca la iglesia de Santiago Apóstol, cuyo campanario se ve desde lejos por encima de los tejados. Alrededor, todo son cultivos, y el Ebro pasa cerca, marcando buena parte del paisaje.
La comarca entera va en esa línea: pueblos pequeños como Ascó, Flix, Vinebre o Móra d'Ebre, todos con ese aire rural que aquí nadie parece querer perder.
No hay carrera por atraer turistas ni competir con la Costa Brava o el Empordà. Aquí el atractivo va justo por el lado contrario: cuanta menos gente, mejor.
Lo justo: piscina, bar y poco más
El pueblo no ofrece grandes reclamos, y quizá ahí está la gracia. Una piscina municipal para el calor de julio y agosto, un bar donde pasar la tarde, y poco más. No hay playa, ni monumentos destacados, ni nada pensado para atraer visitantes.
El propio alcalde, Sergi Borràs, ha confirmado que quien va allí lo hace por elección propia, no porque tenga vínculos familiares con el sitio.
En un panorama vacacional dominado por la masificación y las prisas, el verdadero valor de este enclave de la Ribera d'Ebre reside en su autenticidad.
Sus senderos entre olivos, la silueta del campanario de Santiago Apóstol y la cercanía del río Ebro ofrecen justo lo necesario para desconectar: la calma de la vida rural en estado puro.