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Es un día de recién estrenada primavera en Nápoles. La estación se despierta temprano desde el Hotel Excelsior, perteneciente a Eurostars, cuyas vistas logran que el azul del Tirreno se funda con el del cielo.

Aunque la alarma suena pronto y la tentación de posponer la hora de revolverse entre las sábanas es tentadora —en parte debido a la comodidad de la cama, que brinda el descanso soñado cuando la rutina asfixia—, la prometedora jornada pesa más en la toma de decisiones.

¿El resultado? La consecución de un estilismo mediterráneo tras revolver la maleta y un estómago lleno. Pocas sensaciones se comparan con la de tener todas las posibilidades de desayuno ante tus ojos. Y eso el bufé del establecimiento lo cumple con creces.

Tras reponer combustible de forma más económica que parando en la gasolinera, la hoja de ruta del día está clara: hoy Nápoles queda atrás; en concreto, a algo más de una hora en transfer.

La mirada se alza al frente con un destino tan claro como deseado: Amalfi, el fruto cítrico del sueño de años.

El vaivén de la carretera indica que ahora estamos más cerca del cielo. Los limones que aparecen por doquier y alguna que otra bodega anuncian que estamos de camino.

Conforme la furgoneta se aleja de Nápoles aflora un nuevo encanto. El idealizado que se aleja un poco de la autenticidad de la ciudad portuaria. No obstante, es difícil deshacerse de ella, sobre todo cuando la cima del Vesubio saluda entre las nubes.

El primer vistazo tras bajarse del 'transfer' en Amalfi.

El primer vistazo tras bajarse del 'transfer' en Amalfi. Cristina Sobrino Calado

El vértigo de ir subiendo por asfalto acrecenta por la temeraria conducción italiana, lo que desemboca en alguna que otra exclamación made in Spain. Ver la urbe napolitana desde las alturas —como diría Guitarricadelafuente— da pistas de muchas cosas.

En este punto, la sensación es que nos merecemos la Maglia rosa sin haber dado un pedal, porque las curvas cerradas invitan a algún que otro rezo. En español, latín o italiano. Ahora incluso en inglés con la bendición de León XIV.

De repente, y casi como un milagro que ayuda a conectar con la realidad y el momento, la cobertura pasa a mejor vida. Y aunque la ansiedad por separación con quien está al otro lado del teléfono sube, se atenúa cuando suena ABBA y, por segunda vez en el día, todo parece posible.

Las casas —y los puestos ambulantes de granite al limone— salpican el bosque mediterráneo del que hablaban los profesores de Conocimiento del Medio. Va a ser verdad eso de que es más fácil aprender cuando algo se experimenta.

Mientras tanto, el mar de nuevo comienza a asomar de fondo. La imagen de postal empieza a aparecer. Una vez más, todo lo que te han dicho es verdad. Y en esta ocasión, sin peros. Ni manzanas.

La estancia en este rincón de película se prolongará durante apenas unas horas. Suficientes si todo está tan bien hilado como en la confección que hizo de la jornada el equipo de Eurostars.

En el municipio, además de la belleza propia de la promesa de una vida mejor, y una serie de imanes para llevar de recuerdo y poder rememorar que en algún punto esa fue nuestra realidad, aguardaba también una maravillosa guía de Turismo de Amalfi. Esta idea no es que sea recomendable, es que debería ser obligatoria para estampar el sello en el pasaporte.

Imagen de postal de una tienda de recuerdos del municipio costero.

Imagen de postal de una tienda de recuerdos del municipio costero. Cristina Sobrino Calado

Su premisa es sencilla: la ubicación que se despliega ante los presentes es mucho más que bajarse de un bus, darse un baño en unas aguas cristalinas que parecen irreales y quedarse en las calles más próximas a la orilla —habitualmente abarrotadas—.

De forma lógica, lo más interesante (aún) de este rincón no salta a la vista a pesar de que lo que ya inunda la mirada merece quedarse grabado a fuego; a agua en este caso.

Junto a ella, el pequeño grupo español no sólo se infiltra en las calles amalfitanas y las tiendas de souvenirs sobrepreciados, sino que también se cuela en las páginas de su historia. Primero, haciendo una parada en el Arsenal de la que fuera República de Amalfi.

En este paseo se aprende que fueron los moradores de este trocito de paraíso terreno y tirreno los que perfeccionaron la brújula, pero también que desde el municipio están apostando por la idea de un turismo más sostenible y que la hora perfecta para visitarlos es a partir de las cinco o seis de la tarde, cuando quien sólo va a hacerse la foto, se desentiende de lo que entrañan sus calles.

El rojo de Roma, el azul del mar y el cielo y el amarillo del sol besan su ADN, mientras el nombre de Atrani —el pueblo más pequeño de Italia— comienza a resonar de fondo, puesto que se puede llegar andando desde este destino.

Cuando el Arsenal queda atrás, la idea es comenzar la escalada, una que discurre por calles estrechas, con el turquesa del Tirreno siempre de fondo y con acentos e idiomas de cualquier rincón del mundo aporreando los oídos.

Conforme las calles principales se alejan —y después de que la Catedral de San Andrés aparezca ante los ojos de los presentes de forma inesperada— es el momento en el que la ruta mejora todavía más si cabe, porque "aquí no suelen llegar los turistas".

De fondo, la Catedral de San Andrés.

De fondo, la Catedral de San Andrés. Cristina Sobrino Calado

En este punto, una pasa a tener doble nacionalidad. Supongo que esto es lo que se siente cuando al nacer la palabra privilegio forma parte de tus apellidos.

No obstante, todavía hay atisbos de civilización. Una más intrépida quizás que se aventura a ir un pasito más allá y que luego compartirá con su entorno que tienen que ir a Amalfi, pero que nada de quedarse en la plaza donde los deja el bus.

Conforme se deja atrás el mar, los turistas comienzan a desvanecerse.

Conforme se deja atrás el mar, los turistas comienzan a desvanecerse. Cristina Sobrino Calado

En el planning, una visita al Museo del Papel. De entrada, esta parada que recuerda a esa excursión de primaria que se podría hacer tras la de Granja Escuela de turno, no parece demasiado llamativa. Y sin embargo, merece la pena. Porque claro, hay que dejarse llevar por los que saben y no confiar tan sólo en los clics.

Colarse aquí es hacerlo en otro trozo de historia de Amalfi. El mismo que aún sigue incrustado en el Vaticano, puesto que su papel de algodón sigue empleándose allí.

En la visita, se aprende de forma divertida el proceso —y de la mano de un equipo tan joven como entusiasta— todo el proceso de fabricación del material, que hoy en día siguen haciendo como antaño.

Como apunte extra, puede que te den ganas de comprarte todo lo que veas en la tienda. Y tranquilo, no se te juzgará por ello. Se dice, se comenta, que todavía hay gente que se arrepiente no haber adquirido según qué cosas.

Una muestra de algunos de los detalles del Museo del Papel.

Una muestra de algunos de los detalles del Museo del Papel. Cristina Sobrino Calado

Al salir, cuando los diferentes idiomas ya se funden en uno sólo a lo lejos, la propuesta es seguir subiendo. Porque cuando crees que Amalfi se acaba, hay más.

El camino que desbloquea esa dimensión es empinado, verde y amarillo. El sol aprieta, pero la recompensa está al final. Continúa.

La siguiente parada es gastronómica y contiene esa sensación de que si no vas con alguien que sabe, no darías con el sitio. Y merece tanto la pena... Si en la orilla del municipio la vida ya tenía otro cariz, en Agricola Fore Porta esa impresión alcanza una nueva acepción.

Quizás llamar al establecimiento restaurante sería un error debido a las implicaciones de su definición. Algo más cercano sería la idea de ir a comer a casa de unos vecinos, por ejemplo. En el espacio, con zona interior y exterior, caben pocos comensales, lo que garantiza también la tranquilidad.

El negocio es, por supuesto, familiar. La propuesta nació para proseguir con el sueño de un abuelo que compró la finca en 1970 tras regresar de Reino Unido. Entonces quería vivir en plena naturaleza, como agricultor, cultivando limones.

Agricola Fore Porta abrió sus puertas en 2014 para intentar rentabilizar el negocio: ofrecer algo para beber, alguna granizada o limonada, vender limones... Todo para poder mantener las 300 hectáreas de jardines. Dos años más tarde, abrió la cocina con unos fogones que reflejan el amor por la tierra.

¡La mesa está servida!

¡La mesa está servida! Cristina Sobrino Calado

Todo lo que se ofrece en el menú se hace con sus propios productos —a excepción de los quesos—. Incluso los licores son artesanales y de su propia cosecha, nunca mejor dicho. Lo que se lleva a la mesa, se recoge por la mañana en la huerta o el gallinero, por ejemplo.

Al ir probando lo que se va sirviendo, se entiende esa tierna escena en la que un crítico durísimo vuelve a su infancia cuando prueba cierto plato en Ratatouille y se le ablanda el corazón.

Tras jugar con la idea de que la vida puede ser de otra manera, la bajada no se antoja demasiado. Parece que conforme se desciende en altura, el sueño queda más lejos. Eso sí, la siesta llama de fondo cuando de repente comienza a oler a Sevilla en primavera. En la siguiente esquina, un naranjo cuajado de azahar saluda.

Antes de poner rumbo a Nápoles, una última parada oficial: un jardín de limones repleto de historia, tradición y raíces familiares que entroncan con las del fruto. Pero sobre ello hay otro capítulo... Próximamente.

Nunca adiós, siempre hasta luego.

Nunca adiós, siempre hasta luego. Cristina Sobrino Calado

Amalfi no se acaba cuando se dejan de ver sus acantilados o el turquesa de sus aguas; se queda impregnada en la piel con aroma a azahar y sabor a limoncello artesanal.

Mientras el transfer devora las curvas de regreso a Nápoles, con el Vesubio ya presidiendo el horizonte —cortando la oscuridad— y el refugio del Hotel Excelsior esperando, queda la certeza de que 24 horas bastan para enamorarse de un secreto, pero una sola fotografía no basta para mostrarlo.