D. E.
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En lo alto de un cerro que domina la meseta soriana, a menos de dos horas de Madrid, Medinaceli se presenta al viajero como un pueblo medieval de libro. Levantado sobre una historia que se remonta al siglo II.

Su casco histórico de piedra, sus murallas y plazas tranquilas esconden el pasado romano de la antigua Occilis, un enclave estratégico en la vía que unía el interior peninsular con el valle del Ebro.

Hoy en día, pasear por Medinaceli es recorrer, casi sin darse cuenta, 2.000 años de historia en apenas unos metros con un protagonista indiscutible: su arco romano.

El gran emblema de Medinaceli fue levantado en época imperial y considerado un caso único en España por su tipología y estado de conservación.

El arco romano de Medinaceli, en Soria.

El arco romano de Medinaceli, en Soria. iStock

Desde él se domina el valle del Jalón y se entiende al instante la importancia estratégica que tuvo este lugar para los romanos. Este arco, que habría dado la bienvenida a viajeros y comerciantes hace casi dos milenios, es en la actualidad una de las imágenes más icónicas del pueblo y uno de los mejores lugares para contemplar el atardecer.

A diferencia de otros restos romanos dispersos, aquí el arco se integra en el paisaje cotidiano de Medinaceli: basta con seguir la calle principal hasta el borde del cerro para encontrárselo, recortado contra el cielo castellano.

Un pueblo medieval

Aunque podemos llegar al pueblo por el arco, Medinaceli conquista por una atmósfera que es única gracias a su casco antiguo, declarado conjunto histórico y que conserva un trazado medieval de callejuelas empedradas entre plazas, soportales y rincones increíbles.

La Plaza Mayor porticada, amplia y elegante, actúa como salón principal del pueblo, flanqueada por casonas nobles, el edificio del antiguo alhóndiga, restos de muralla y construcciones que recuerdan el poder señorial que tuvo la villa.

En el extremo del cerro están los restos del castillo, levantado sobre antiguas defensas y con unas vistas increíbles a la meseta. No podemos dejar pasar las iglesias, conventos y ermitas que salpican Medinaceli y sus alrededores y que repasan todos los estilos, desde el gótico al renacentista o barroco.

Medinaceli es un auténtico palimpsesto urbano donde las épocas se superponen y es en esa mezcla donde radica parte del encanto para el viajero: cada fachada y cada piedra insinúan que aquí ha habido muchas vidas antes de la actual.

La Plaza Mayor de Medinaceli.

La Plaza Mayor de Medinaceli. iStock

Sabores con siglos de historia

Como buen pueblo castellano, Medinaceli suma a su patrimonio de piedra una cocina de raíces profundas: asados, platos de cuchara, embutidos y quesos de la zona, regados con vinos de denominaciones cercanas.

Muchos restaurantes y mesones del casco histórico se ubican en antiguas casas de piedra, lo que multiplica la sensación de estar comiendo dentro de un decorado histórico.

Para el viajero gastronómico, es un lugar perfecto para unir mesa y patrimonio: se puede empezar el día con un paseo hasta el arco romano, seguir con una ruta por el casco medieval y rematar con una comida pausada frente a una chimenea, probando productos de kilómetro cero.