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Existe una pequeña pollería del Barrio de Las Letras, donde, para sorpresa de muchos, todavía se apuntan los pedidos, se despieza el pollo a mano y se conoce a los clientes por su nombre.

El negocio nació en 1934, cuando el abuelo de Manuel Álvaro abrió una tienda en la calle León dedicada exclusivamente a la venta de pollos y huevos, como indicaba el rótulo original de la entrada.

Casi un siglo después, aquella actividad continúa, en otra calle y con el nombre del nieto del fundador, pero en el barrio, a pesar de que éste, los clientes y hasta la manera de comprar hayan cambiado radicalmente.

Manuel Álvaro tras el mostrador de la antigua pollería junto a su padre y su hermana.

Manuel Álvaro tras el mostrador de la antigua pollería junto a su padre y su hermana. Pollería Manuel Álvaro

Con 66 años, Manuel ya está jubilado, aunque sigue acercándose cada mañana a la tienda. "Toda mi vida ha sido esto", cuenta. Ahora son Filadelfo Pérez y Juan Moreno quienes llevan buena parte del trabajo diario. Uno de ellos llegó con 17 años y lleva ya décadas detrás del mostrador.

El otro se incorporó más adelante. Ambos aprendieron el oficio dentro de la propia tienda y forman parte de esa cadena de trabajadores que ha permitido que el negocio continúe abierto generación tras generación.

Manuel Álvaro con su tío y su padre en el antiguo local ubicado en la calle Léon.

Manuel Álvaro con su tío y su padre en el antiguo local ubicado en la calle Léon. Manuel Álvaro

La historia comenzó en la calle León, donde permaneció hasta el año 2000. El local era entonces más pequeño y el negocio se limitaba a las aves de corral y los huevos. La parte de alimentación que hoy completa el establecimiento llegaría décadas después, en los años ochenta, cuando el comercio empezó a diversificar su oferta.

Del carrito de reparto a la furgoneta

También ha cambiado la manera de trabajar. Juan empezó haciendo el reparto por la zona con un carrito, llevando pedidos a restaurantes y a las vecinas del barrio. El reparto sigue siendo hoy una parte importante de la actividad.

Entre sus clientes hay restaurantes de la zona como Casa Mariano, Casa Manolo, Marina Ventura o La Cabaña Argentina, figuran entre los establecimientos a los que han suministrado género. También están los huevos que compra Javi Goya para La Elisa, Triciclo y Sua, otro cliente de larga trayectoria.

El 'ordenador' de la pollería Manuel Álvaro donde llevar al día los pedidos.

El 'ordenador' de la pollería Manuel Álvaro donde llevar al día los pedidos. Natalia Martínez

"Casa Mingo es cliente de toda la vida", explica Manuel Álvaro sobre el mítico asador de pollos madrileño, al que entregan unos 500 pollos semanales. No se trata simplemente de entregarlos, hay que prepararlos según las necesidades del establecimiento". Se les quitan las alas y se les cruzan las patas para que roten sin problemas". Además, los pollos destinados a este servicio deben tener un peso aproximado de un kilo o un kilo cien.

Entre las cinco y media y las seis de la mañana comienza a llegar el género. Después toca preparar los pedidos: filetes, piezas enteras, productos con piel o sin ella. "Todo a mano", explican. Los encargos llegan por la noche a través de mensajes, WhatsApp o el contestador y por la mañana se pasan al cuaderno.

Antes de que comiencen a llegar los clientes el despiece de los pollos arranca la jornada.

Antes de que comiencen a llegar los clientes el despiece de los pollos arranca la jornada. Natalia Martínez

Una pollería, pero también un pequeño colmado

El catálogo se amplió en los años ochenta y hoy la tienda funciona también como pequeño comercio de alimentación. Hay leche, yogures, queso o agua, además de los productos principales.

El corcho donde ponen los pedidos que van despachando y los huevos que reciben de Ávila, a cada lado del mostrador.

El corcho donde ponen los pedidos que van despachando y los huevos que reciben de Ávila, a cada lado del mostrador. Natalia Martínez

Los huevos llegan de El Barraco, en Ávila, un proveedor con el que llevan trabajando muchos años. Donde antes había prácticamente una única categoría, ahora conviven huevos de distintos tamaños y sistemas de producción: desde los de jaula hasta camperos y ecológicos.

Y también ha cambiado el precio. Los propietarios recuerdan que hace décadas una media docena podía costar alrededor de 85 o 90 céntimos. Hoy ronda los dos euros. El huevo, explican, ha sido uno de los productos que más se ha encarecido, especialmente durante los últimos años.

El pollo tampoco se ha librado de las transformaciones. Hace más de 25 años todavía llegaba entero, con patas y otras partes que permitían aprovecharlo de otra manera. Hoy llega mucho más limpio y preparado. Las mollejas, por ejemplo, todavía pueden conseguirse, pero bajo encargo y ya limpias.

Filadelfio y Juan llevan años en el negocio y se han hecho cargo de su gestión.

Filadelfio y Juan llevan años en el negocio y se han hecho cargo de su gestión. Natalia Martínez

El barrio que ya no compra como antes

Pero si hay algo que ha cambiado profundamente es el propio Barrio de Las Letras. La venta directa al público ha descendido de manera considerable. Las familias que vivían en la zona han ido desapareciendo y buena parte de los antiguos pisos se han transformado en alojamientos turísticos.

"Ahora todo son pisos turísticos y esos no compran nada", resume Manuel. También se han marchado muchas de las mujeres mayores que durante décadas fueron clientas habituales y a las que llevaban la compra a casa. El servicio a domicilio, que antes era cotidiano, se ha reducido considerablemente.

De la venta exclusiva de huevos y aves pasaron a ampliar el negocio con otros productos básicos en la despensa de cualquier hogar.

De la venta exclusiva de huevos y aves pasaron a ampliar el negocio con otros productos básicos en la despensa de cualquier hogar. Natalia Martínez

En el barrio también aparecieron los supermercados. Día, Carrefour y otras grandes superficies comenzaron a ofrecer los mismos productos y, según explican, ahí empezó a caer buena parte de las ventas de pollo y huevos.

La pandemia terminó de modificar los hábitos. Desde entonces, la tienda dejó de abrir por las tardes y concentra su actividad durante la mañana.

Una tienda que conoce las historias del barrio

Quizá sea precisamente esa relación personal la que mejor explica la supervivencia del negocio. Durante décadas, detrás del mostrador se han visto crecer generaciones enteras."Tenemos más relación muchas veces con las clientes que con familia", explican. Han conocido a niños pequeños que después se hicieron adultos y, con el tiempo, incluso se jubilaron.

La supervivencia también ha supuesto ajustar precios y mantener el volumen de clientes profesionales que todavía confían en ellos.

Además, el local pertenece a Manuel, aunque quienes trabajan en la tienda son sus inquilinos. Esa circunstancia ha permitido una estabilidad que muchos otros comercios del barrio no han tenido que han terminado cerrando ante el incremento de los alquileres. Hasta han recibido consultas de empresas inmobiliarias interesadas en el local.

Manuel Álvaro con los actuales inquilinos y gestores del negocio.

Manuel Álvaro con los actuales inquilinos y gestores del negocio. Natalia Martínez

Manuel tiene dos hijos, pero ninguno ha querido continuar con el negocio. La continuidad queda ahora en manos de quienes han aprendido el oficio trabajando allí durante décadas.

Fuera, el Barrio de Las Letras continúa transformándose, mientras una pequeña pollería sigue haciendo lo mismo que empezó a hacer en 1934. Casi un siglo después, haber conseguido que el tiempo pase por delante sin llevarse el negocio consigo es el mayor de los logros.