En un restaurante el plato no se construye solo. Requiere de uno o varios productos, salsas, emulsiones, guarniciones y otros complementos pero, en la mayoría de los casos, nunca falta la vajilla.
Esta suele decir mucho o poco del plato y, en ocasiones, se convierte en una pieza indispensable del discurso que lo envuelve y su elección es decisiva a la hora de causar impresión cuando llega a la mesa.
Esas decisiones forman parte del día a día de la tinerfeña Pilar González, cuya línea de trabajo se perfila en función de los encargos que le llegan de cocineros de la isla y otros lugares de España.
Piezas de todas las formas, tamaños y colores llenan el taller de esta ceramista tinerfeña.
González llegó a la cerámica casi por casualidad, después de trabajar con madera. Cuatro décadas después, desde Jícara, su taller de La Laguna, sus piezas han terminado en restaurantes y hoteles y se diseñan a partir de los platos que van a contener.
“No me cuesta hacer las piezas, me cuesta aburrirme”, explica la artista, que a las siete de la mañana ya ha levantado la persiana de su taller.
De un pequeño taller a la restauración
Crear, probar materiales, pensar una nueva colección o encontrar una solución para un plato forman parte de una rutina que la ha llevado desde un pequeño espacio en su propia casa hasta un taller profesional cuya "principal fuente de ingresos son los restaurantes".
Su primer espacio fue un local de su propia casa, donde su padre guardaba la madera de la carpintería. Allí comenzó a experimentar y, poco a poco, la cerámica dejó de ser una actividad circunstancial para convertirse en su oficio.
Pilar González pasa de sol a sol en su taller dando forma a las ideas de los cocineros.
No llegó a la formación reglada hasta después de dos décadas trabajando. Entonces entró en la Escuela de Arte y cursó durante dos años el ciclo que le permitió obtener el título de técnico superior en cerámica.
Hace cuatro años se trasladó al actual taller de La Laguna, donde dispone de más espacio para trabajar, almacenar materiales, mostrar piezas y recibir a clientes.
En 2017 conoció a uno de sus primeros clientes vinculados a la restauración. Jorge Peñate, uno de los 'Dos Naifes' que cocina en el gastronómico del Gran Meliá Palacio de Isora y está también a cargo de la dirección culinaria del hotel, le hizo un primer encargo para un establecimiento en el que entonces trabajaba.
Jorge Peñate y Luis Martín, al frente de Dos Naifes, son dos de los clientes de confianza de Cerámicas Jícara.
La salsera que le diseñó terminó siendo una puerta de entrada al mundo de la hostelería. “Cuando la gente va viendo cómo trabajas y gustan tus piezas, se nota”, recuerda González cómo el boca a boca comenzó a hacer su trabajo.
El plato antes que el plato
En el taller de Pilar no se empieza necesariamente por el barro. El proceso comienza hablando con el cocinero y entendiendo qué plato va a servirse sobre ella.
Así ocurrió con el tentáculo de pulpo, una de las piezas que diseñó para Dos Naifes para un plato con historia. “El pulpo es un plato que lleva con nosotros tres generaciones”, explica Peñate, durante una de sus visitas al taller, junto a Luis Martín, su otro 'cuchillo', para recoger lo último salido del horno.
Las patas de pulpo que llegan a la mesa de Dos Naifes.
Para ambos cocineros, "el plato tiene que provocar un primer impacto visual y acompañar después el recorrido del comensal hacia el sabor".
Para ella, la colaboración ideal se basa en el respeto mutuo: el cocinero no entra a dirigir su taller y ella no entra a dirigir su cocina.
"Mi gran lujo es que cuando hablamos, me deja mano libre para que yo pueda opinar", reconoce la ceramista, cuyo trabajo ha viajado fuera de las islas.
El trabajo de González ya ha salido de las islas. Ha recibido peticiones de Italia y Noruega y algunas de sus piezas han viajado hasta Estados Unidos.
Uno de los hornos con los que trabaja Pilar González en su taller.
"El rejo de pulpo terminó al otro lado del Atlántico" cuenta la artista que confiesa que el problema no es encontrar clientes interesados, sino conseguir que la logística no convierta una pieza artesanal en un producto difícil de comprar.
Vajilla de autor, no vajilla industrial
Las piezas de González nada tienen que ver con las producidas de manera industrial en las que todas las unidades tengan que ser exactamente iguales. Cada una conserva las pequeñas variaciones propias del trabajo manual.
La variedad es precisamente una de las cosas que mantiene activa a Pilar. "Haga lo que haga, por suerte, lo vendo”, dice la artista, que reivindica la imperfección de la que "todo el mundo huye".
El mar está presente en muchas de las creaciones de Pilar González.
Además de cumplir con la parte estética, los platos, vasos, tazas y recipientes tienen que resistir el trabajo diario de un restaurante, el uso de los camareros, los lavados y las temperaturas.
Por eso Pilar trabaja principalmente con barros de cocción alta y materiales resistentes. En su taller tiene habitualmente alrededor de cuatro tipos de barro, que llegan principalmente de Valencia y de Manises.
La lava del volcán de La Palma sirve para crear parte de la vajilla de Pilar González.
Entre los materiales que han pasado por el taller de Pilar está también la ceniza del volcán que mantuvo en vilo durante semanas la isla de La Palma. Los esmaltes "abren todavía más posibilidades".
A pesar de que mucho tiempo se invierta en repetir piezas para formar colecciones de vajilla que llenarán futuras vitrinas, experimentar es lo que más le divierte a González.
Mientras, una nueva línea puede surgir en una semana o tardar un mes. “La musa viene cuando le da la gana. No la tengo ahí en nómina y me vuelve loca”, bromea.
Pilar se pasa el día experimentando con nuevas creaciones con las que dar sentido a los platos de muchos restaurantes.
Porque, aunque reconoce que la cerámica vive un momento de popularidad creciente desde la pandemia, insiste en que no hay atajos.
"Esto no es como los influencers o el OnlyFans, que de repente das con una clave y te haces de oro. Hay que trabajarlo".