Seguramente James Rhodes haya tenido un miércoles muy tranquilo y nos atrevemos a afirmar que este jueves también estará siendo un día amable para el pianista británico que acaba de recibir la nacionalidad española. El martes informaba a sus seguidores de Instagram de que había dejado Twitter, "como muchos de vosotros habéis sugerido", y consideraba que "las cosas parecen un poco más amigables aquí". Las polémicas que han acompañado al intérprete en las últimas semanas parecen estar detrás de su decisión. 

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Rhodes había logrado pasar inadvertido para los haters hasta hace tan solo unos meses. Practicaba el buenismo desde las redes sociales y las columnas de opinión y todo el mundo lo quería. Bueno, en realidad, algunos ya se habían hartado un poco de que elogiase cada amanecer en Madrid, cada rayo de sol por su ventana, cada croqueta. No obstante, tampoco le lapidaban por ello con gran ímpetu en las redes sociales.

Sin embargo, todo cambió cuando Rhodes empezó a tutearse con el Gobierno. Bien es cierto que llevaba meses trabajando con el Ejecutivo en la nueva Ley de la Infancia, pero todo se precipitó cuando tocó al piano el Himno de la Alegría el día en el que Pedro Sánchez presentó el Plan Nacional de Recuperación. Aquello fue la puntilla que muchos estaban esperando para vomitar su ira contra el británico.

Un adiós terapéutico

Conviene no olvidarse de que en los meses previos a aquella interpretación del Beethoven más sanchista, Rhodes había caldeado el ambiente plantándose varias veces ante Vox, con lo que su posición parecía bastante clara aunque en una entrevista con EL ESPAÑOL haya dicho que también habría tocado para Abascal. De hecho, uno de sus últimos tuits —para muchos, el desencadenante de su huida— estuvo dedicado a sus votantes, animándolos a que se fuesen a la plataforma de moda entre los seguidores de Trump:

Dicho esto, ninguno de sus zascas justificaría los degradantes insultos que recibió por ello en Twitter, muchos de ellos intentando meter el dedo en la llaga de los abusos sexuales que él había sufrido en buena parte de su infancia y adolescencia. Parece increíble que alguien movido por el odio a una persona que ni siquiera conoce personalmente pueda intentar dañarle hurgando en algo así, pero sucedió.

Y lejos de desaparecer, el acoso contra Rhodes salió de nuevo a flote con el anuncio de Campofrío —sus críticos intentaron promover, sin mucho éxito, un boicot a la marca— y desbordó el vaso cuando Pablo Iglesias anunció que el Gobierno le había dado la nacionalidad española. Este extremo hizo que incluso sus seguidores cuestionasen lo que la amplia mayoría consideró un reconocimiento por "amiguismo":

Ni un mes más tarde de aquel "felicidades, compatriota", James Rhodes ha cerrado suavemente la puerta de Twitter ansiando una tranquilidad que otras redes más amables le brindarán. Aunque el odio se siga colando por las rendijas no es comparable con el que te mantiene en lo alto de la lista de tendencias mientras miles de desconocidos te llaman de todo menos guapo.

Ahora, si buscamos @JRhodesPianist en la red social podemos leer lo siguiente:

Un adiós discreto que él mismo ha preferido no amplificar, pero sí lo han hecho sus enemigos. Primero, se ha corrido el bulo de que había sido Twitter quien le había suspendido la cuenta. Después, cuando tuvieron que eliminarse muchos tuits al respecto por haberse puesto en evidencia, los mensajes se centraron en vaticinios y críticas como estas:

La verdad es que cada uno de estos tuits viene a confirmar que la retirada de Rhodes ha sido su gran victoria.