Javier Navarro

Javier Navarro E.E.

Opinión

Allí donde mueren las mariposas

Publicada

La mariposa monarca viaja 4.000 kilómetros todos los años desde Canadá a México sin saber que está recorriendo un continente entero, sin ser consciente siquiera de existir, y mucho menos de que va a morir. Al otro lado del océano, miles de aves llegan a la Dehesa de Abajo en primavera para luego recorrer la distancia inversa y reproducirse en los meandros del Congo. Esos flamencos, cigüeñas y grullas desconocen que cruzan un mar lleno de cuerpos ahogados, y que las nubes de polvo que suben desde la tierra son los restos de pueblos exterminados por una Shoah. Ignoran por qué el cuerpo ya no les pide parar aquí, sino viajar un poco más al norte. No son conscientes del cambio climático, aunque ahí estén las olas de calor y los desfiles de borrascas que han hecho de nuestra tierra un fangal.

No conocer la ley no exime de su cumplimiento ni evita que exista, del mismo modo que ignorar el verdadero sentido de la vida no impide que quizá lo tenga. Al pensar en la migración de las aves, en cómo las hormigas salen de las entrañas de la tierra cuando escampa, o en el insoportable silbido de los mosquitos en la oreja, resulta inquietante que ninguno de ellos conozca la razón última de esos rituales inscritos en sus genes, repetidos como una letanía biológica en cada estación. Igual que al flamenco se le ha vetado la cualidad de la autoconciencia, puede que a nosotros se nos haya restringido el acceso a otras cajas de respuestas, a otros planos de conocimiento, a una sección del universo que jamás llegaremos a entender porque, de lo contrario, el equilibrio de energías y materias oscuras se resquebrajaría.

Si la mariposa monarca atraviesa la antigua tierra de los cherokees por mero impulso, nada impide pensar que la acción de levantarnos todos los días para trabajar y relacionarnos —esa cosa tan irracional que no contribuye ni a reproducirnos ni a alimentarnos— produce en realidad un polvo mágico con el que crecen los árboles; o que el amor nada tiene que ver con la procreación, sino con la regulación de la temperatura de la Tierra; o que el movimiento de nuestros cuerpos en la atmósfera cumple la función de avivar la fusión de metales en el centro del planeta.

Mirar al cielo en una noche cargada de estrellas nos da muchas razones para pensar que algo se nos escapa. La ciencia suele tener reservada una teoría para cada incógnita —como si quiera vengarse de la fantasía—, aunque también la ciencia sea, a veces, una ficción poco creíble. Astros flotando gracias a un juego de fuerzas invisibles; luces en la oscuridad que son en realidad bolas de fuego muertas en algún lugar remoto; pequeños bichos verdes que se devoran entre sí justo después de procrear; millones de kilogramos de cristales enterrados con cuerpo de pentágono; trozos de hielo que caen del cielo con formas inverosímiles. Con este paisaje de relatos fantásticos, parecería que la vida no fuese más que un yacimiento arqueológico de cosas imposibles: una secuencia de imágenes, hechos, fenómenos y eventos arrojados a la licuadora del universo, siguiendo un guion detallado de forma enfermiza, en el que también está contemplada cada letra tecleada de este texto.

Aunque el sistema científico aspire a alcanzar una explicación lógica —supongo que también la mariposa da por sentada la tarea de mover las alas con destino sur—, nuestro único sistema de orientación verdaderamente contrastado consiste en perdernos. Contar historias sobre lo desconocido, adentrarnos en la oscuridad elaborando hipótesis inverosímiles para luego relatarlas y difundirlas es un mecanismo que nos ha evitado caer en el salvajismo. En la imaginación, en la hipótesis, en la elucubración, hemos encontrado siempre el norte civilizatorio: que se lo digan a Galileo, o antes a Ptolomeo, o ahora a quienes desarrollan máquinas que apuntan a superarnos sin tener cuerpo ni cerebro, sin existir, sin ser.

Convencido de que a la verdad se llega por la fantasía, me gusta pensar que la necedad, la estupidez o la mezquindad no son anomalías, sino piezas de un engranaje destinado a mantener el mundo en funcionamiento. Un petróleo oscuro que los tiranos aportan al sistema, cumpliendo la misma función que el ácido estomacal: descomponer, disolver, traducir la materia para que pueda ser digerida. No encuentro otra explicación para la rapidez con la que esa bilis se extiende por el mundo, con mayorías que jalean limpiezas étnicas y deportaciones masivas con tal de que el sistema colapse.

Quizá se trate de un nuevo experimento, otro viaje a lo desconocido, como el que emprendió el genovés desde La Rábida hasta el lugar donde mueren las mariposas. Quién sabe si esta vez no nos aguardan ríos caudalosos ni playas blancas, sino un territorio calcinado: una gran fosa de indecencia que ninguna teoría —científica o antropológica— sabrá explicar. Tal vez llegue ese día en que la fantasía no baste para orientarnos; solo entonces sabríamos lo que significa estar realmente perdidos.