Javier Navarro

Javier Navarro E.E.

Opinión

La santidad de los domingos

Sevilla
Publicada

Hay expresiones y frases hechas que repetimos como si fuesen palabras solidificadas en el diccionario. Las pronunciamos de manera automática porque rara vez nos detenemos a pensar en ellas.

Así rellenamos silencios o cumplimos con una convención social, sin reparar en que encierran una potencia simbólica mayor que la función banal que hoy les atribuimos. Palabras que, colocadas en otro contexto o dichas con otro tono, podrían alterar nuestra manera de entender el tiempo, la ciudad o incluso la vida cotidiana.

Basta pensar en la llamada “jornada de reflexión”. Su uso remite a un paréntesis previo a una jornada electoral: un día silencioso por ley en el que uno ordena sus ideas antes de decidir qué papeleta introducir en la urna.

Pero la expresión es mucho más rica que su encaje administrativo: habla de la necesidad —casi subversiva en estos tiempos— de detenerse, de suspender el ruido, de concederse un espacio para pensar sin estímulos constantes, sin urgencias fabricadas, sin la presión permanente de tener que opinar sobre volcanes, pandemias, trenes, borrascas o carteles cofrades.

Intento imaginar qué ocurriría si nos tomáramos en serio esa idea y la sacáramos del calendario electoral. Tal vez esta sería una sociedad mejor —más sosegada, desde luego— si incorporáramos jornadas de reflexión a nuestra semana con la naturalidad con la que aceptamos la santidad de los domingos. No como días improductivos, sino como momentos necesarios para reajustar el rumbo.

Días sin titulares, sin notificaciones, sin la obligación de estar disponibles. Una pausa colectiva que no necesitara justificarse ni provocara remordimientos laborales.

En la misma familia de coletillas está “hacer balance”. Se usa a final de año, en discursos ministeriales, en cierres económicos o en artículos apresurados de diciembre.

Pero hacer balance implica una operación delicada: pesar, comparar, asumir pérdidas y ganancias, reconocer errores, retirar granos de un montón de arena para colocarlos en otro hasta que las dos manos de la diosa Themis queden a la misma altura. No es un trámite: es un ejercicio de honestidad que a veces duele y que, quizá por eso, solemos relegar a fechas que se confunden con la fiesta, a momentos en los que no hay margen para el arrepentimiento.

Apostaría porque los balances fueran más conscientes y constantes; más íntimos y menos ceremoniales: pronunciar la expresión con el convencimiento de que el equilibrio económico es sólo una rama más del reparto de preocupaciones y prioridades de la vida.

También hacer balance de pensamientos y de tiempos —cuánto invertimos en boicotearnos o qué ideas destructivas nos hacen perder el tiempo— debería formar parte de esos ejercicios rutinarios, como cocinar o tender la ropa: restándole horas a la autoexigencia y sumándoselas a la tranquilidad de no pensar en —ni hacer— nada.

La tríada podría completarse con ese tramposo “pasar página”, como si la vida nos permitiera abrir un archivo inmaculado en la pantalla del ordenador. Suena a gesto limpio, decidido, terapéutico, pero toda página pasada deja un rastro: una esquina doblada, una frase subrayada, una mancha de café, un archivo temporal perdido en la ininteligible estructura del PC.

Tal vez habría que reivindicar el derecho a releer, a demorarse en lo incómodo, a no avanzar tan deprisa, a lucir las marcas de las historias pasadas sin avergonzarse de ellas: “yo soy yo y las heridas de mi pasado”, en una versión apócrifa de Ortega y Gasset. Aceptar que no todo cierre es inmediato y que pasar página, en realidad, es sencillamente imposible.

Las frases hechas funcionan así: como pequeñas cápsulas de pensamiento que nos describen como seres sociales y animales complejos. Algunas se han vaciado de contenido; otras esperan ser reactivadas.

Tal vez ahí resida una forma discreta de disidencia: reapropiarnos del lenguaje cotidiano para ensanchar su significado y emprender así un camino terapéutico hacia el equilibrio —ese balance bien entendido—, más barato que cualquier terapia y más fiable que cualquier blíster de benzodiacepinas.

A veces cambiar el paradigma no empieza con grandes discursos, sino mirando de otro modo las palabras que ya usamos; algo parecido a mirarnos al espejo y aprovechar lo que tenemos —estos ojos, estas bolsas, esas canas— en lugar de lamentarnos por las arrugas que el tiempo nos serigrafía en la cara. Y concedernos, así, una verdadera jornada de reflexión. No porque toque, sino porque la necesitamos.