Luis Romero. Sevilla
Ayer entramos por primera vez en ese gran hotel junto al cual habíamos pasado en muchas ocasiones durante el verano. Delante del edificio siempre había lujosos automóviles, muchos empleados de seguridad muy trajeados con pinganillos, música de fondo que parecía provenir de la terraza con piscina y bar restaurante, mujeres jóvenes con trajes elegantes rosas, verdes, naranjas, celestes y andares de modelo, hombres con ropa y complementos de lujo, y, cómo no, muchos curiosos en los alrededores observando ese espectáculo gratuito junto al Casino.
Tras desayunar en la playa, reducida ahora por los temporales, caminamos por el paseo de la zona ganada al mar cruzándonos con pocas personas. Al llegar al final del paseo, nos dirigimos hacia el Café de París pero antes de alcanzar las empinadas escaleras rodeadas de árboles, decidimos visitar el hotel.
Apenas había gente en su explanada y las hojas de las puertas acristaladas se abrieron al detectar nuestra presencia, dando paso a un gran hall en cuyo alejado fondo surgía un resplandor que nos anunciaba la cercanía del mar bajo un cielo azul. El suelo brillaba y los empleados de la entrada parecían no interesarse por nuestra visita de intrusos a ese lugar cosmopolita.
Escaparates de marcas de lujo a izquierda y derecha se exponían a nuestro paso y ante unos grandes ventanales con vistas al mar y un inmenso cielo las ordenadas mesas del restaurante aún no atraían a muchos comensales que eran esperados por dos chicas uniformadas de negro en un atril.
Al pasar esa entrada al comedor me fijé en el animado grupo de amigos sentados alrededor de una mesa rectangular que en ese momento eran servidos por dos camareros que iban descargando sus bandejas repletas de pintas de cerveza recibidas con gran regocijo por unos ingleses de unos cincuenta años que conversaban alegremente.
Vimos que había junto al bar unas mesitas con sillones donde podríamos sentarnos mirando al mar. Al tomar asiento comenté a mi mujer mi impresión sobre el grupo de bebedores de cerveza con mi vaticinio de que iban a comer poco.
Tras cargar nuestros móviles y hacer unas llamadas, subimos los peldaños que nos llevaron hacia una plaza donde nos sentamos viendo pasar a turistas que posaban para tomarse fotos entre ellos mientras unos coches de gran cilindrada hacían rugir sus motores antes de aparcar frente a la fachada del Casino.
Decidimos almorzar con nuestra hija y Alberto en el hotel que habíamos visitado poco antes porque difícilmente encontraríamos un lugar más apacible, tranquilo y con tan buenas vistas. Al llegar allí y ser acompañados por una atenta relaciones públicas hacia nuestra mesa pegada al mirador, me fijé de nuevo en los anglosajones que habían subido el tono de su voz y reían a carcajadas contando historias seguramente inspiradas por la influencia del alcohol que les era servido por solícitos meseros.
De nuevo comenté a Mercedes mi impresión sobre esos señores que bebían pero no comían, siendo ya las dos de la tarde. Pero lo más curioso es que al terminar nosotros de tomar café cuando las luces del atardecer se exponían con su color anaranjado entre nubes y un tono celeste pálido, nos encaminamos hacia la calle y vimos a esos cincuentones con grandes copas de vino rosado y blanco, sus caras coloradas, muy sonrientes y hablando algunos de ellos del Chelsea y el Tottenham.
No sé si fue porque últimamente no tomo alcohol o lo hago en muy contadas y determinadas ocasiones, pero me quedé con esa imagen de nueve hombres tomando cerveza y vino sin cesar durante seis horas asentados en el mismo lugar, pasándolo bien aparentemente.
Pensé en esos otros turistas que vemos acomodados en las mesas con las copas de vino o cerveza, como si no pudiesen disfrutar de esos momentos más que bebiendo. Muchos de ellos son parejas que no hablan, permanecen en silencio mirando a la nada y de vez en cuando toman un sorbo de su copa, la depositan de nuevo en la mesa y siguen contemplativos como si el tiempo no existiese.
No sé por qué, recordé en esos momentos las mesas altas del Salvador repletas de vasos anchos con cerveza fría y mucha espuma que la gente toma animadamente disfrutando del ambiente del centro de la ciudad viendo pasar a los transeúntes bajo el sonido de las campanas de la basílica y unos pájaros que trinan y se posan en los naranjos que se alzan delante del majestuoso templo.