Luis Romero.

Luis Romero. E.E. Sevilla

Opinión

Una noche en Las Teresas

Publicada
Actualizada
El taxi me dejó en la plaza de Santa Cruz y yo comencé a caminar por ese pasaje tan familiar para mí, dejando a mi izquierda la casa palacio donde en su día se encontraba el restaurante “La Albahaca” descrito por Pérez Reverte en uno de los capítulos de “La piel del tambor” y al que fui a cenar con mi novia hace ya muchos años, pero siempre recuerdo aquellas noches cuando paso junto a su imponente fachada adentrándome en el barrio de Santa Cruz.
Seguí por la estrecha calle solitaria a esas horas de la noche de frío invierno absorto en mis pensamientos y recuerdos recientes de mi clase de esa tarde en la facultad de Derecho ante un público cosmopolita; giré a la izquierda y otra vez a la derecha.
Ahí está la iglesia de San José del Carmen con su puerta cerrada mientras yo imagino su interior en un amanecer de primavera en el que decidí entrar y escuchar misa. Ya al fondo, oigo las voces de mi amigo Miguel y su novia y constato que se han acomodado fuera en una de las mesas de madera roja de Las Teresas. Menos mal que había una estufa sujeta a la pared, porque si no no hubiera resistido los siete grados en el exterior ni con el abrigo puesto.
Ellos me ofrecieron sus asientos más cercanos al radiador pero yo les dije que no se preocupasen. Sin embargo, insistieron y yo me senté mirando hacia la iglesia, que era mi vista favorita en la calle Santa Teresa. Ciertamente, no se notaban las bajas temperaturas.
Muy amablemente, dos jóvenes catalanas que estaban sentadas detrás nuestra casi en la esquina, me ofrecieron su estufa móvil de gas al oír mis quejas por el frío. Esto lo decía la chica rubia, de melena corta y voz elegante. En ese momento, se giró sonriendo hacia mi la de la melena negra con su rodilla derecha apoyada en la silla luciendo sus medias oscuras semi transparentes bajo su minifalda gris marengo.
Les dijimos que habían acertado al venir a Las Teresas y que este era nuestro lugar favorito en Sevilla. Al fin descansé y me relajé mirando hacia las fachadas de cal blanca iluminadas por las farolas. Era como si estuviese en mi pueblo, sin ruidos de coches, apenas pasando gente por allí.
La camarera cubana tomó nota de nuestros pedidos y yo disimulé que no probaba bocado desde las once de la mañana. Podría resistir perfectamente mientras preparaban en la cocina el bacalao con tomate y el solomillo en salsa.
Miguel y Gabriela me preguntaban por ese caso que quizás me encargasen en Latinoamérica y por mi próximo viaje a Nueva York y Washington. ¿Me pondrían problemas a mi llegada por mis críticas a ciertas políticas trumpianas?
Se incorporó a la mesa Mercedes y seguimos conversando en la mesita roja con una sensación térmica propia de tiempos primaverales gracias a la calefacción que teníamos tan cerca y que nos confortaba disfrutando del aire libre y un silencio solo interrumpido por el cante, las palmas y las guitarras desafinadas de unos rumberos que a la fuerza exigían unas monedas a los pocos minutos de comenzar.
Se marcharon los flamencos y de nuevo nos quedamos contemplando la noche cercana ya a las diez bajo un cielo oscuro que contrastaba con las paredes blancas y las tejas rojizas de las casas de antiguos portales y rejas sobre sus grandes ventanales. Luis nos saludó y nos felicitó por haber elegido esa mesa. Una noche más en Las Teresas, donde el tiempo se detiene y seguimos siendo nosotros mismos.