javier-navarro
Mi tercera sobrina, Manuela, lleva tres semanas en la Tierra, pero ya sabe a qué ha venido. Veo el mecanismo que le permite seguir creciendo —lengua arriba del paladar hasta vaciarse de aire y alimentarse— como el reflejo perfecto del mundo puesto en hora. Los días recién llegados al calendario se parecen a este regalo en forma de niña porque se encajan milagrosamente sabiendo lo que hacen: desfilan uno detrás de otro, como si el tiempo también tuviera un mecanismo de supervivencia que le permitiese seguir avanzando, expandirse, crecer, nutrirse inexorablemente de segundos, minutos, días enteros, luego estaciones y, finalmente, renovarse justo dentro de un año. Desde el primero de enero hasta hoy, octavo día del almanaque, el tiempo ha pasado dándonos una nueva lección de sabiduría, igual que Manuela y su decidida pasión por alimentarse y hacernos felices.
Cada vez que una familia crece y aparece un nuevo miembro, es inevitable pensar en el mundo que verán esos ojos, en qué le tendrá preparado ese tiempo que avanza impepinable hasta agotar toda luz conocida. Hasta hace poco solía mirar al futuro pensando que las fuerzas del presente se sucederían de forma coherente y predecible: que llegaría la Cuaresma poco después de irse el frío, cuando las resacas gaditanas trajeran de vuelta disfraces y tipos, como la bajamar deja los restos de las profundidades en la orilla; que las fatigas laborales y las sorpresas de primavera volverían como vuelve el reloj todos los días a su punto cero. Estas Navidades, mientras nacía Manuela, leía un ensayo de la escritora y activista Rebecca Solnit en el que explica que todo análisis del pasado demuestra que los sinuosos caminos del cambio son en realidad tan extraños que no pueden imaginarse con antelación. Hasta leer esas páginas confiaba en una mecánica del tiempo repetitiva y exacta, con el respaldo de los ciclos de renovación de las Sevillas que nacen y mueren anualmente, pero los últimos acontecimientos parecen darle la razón a Solnit. Según su teoría, ninguna lógica ni predicción podría haber adelantado en su día, cuando el mundo apenas había echado a andar, la evolución biológica de la ballena, que empezó siendo una criatura acuática prehistórica y, tras pasar muchos miles de años en tierra, volvió al mar y se convirtió en un animal totalmente distinto de cualquier ser capaz de sobrevivir en la superficie terrestre; del mismo modo, viendo las noticias de estas semanas podría decirse que ningún chamán, adivinador, ni profecía bíblica, ni siquiera el oráculo de Delfos, hubiera sido capaz de anunciarnos que los sátrapas volverían, impunes y crecidos, a dominar el mundo. Abriendo el arco del tiempo, creo que ningún demiurgo hubiera sido tampoco capaz de predecir que todas nuestras necesidades estarían cubiertas por un aparato que nos cabe en una mano, ni que nuestra vida dependería de rellenar con una cadencia irrenunciable una batería de litio, ni que el enfrentamiento entre hermanos —uno que muere y otro que bosteza— volvería a darle la razón al poeta muchas lecciones de historia después.
Con estas cartas sobre la mesa sería fácil dejarse arrastrar por el desánimo: tras una generación que creyó en el futuro como si se tratase de una religión, la que hoy amenaza con ostentar el orden mundial tiene en el pasado su dogma de fe. Pero basta con rebobinar la cinta unas pocas décadas para darse cuenta de que la nostalgia nunca fue buena compañera. Por eso, aunque los caminos del futuro sean inescrutables, confío más en el futuro que en el pasado, convencido de que el mundo que verán y vivirán los que han nacido en la distancia que separa la última columna del año y esta que ahora se escribe será mejor. Confío —creo— en que el equilibrio de los cuerpos suspendidos en el espacio confirma la hipótesis de Solnit y nos da esperanzas: igual que la fuerza centrípeta contrarresta a la centrífuga en tasas proporcionales, de la misma forma en que los días de levante acaban extinguiéndose para dar paso al poniente, los acontecimientos pueden virar en sentido contrario en cualquier momento, tal vez en el más inesperado. Confío —creo— en que el milagro de que Manuela tenga claro cómo estirarse para descubrir los límites de su menudo cuerpo y flexionar la lengua para alimentarse sólo puede significar que la mejor de las Cuaresmas llegará, como lo harán sus primeros desengaños, granos de esa fuerza centrípeta que sigue moviendo el mundo, empujando los minutos y los segundos que nos acompañan, entre curvas y amor de familia, por un futuro de ballenas y vientos marinos.