Álvaro Ramos.

Álvaro Ramos. Sevilla

Opinión ANDAR Y CONTAR

Ya vienen los Reyes Magos

Sevilla
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Si algo me ha llamado la atención de Sevilla en estas fechas es cómo se vive la llegada de los Reyes Magos, como si la ciudad se fuera preparando poco a poco para ese ansiado momento. Una forma de sentir esa particular magia que he aprendido gracias a la mirada de una buena amiga sevillana. Es algo que se presiente antes del propio día 5 de enero. Se cuelan en la vida de la ciudad mucho antes de que las carrozas asomen por el Rectorado de la Universidad. Está ya en el aire de los últimos compases de diciembre y, sobre todo, en los primeros días de enero.


Durante esas jornadas, Sevilla parece vivir en un tiempo propio, impregnado de una ilusión infantil que atraviesa a todas las generaciones. Como preámbulo a Sus Majestades, aparece el Heraldo Real que, recorriendo las calles de la ciudad, va recogiendo las cartas de los niños y recibe las llaves de Sevilla y la venia del alcalde para que los Reyes de Oriente puedan cumplir su misión de dejar los tan ansiados regalos en las casas de todos los sevillanos. Pero junto a ese rito mayor están los otros, los más cercanos. Los heraldos de barrio, el de la Macarena, Nervión, Triana, El Porvenir o Sevilla Este, que han aparecido en los últimos años y que, de una manera más próxima, recogen las últimas cartas de los más rezagados.


Son días que se viven en familia y que, tras depositar la misiva real, se aprovechan para pasear por la ciudad, para ver las luces una vez más, para comer churros con chocolate o para entrar a ver los belenes, sabiendo que pronto empezarán a desmontarse, como si el tiempo tuviera prisa por pasar la página festiva. Momentos para apurar el ambiente navideño antes de que se apague, porque todo forma parte de una cuenta atrás que no se mide en horas, sino en sensaciones.


Y después de todo ello llega la tan ansiada tarde del 5 de enero. Sevilla entera se echa a la calle para ver pasar a los Reyes Magos, este año encarnados por Iván Bohórquez, Juan Ignacio Zafra y Juanma Moreno, convertidos por unas horas en Melchor, Gaspar y Baltasar, respectivamente. Más de una treintena de carrozas, cientos de personas, miles de caramelos volando por el aire mientras las calles se llenan de música, de sonrisas y de miradas de ilusión.


Hay algo profundamente emocionante en ver al público que se congrega. Niños subidos a hombros, padres atentos para recoger caramelos y abuelos con la bolsa preparada. Durante unas horas, todos se dejan invadir por la misma emoción, porque la ilusión no distingue edades. La tarde convierte a la ciudad en un gran sentimiento infantil compartido. Los caramelos se recogen como trofeos y muchos acabarán guardados en casa durante meses, recordando que esa tarde ocurrió algo especial. Luego, las calles quedan pegajosas durante días, como una prueba física de que la magia pasó por allí.


Da igual el tiempo que haga. Aquí la cabalgata sale siempre. Porque es una tarde festiva en el sentido más hondo de la palabra. Una tarde en la que cada cual, en silencio, pide algo. Los pequeños pedirán juguetes. Los mayores, casi sin darse cuenta, pedirán salud, trabajo, amor o simplemente que las cosas no vayan a peor. A pesar de todo, esa tarde-noche previa a los Reyes siempre deja un hueco a la esperanza.


Y también es un día para acordarse de quienes no pueden estar en la calle. De los mayores en residencias y de los niños que pasan la noche de Reyes en un hospital. Por eso, cuando acaba la cabalgata oficial y la ciudad empieza a recogerse, los Reyes realizan otro recorrido más íntimo, una segunda cabalgata para visitar hospitales y entrar en aquellas habitaciones donde la ilusión resulta aún más importante y más necesaria.


Es cierto que, con los años, la mirada cambia. Y las cosas, a veces, no se viven de la misma forma, pero la Cabalgata sigue teniendo sentido porque nos recuerda, aunque sea por unas horas, que Sevilla también sabe mirar con ojos de niño y creer en la magia de los Reyes Magos un año más.