Álvaro Ramos. Sevilla
He esperado unos días a que bajara el ruido para escribir esta columna, porque creo que hay asuntos que es mejor abordar desde la mesura y no desde la celeridad de la actualidad. Hoy vengo a meditar sobre lo ocurrido hace unos días en relación con el ciclo «Letras de Sevilla», organizado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, con el apoyo de la Fundación Cajasol.
Un evento que celebraba este año su undécima edición y que representa un foro de debate plural sobre diferentes temas. En esta ocasión, sobre la Guerra Civil.
Pero el objeto de mi columna se centra en la inesperada decisión del escritor David Uclés y del coordinador federal de Izquierda Unida, Antonio Maíllo, quienes, argumentando razones ideológicas, han decidido renunciar a su participación por considerar inapropiada la presencia del expresidente José María Aznar y también del exdiputado de Vox Espinosa de los Monteros.
Sinceramente, no voy a entrar en el contenido de las jornadas ni en las razones personales de quienes decidieron no acudir. Cada cual es dueño de sus decisiones. Pero sí me gustaría poner el foco en lo que representa ese gesto de renuncia, que no es nada más y nada menos que un vivo reflejo de la sociedad actual en la que vivimos.
La prueba más palpable de la facilidad con la que hoy renunciamos al espacio compartido cuando intuimos que allí no todos piensan como nosotros. La comodidad de retirarse antes que exponerse a escuchar, como si eso nos reafirmara aún más en nuestras ideas.
Es indudable que vivimos tiempos de posiciones rígidas. De ideas que se defienden a gritos y de oídos cada vez más cerrados ante la opinión diferente. Nos hemos acostumbrado a confundir diálogo con concesión y presencia con complicidad hacia el otro.
Es decir, como si sentarse en una mesa supusiera automáticamente aceptar lo que el otro dice y como si escuchar fuera una forma de renunciar a nuestros principios y claudicar ante los opuestos.
Esto no ocurre solo en la política, aunque ahí es donde se percibe con más crudeza. Sucede también en otros ámbitos de la sociedad. En cuanto aparece una opinión incómoda, la reacción inmediata es el rechazo. Y, en los casos más extremos, la cancelación. Evitamos la confrontación para imponer nuestra forma de pensar.
Pero seamos sensatos, la vida no es siempre como nosotros queremos. A diario nos enfrentamos a ideas o decisiones que no nos gustan. Nunca ha habido una unanimidad total. Nunca ha existido un mundo hecho a la medida exacta de nuestras convicciones.
En mis clases de Retórica suelo insistir mucho en esto a mis estudiantes. No los preparo para vivir en burbujas cómodas, sino para moverse en escenarios complejos que impliquen, en ocasiones, cuestionarse incluso sus ideas más firmes.
Les digo que van a encontrarse con decisiones injustas, opiniones contrarias y discursos que les incomoden a lo largo de su carrera. Y que aprender a gestionarlo forma parte del oficio y de la vida.
La universidad está concebida para hacer pensar a los estudiantes, y eso implica hacerse preguntas complejas y confrontar ideas opuestas.
Cuando renunciamos al debate y aspiramos a un discurso único, nos adentramos en un terreno tremendamente peligroso. No solo empobrecemos el debate público, también anulamos la posibilidad de pensar en común.
La historia está llena de ejemplos de sistemas que, desde distintas ideologías, han impuesto una sola verdad y han acabado asfixiando la libertad.
Como periodista sigo creyendo que la libertad de expresión no es negociable, pero esa libertad de opinión tiene que ir asociada, inevitablemente, al respeto. Basta con mirar al Parlamento para entender cómo hemos llegado hasta aquí. Descalificaciones cada vez más agresivas, aplausos, abucheos, gestos obscenos.
El máximo espacio de debate nacional se ha convertido en un vodevil soez que, en vez de servir de ejemplo, parece transmitir que la confrontación es la forma correcta de hacer las cosas.
Por eso reivindico la necesidad de debatir desde el respeto. Escuchar sirve para afinar ideas, para fortalecer argumentos y para recordar que la democracia no se sostiene sin diálogo. Quizá convendría recordarlo más a menudo. Sentarse, escuchar y pensar. Parece poco, pero, en realidad, es la base de toda sociedad.