Luis Romero.
En vez de seguir adelante, giré a la izquierda para tomar la dirección que me llevaría a mi instituto. Ese camino lo recorría a diario en el autobús que nos trasladaba a los estudiantes de bachiller de mi pueblo y otros que nos cogían de camino.
Aunque la entrada al pueblo ha cambiado mucho desde entonces, se puede distinguir la venta del cruce donde íbamos a comer casi todos los días.
Y cuando pasé junto a la que sigue siendo una galería comercial con soportales recordé aquellos días en los que desayunábamos escuchando a Bob Dylan cantando "Cambio de guardia".
Después me fui acercando al edificio del instituto poco a poco hasta que tuvimos a nuestra izquierda el patio en el que hacíamos las carreras con el profesor de educación física.
Avanzamos un poco hasta pasar delante de una pequeña cancela por la que entrábamos en esas mañanas minutos antes de las nueve en nuestra adolescencia cargada de energía hablando con los amigos de las niñas que nos gustaban y de sus vaqueros ajustados.
Al acercarme a la entrada principal de Miguel de Mañara siempre me viene a la memoria aquella mañana en la que mi padre me dejó temprano con su Seat 132 y yo esperaba sentado en las escaleras leyendo la revista Vibraciones con las últimas novedades de Supertramp, Dire Straits y Santana, fijándome en las guitarras eléctricas que tanto significaban para mi.
Entonces llegó Inma y cruzamos unas palabras sobre los trámites para renovar la matrícula para segundo de BUP. Ella se fijó en la portada de la revista y me dijo que también la recibía como suscriptora y charlamos sobre “Do it again” de Steely Dan y la película “FM”, como buenos melómanos.
Meses después, en un descanso entre clase y clase ella me recordó aquella mañana en la que nos conocimos y al acercarse a mi le llamó la atención mi polo a rayas y mi peinado con fijador. Ella fue una de mis mejores amigas. Son momentos que nunca se olvidan aunque hayan pasado ya tantos años.
Al igual que esas clases de literatura con Manuel Zurita ordenándonos leer poesías de Bécquer y Espronceda en nuestro libro de Anaya sobre una mesa de color verde claro situada junto a unos de los grandes ventanales que daban al patio grande y por los que se filtraba la luz de la primavera. Esos versos que nos hacían soñar con el amor y la felicidad, estimulados por los rizos rubios de la joven que se sentaba delante junto a Rosa, una de las niñas que me gustaban más y que se hacía de rogar.
Cuando volvíamos al pueblo el viernes a mediodía en el autobús charlando con los amigos y fumando un Fortuna apoyando la rodilla en nuestro asiento pensando ya en la noche entrando en la discoteca La Cabaña que visitaríamos después de tomarnos unas tapas en el bar de los billares.
En la pista bailaríamos acercándonos a esos grupos de amigas a las que después invitaríamos a bailar lento cuando las luces bajaban de intensidad y “If you leave me now” de Chicago nos envolvía mientras nuestras manos entrelazaban sus cinturas.
"Si me dejas ahora, no seré capaz de sobrevivir.
Me encadenaste a tu falda y enseñaste a mi alma a
depender de ti.
Ataste mi piel a tu piel y tu boca a mi boca…"
El fin de semana comenzaba y nuestro único problema era trazar el plan para el sábado y el domingo. No importaba a qué hora regresáramos a casa subiendo la cuesta arriba divisando la torre de la iglesia ante un cielo oscuro estrellado y el canto relajante de los grillos.
Y abría sigilosamente la puerta para no despertar a mis padres a esas horas por el riesgo de ser interrogado sobre ese trasnochar en el que lejos de tener sueño quería aprovechar la noche leyendo a Julio Verne en el sillón de la biblioteca mientras tomaba un emparedado con un zumo muy frío de melocotón soñando con los mares en los que se reflejaba la luna oyendo el crujir de la embarcación que magistralmente describía el escritor francés.
Esa lectura era interrumpida alguna vez cuando el perfume de Carmen me perturbaba como si estuviera ella a mi lado