Ángel Ruiz, apodado Angelito, jamás le ha hecho honor a su sobrenombre. "Es más malo que la hiel", repiten varios conocidos. Los quebraderos de cabeza a su familia comenzaron desde la niñez. Era un chico introvertido, huidizo y poco sociable que apenas tenía amigos.

Cuando creció y se convirtió en un adolescente imberbe comenzó a pegarles palizas a su madre y a su padre, guardia civil. Les lanzaba muebles, les metía los dedos en los ojos, les arrancaba mechones de pelo…

Ya de adulto, Angelito incrementó su violencia. En agosto de 2011, con 46 años, atropelló y mató a una anciana de 85 con la que había tenido una simple discusión por una linde de terrenos.

Dos años más tarde, a principios de 2013, quiso deshacerse de otra persona: pagó 5.000 euros a un sicario amigo suyo, le prometió 5.000 más y le encargó que matase a su tío de Bilbao para cobrar una herencia.

Pero el asesino a sueldo, de origen búlgaro, no hizo aquel trabajo. Le engañó y se gastó el dinero en un BMW. Ángel juró venganza: lo mató, hizo desaparecer el cadáver y calcinó su coche. Pese a que no confesó el crimen, contó a la Guardia Civil que ayudaría a encontrar el cuerpo de su víctima. Sin embargo, después reculó y dijo que no colaboraría. Hasta la fecha sigue sin encontrarse al muerto.

Ángel Ruiz acompañado de varios agentes policiales durante los registros de la semana pasada. Cedida: Valdivielso (Diario de Burgos)

Pero el foco de la sospecha se volvió a posar sobre él la semana pasada. La Policía Nacional lo sacó de la cárcel en la que cumple pena por la muerte de la anciana atropellada para que estuviese presente durante los registros de varias de sus propiedades en La Parte de Bureba, una pedanía de Oña (Burgos) en la que vivió durante años. Los investigadores piensan que es el autor del asesinato, en 2004, de un matrimonio y del menor de sus dos hijos en una vivienda de la capital burgalesa.

Aquel fue un crimen que conmocionó a España y que, más de una década después, sigue sin resolverse. El homicida, todavía sin rostro ni nombre, le asestó 50 cuchilladas al padre de familia, Salvador, que era alcalde pedáneo de La Parte. Angelito le odiaba. A la madre le asestaron 17 puñaladas. Al niño, de 12 años, 32.

Si finalmente resulta ser Angelito la persona que segó la vida de los Barrio Dos Ramos, se habría cerrado uno de los episodios más oscuros de la crónica negra reciente y estaríamos ante uno de los mayores asesinos en serie del siglo XXI en España. Sólo le superarían el celador de Olot (11 muertos a su espalda) y el asesino de la baraja (seis).

13 años después de aquel triple homicidio, EL ESPAÑOL viaja hasta tierras castellanoleonesas para contar la vida de un hombre cuyos psiquiatras describieron como alguien de mente oscura, calculador y solitario.

EL HIJO QUE SOBREVIVIÓ RESIDE EN EL PUEBLO

La Parte de Bureba es una pedanía burgalesa de 90 habitantes. La pequeña localidad dependiente de la vecina Oña está dividida por la carretera Nacional 232, que separa el pueblo en dos mitades.

Muchas de sus casas aún conservan las robustas piedras sobre las que un día se levantaron. El entorno está envuelto en interminables extensiones agrícolas. Este miércoles pasado costaba encontrar vecinos con los que hablar. La mayoría son ancianos y apenas salen de sus casas.

Uno de ellos, un jubilado nacido en La Parte pero que hizo vida en Bilbao, dice cuando se le pregunta por Angelito: “Uf, más valía llevarse bien con ese. Cualquier mal gesto era excusa para encararse contigo. Justo ahí –señala al otro lado de la carretera, a una casa de dos plantas- vive el único chico que dejó vivo en 2004. Es el mayor del matrimonio asesinado en Burgos”. Pero ¿se tendrá que demostrar que fue también él quien mató a esa familia, no?, le pregunto. “Chico, a mí no me cabe dudas. Anda, acércate a la casa a ver si el chaval quiere hablar contigo”.

De izquierda a derecha, Julia, su hijo Rodrigo (el único que sobrevivió), Álvaro y el padre de los chavales, Salvador.

Ese chico al que se refiere el hombre es Rodrigo Barrio Dos Ramos. Se trata del hijo mayor del matrimonio asesinado en su casa de la capital burgalesa junto al menor de sus dos hijos. Cuando abre la puerta de su casa, Rodrigo es un joven de 27 años, alto y fuerte que rehúsa hablar con EL ESPAÑOL. Da un portazo como respuesta cuando le digo que soy periodista y que me gustaría tener un encuentro con él.

Rodrigo, que ahora trabaja con su tío unas tierras heredadas, se salvó aquel día porque estudiaba en un internado y no dormía en casa junto a sus padres y su hermano pequeño. Fue el 7 de junio de 2004.

De noche, alguien se presentó en el 5ºA del número 14 de la calle Jesús María Ordoño de Burgos y mató a Salvador (53), a su mujer, Julia (47), y al hijo menor de ambos, Álvaro (12). Cuando la Policía Nacional llegó al lugar, se encontró una carnicería. Les sorprendió que la cerradura de la puerta no estuviera forzada.

Pocos días después, los investigadores detuvieron a Rodrigo. Pensaron que el mayor de los dos hijos de Salvador y Julia había usado sus propias llaves para entrar en la casa y asesinar a los tres miembros de su familia. Pero a las 72 horas se le dejó en libertad. La Fiscalía de Menores criticó aquella decisión de los policías.

Hoy, 13 años después de aquello, Rodrigo vive en la pedanía en la que nació el principal sospechoso de matar a sus seres más queridos. El chico está afiliado a la Asociación de Jóvenes Agricultores (ASAJA). Conduce un Opel Insignia, con el que de vez en cuando va a Santiago de Compostela, donde tiene una casa que era de su madre. A quienes no visita son sus tías maternas, que viven en la provincia de Ourense. Ellas siguen creyendo que es un asesino.

Rodrigo, el único miembro de la familia que sobrevivió, en una imagen de archivo.

INSULTOS EL DÍA DEL ENTIERRO DE SALVADOR

Después del triple crimen de Burgos, y sin ningún sospechoso sólido para la Policía Nacional tras descartar a Rodrigo, la familia de Salvador lo enterró en el diminuto cementerio de La Parte de Bureba. Unas horas antes, Angelito Ruiz, con el que Salvador había tenido problemas como alcalde por unas lindes, pintó en las paredes del camposanto los insultos “cerdo” y “cabrón hijo de puta”.

Luego, durante el sepelio, se paseó con un tractor por los campos cercanos apretando a fondo el acelerador para hacer ruido con el motor. Aquello hizo saltar las alarmas de los investigadores. La Policía interrogó a Ángel, quien reconoció que odiaba al fallecido. Pero dijo no saber nada del asesinato de él, de su esposa y su hijo pequeño.

Entrada lateral al pequeño cementerio de La Puerta de Bureba (Burgos), donde está enterrado Salvador Barrio. A.L.

ROSALÍA, SU PRIMERA VÍCTIMA PROBADA

Ese odio que Angelito le tenía a Salvador era similar al que le tenía a la primera de sus víctimas –al menos, probada-. Se llamaba Rosalía Martínez. Tenía 85 años y una salud de hierro. Ambos eran vecinos en La Parte de Bureba. Las casas de ambos estaban a 50 metros de distancia.

El 19 de julio de 2009, según consta en el sumario al que ha tenido acceso este periódico, Alfredo, el hijo de Rosalía, le reprochó a Angelito que hubiera accedido con su tractor a unos campos en los que cultivaba girasol.

Alfredo le gritó a Ángel: “Vete por el camino, que me estás destrozando la cosecha”. Luego, Alfredo se quejó a la madre de Angelito. Le dijo que su hijo era un irrespetuoso.

Cuando Angelito volvió a su casa, su madre le dijo que Alfredo había estado allí quejándose de su actitud. De inmediato, Ángel fue a la casa de Alfredo, donde se encontró a su madre, Rosalía. Allí, le espetó: “Yo no tengo nada que perder, pero vosotros sí”. Aquella amenaza no iba a quedar en palabras vacías.

En 2011, Ángel Ruiz robó un coche en Burgos. Pese a que no tenía carnet, sabía conducir porque le había enseñado su padre. Trasladó el vehículo, un Peugeot 205, hasta el granero de unos vecinos que apenas ponían pie en el pueblo. Lo tenía todo pensado: un mes más tarde, una noche arrancó el coche, aceleró por la carretera que lleva al cementerio y se llevó por delante a Rosalía, que cada día solía salir a pasear por los alrededores de La Parte de Bureba.

Nadie vio huir a Angelito. Tampoco volver a meter el Peugeot 205 en el granero de su vecino. Sin embargo, un año después el dueño de aquel local se presentó en su casa y vio que había un coche que no era de su propiedad. Denunció. Gracias a ello, los investigadores pudieron probar que Ángel Ruiz había atropellado intencionadamente a Rosalía. En febrero de 2014, un juez le condenó a 18 años de prisión por el asesinato de la anciana.

Tras esa puerta escondió Ángel Ruiz el Peugeot 205 con el que atropelló mortalmente a una anciana de 85 años. A.L.

MIENTRAS LE INVESTIGABAN ENCARGÓ MATAR A SU TÍO

Mientras la Guardia Civil investigaba la muerte de Rosalía, Angelito urdió otro plan. Quería heredar el dinero de un tío suyo que vivía en Bilbao. Para ello, como sabía que le seguían el rastro, le pidió a un amigo suyo que se encargara. Le dio 5.000 euros y le prometió otros 5.000 una vez acabado el trabajo. “Tiene mucho dinero en una caja fuerte. Como no tiene familia, yo lo heredaré”. Le dijo que era “sencillo”: “entrar, matar y salir. He pensado yo en hacerlo, pero estoy muy vigilado. No puedo”.

Pero el sicario, llamado Shibil, de 24 años y afincado en Briviescas, un pueblo vecino, no mató al tío de Ángel Ruiz. Con el dinero que ya había obtenido se marchó a su país, Bulgaria, y se compró un BMW. Luego volvió por carretera a España, donde quería revender el vehículo por mucho más de lo que él había pagado.

Shibil desapareció el 17 de febrero de 2013. Su novia, que había estado con él a primera hora del día, denunció que por la tarde ya no supo más de su pareja y que su teléfono no daba señal. Siete días después, dos cazadores encontraron el BMW escondido y calcinado cerca de Burgos. La Guardia Civil volvió a señalar a Angelito, que durante esos días se había escondido, temeroso de que los amigos búlgaros de Shibil fueran a por él.

Los guardias civiles volvieron a detenerle. Durante el interrogatorio, sin asumir la autoría de la muerte del sicario, Ángel dijo: “Os puedo llevar donde está el cuerpo [es decir, daba a entender que estaba muerto]”. Tras escuchar aquellas palabras, los uniformados se montaron en un coche junto a Ángel. De repente, durante el camino cambió de idea y se negó a colaborar. Desde entonces, hace ya cuatro años, Shibil sigue desaparecido y no se han encontrado pruebas para imputar su asesinato a Angelito.

EN LA CÁRCEL DE BURGOS: ¿UN ASESINO EN SERIE?

El martes y el miércoles de la semana pasada la Policía Nacional sacó de su celda de la cárcel de Burgos a Ángel Ruiz. Allí cumple la condena de 18 años que le impusieron por matar a la anciana Rosalía con aquel coche robado. Los agentes lo trasladaron hasta La Parte de Bureba y a Briviescas, donde tiene propiedades. En su presencia, los policías registraron la casa de sus padres –sólo sigue viva su madre, que pasa largas temporadas con otra hija-, un garaje y una cabaña de maderas.

La Policía Nacional también registró esta especie de cabaña de madera. A.L.

Angelito se dejó ver a rostro descubierto, aunque en un principio, cuando bajó del furgón policial se tapó la cara con varias revistas. Ahora se ha vuelto un hombre canoso que lleva el pelo largo recogido en una coletilla. Sigue siendo delgado y corpulento. Vestía un pantalón vaquero y un polo color mostaza. Sigue sin afeitarse ese bigotillo que se dejó de joven.

Se desconoce si durante los registros hallaron algo de valor para la instrucción del caso, que ya se reabrió en 2014 para cerrarse un año después -el juez obligó de nuevo a su reapertura el año pasado tras recibir un minucioso informe policial-. Los investigadores buscaban el DNI de Julia, el cual no encontraron en su casa cuando en 2004 apareció muerta junto a su esposo, Salvador, y el hijo menor de ambos.

También trataron de encontrar las llaves de aquella casa en el que se produjo el triple crimen. Las buscaban porque hace un par de años, durante otro registro, supieron que Angelito tenía una llave que ponía ‘Ayuntamiento’. Era la que abría el despacho de Salvador en la Alcaldía de Bureba. Todo indica que, antes de morir asesinados, Ángel Ruiz se la robó.

Los investigadores piensan que Angelito la usó para entrar en el despacho del patriarca de la familia asesinada, cogerle su llavero personal y, o bien hacerle una copia, o bien usarlo directamente para entrar en la casa de los Barrio Dos Ramos aquella noche trágica del 7 de junio de 2014. Esto aún deberá probarse.

Como deberá probarse también si existe o no una relación entre las zapatillas Dunlop que se le encontraron hace unos años a Ángel Ruiz en su casa de La Parte y aquella pisada de suelda hallada sobre un charco de sangre en el escenario del crimen y que, casualmente, pertenecía a un calzado de la misma marca (aunque era un número distinto al del sospechoso). Un guardia civil retirado que conoce bien el caso dice a EL ESPAÑOL. “Esta vez parece que sí, que se va a pillar al asesino de aquella familia”.

ESPAÑA, PAÍS DE ASESINOS

Pero sólo el tiempo y las pruebas dirán si Ángel Ruiz es culpable. De ser Angelito el hombre que mató a Salvador, Julia y Álvaro, este burgalés se convertirá en el último asesino en serie español del siglo XXI. Habría matado a cuatro personas, encargado el asesinato de una quinta y sería el autor de la desaparición de una sexta.

A Angelito le precedieron otros, alguno incluso más sanguinario que él. En 2010, Joan Vilas, conocido como el celador de Olot, confesó haber matado a 11 ancianos de la residencia en la que trabajaba. Durante el verano de 2003, Encarnación Jiménez desvalijó a 20 ancianas y acabó con la vida de dos en Madrid. En 2013, a Juan Carlos Aguilar, el falso monje shaolín que vivía en Bilbao, se le descubrió que había matado a dos mujeres.

España, aunque no lo parezca, es un país de asesinos en serie. Angelito, el hijo del guardia civil al que su padre nunca pudo contener, habría escrito la enésima hoja de un libro sangriento que parece no tener fin. 

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