"Necesito volver a verte. Estoy desesperado. No puedo seguir huyendo y estar separado de mi hija. Esto no es vida. A veces pienso que es mejor que me peguen un tiro y acabar de una vez por todas".

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El recuerdo de las palabras que me dijo por teléfono hace unas semanas me viene a la mente mientras el compañero fotógrafo y yo viajamos en coche hasta Benamahoma (Cádiz), en plena sierra de Grazalema, para vernos con Antonio Manuel Sánchez.

Aquella noche en la que le escuché al otro lado del teléfono después de pasar meses sin saber de él, el último bandolero andaluz, el hombre que se ha fugado dos veces de la cárcel y se ha lanzado al monte como los antiguos prófugos, había bajado de la montaña gaditana en la que se esconde hasta la casa en la que se crió. 

Me llamó desde allí, una vivienda baja con patio trasero donde conviven su madre, su novia y su hija, a la que puso Libertad. “Quiero pedir un indulto”, me dijo en aquella llamada. “Estoy dispuesto a colaborar con la Justicia”.

Este pasado miércoles un equipo de EL ESPAÑOL viajó hasta la sierra de Cádiz para narrar la historia de un hombre que recuerda a personajes de antaño, de siglos pasados. Antonio, al que conozco desde 2015 –nunca ha accedido a verse con otro periodista-, sobrevive en el monte con machete al cinto y un perro de presa como fiel lugarteniente. Siempre intentando que la Guardia Civil no le vuelva a poner la mano encima.

A sus 46 años, Antonio Manuel come lo que caza. Duerme entre riscos, haga un calor insufrible o el frío hiele sus huesos. Sólo alguna que otra noche, como una sombra sibilina que se escurre entre la maleza, desciende de la montaña, cruza el río que da al patio trasero del hogar en el que creció y pasa unas horas con Libertad. La niña, de cinco años, va en silla de ruedas porque sufre de espina bífidainsuficiencia renal e hidrocefalia. “Ella es lo que me mantiene aquí”, dice su padre. “Si no, ya me habría quitado de en medio”.

UN APRETÓN DE MANOS Y UN DESEO

Tras llegar a Benamahoma y aparcar el coche, ascendemos por la ladera de una montaña escarpada. Nos vemos con él en el punto exacto que nos ha indicado días atrás. Se trata de una vereda paralela al río Majaceite. Cuando llega, acompañado de su inseparable pitbull Titán, Antonio Manuel nos estrecha la mano y no tarda ni dos segundos en lanzar su deseo. “Quillo, sólo quiero vivir en paz. Ya he purgado lo suficiente tras unos barrotes”.

El último bandolero que queda en España tiene el rostro demacrado. Se le marcan los pómulos, la frente. Tiene el pelo mucho más largo que cuando lo conocí, cuando él mismo se había rapado la cabeza con el filo de una navaja.

Lleva barba de una semana, mide 1,86 metros y ronda los 90 kilos. Viste camiseta negra, un pantalón vaquero varias tallas grande y un chaquetón de cacería. En el cinturón lleva un machete hecho a mano cuyo acero él mismo ha afilado entre las rocas. Lo usa para clavarlo en el cuello de los jabalíes cuando Titán los tiene medio muertos.

Pese al evidente deterioro de Antonio Manuel, su mirada es la misma que conocí en enero de 2015. Es imposible olvidarla: sus ojos se clavan en ti con una fuerza arrolladora. Por aquellas fechas este bandolero se había fugado por segunda vez. Llevaba prófugo de la Justicia desde septiembre de 2013, cuando decidió largarse del centro evangelista de Carmona (Sevilla) en el que cumplía un tercer grado. Aún le restaban por cumplir 20 meses de una condena de cinco años que le impusieron por un robo en Oviedo en 2002.

Aprovechando un día de visitas de familiares al centro, Antonio se marchó y recorrió a pie los 120 kilómetros que le separaban de su añorada montaña. Me dijo que fue el mismo diablo quien le ordenó fugarse. Tardó tres días en llegar. Por el camino bebió agua de un riachuelo que estaba contaminado por una vaca muerta. Casi le cuesta la vida. Perdió 30 kilos que nunca más ha vuelto a recuperar. Desde entonces vive en este monte que nos rodea ahora.

Desde los 19 hasta los 33 años, Antonio Manuel estuvo preso en distintas cárceles del país. Ahora vive en la sierra gaditana. Fernando Ruso

La vida aquí es insufrible. No sé cómo aguanto. Duermo de día y camino de noche hasta 20 y 30 kilómetros para que nadie me vea.

- ¿Qué comes, cómo te alimentas?- pregunto.

- Cazo jabalíes, venaos, conejos… La carne que me sobra se la doy al perro o la guardo con sal en un hoyo fresco durante uno o dos días. Luego, se pudre y no se puede comer.

- ¿Echas de menos a tu hija?

- Mucho. No sé ni lo que es darle un paseo por la calle empujando su sillita de ruedas. Sé que no he sido un santo, pero lo único que he hecho es robar. Por eso he pasado media vida en la cárcel. Otros, por mucho más, salen de rositas.

COMO ‘EL TEMPRANILLO’ O ‘PASOS LARGOS’

La primera vez que Antonio Manuel se echó al monte fue a principios de 2006. Por ese tiempo ya había pasado entre rejas 14 años. Instalado junto a su madre en la casa de Benamahoma que heredaron de la abuela muerta, Antonio recibió la notificación de un juez para que volviera a prisión. La razón: un robo con fuerza cometido en 2002 en un supermercado de Oviedo. Con el dinero que se llevó se costeó los picos que calmaron su mono durante un permiso de fin de semana.

Pero tras recibir aquella misiva, Antoñito, como así le llamaba su adorada yaya Ana, decidió lanzarse a la montaña que tan bien conocía por su abuelo, cazador furtivo. Así se convirtió en el forajido que aún hoy es y en cuyo historial no existen delitos de sangre. Emuló a José María Hinojosa El Tempranillo o Juan José Mingolla Pasos Largos, nombres míticos del bandolerismo de la sierra andaluza.

Este bandolero padece brotes de esquizofrenia y sufre meningitis. Pasa sus días en la montaña tratando de no ser visto por la Guardia Civil. Fernando Ruso

Hasta 2011, instalado en la sierra, asilvestrado y trabuco en mano, asaltó a senderistas, atemorizó a cazadores y a guardas de cortijos, encañonó a una pareja de guardias civiles, le acusaron de dar un palo a punta de escopeta en la gasolinera de un pueblo cercano –él siempre desmiente esto- y se alimentó de animales salvajes. Antes de volver a ser detenido, pensó que jamás pisaría otra prisión, que ya había purgado lo suficiente entre rejas desde los 19 años que entró en Puerto I (Cádiz) hasta los 33, cuando salió de la penitenciaría asturiana.

Pero le apresaron en la primavera de 2011. Llevaba un lustro fugado. Sólo pudieron detenerle desplegando a 70 guardias civiles, perros rastreadores y un helicóptero. Lo encerraron, comenzó a cumplir condena, mejoró su conducta, lo trasladaron a ese centro de Carmona y… de nuevo se escapó.

Hasta hoy, cuando lleva huido tres años y ocho meses. Ya no se droga, ya no va armado, ya no se mete con nadie. Ahora, dice, cree en Dios. Y tiene un abogado que le defiende. José Manuel Priego Fernández, del bufete gaditano Ortiz Abogados.

- Ya no voy a volver a la cárcel. Si vienen a por mí les obligaré a que me peguen un tiro y me maten. Lo que ellos no saben es que verdaderamente seré feliz el día que me maten, porque lo único que he hecho en esta vida es sufrir. 

UNA HORA CON LIBERTAD

Una semana antes de encontrarme con Antonio Manuel llamé por teléfono a su pareja, Samanta, que tiene 20 años. Le pedí que el día que me viera con el bandolero se marchasen de la casa ella y la madre del prófugo. “Te llamaré cuando lleguemos con él para que os vayáis. Que sólo se quede la niña. Nosotros bajaremos de la montaña y él podrá pasar un rato con ella”.

El día que nos citamos con él en la montaña, Antonio Manuel pudo pasar un rato con su hija enferma. Libertad va en silla de ruedas porque tiene espina bífida. Fernando Ruso

Y así fue. Tras caminar con Antoñito por la montaña durante varias horas, decidimos descender y cruzar el río Majaceite, lo que implicaba mojarse hasta la pantorrilla. “Esto hago yo cada vez que bajo a verlas”, dice mientras accedemos al patio trasero de la vivienda, donde hay más perros, varios patos y un sinfín de plantas. “Aprovecho la oscuridad para que nadie me vea. Sólo la luna es testigo”. Pasa la noche y, cuando aún no ha amanecido, el último bandolero vuelve a perderse entre la arboleda.

Pero este pasado miércoles es a plena luz del día cuando Antonio Manuel entra en su casa y se encuentra con Libertad, su hija enferma. Le da un beso. Otro. La mira. La coge en brazos y la sienta en el sillón para que la niña vea los dibujos.

Libertad fue concebida en 2011. El día que la Guardia Civil se lanzó en tromba a la sierra para detener a Antonio Manuel, él estaba encamado con una menor de 14 años. Era su prima Samanta. Ninguno de los dos sabía que la adolescente estaba encinta. A Antonio Manuel se lo llevaron preso. A los pocos meses nació su única hija.

Para detener al bandolero en 2011, la Guardia Civil desplegó a 70 agentes, perros y helicópteros. Guardia Civil

- Para ella soy casi un extraño. Y yo lo entiendo. Me ve muy poco. Nació cuando yo estaba en la cárcel. Sabe que soy su padre, pero veo en sus ojos que no me tiene ese cariño que le tiene una hija a su padre.

- ¿Te arrepientes de la vida que has llevado?- le pregunto en el comedor de la vivienda.

- Por supuesto, cada segundo de cada hora de cada día.

- Me pediste que viniera… ¿Qué estás dispuesto a hacer?

Me entregaré a la Justicia si me permiten cuidar de Libertad. Desde aquí pido al Gobierno que me indulte. No he matado a nadie y, sin embargo, he pasado media vida en prisión por cuatro robos. Estoy dispuesto a presentarme cada día en un juzgado o en el cuartel de la Guardia Civil, llevar una pulsera que me tenga controlado en todo momento… Lo que sea, menos pasar más tiempo entre rejas. Eso sería mi muerte. Sólo quiero encontrar un trabajo, poder pagarle sus medicinas, llevarla a los médicos…

Antonio Manuel, que sufre brotes de esquizofrenia, narra a fogonazos cómo es y cómo fue su vida. Ahora sobrevive en soledad, sin apenas contacto con ningún ser humano. Antaño, en la cárcel, cuenta que vio asesinatos, violaciones de chavales, narcoteo, corrupción... Allí, dice, dejó de funcionarle la cabeza.

A Antonio Manuel Sánchez siempre le acompaña Titán, el perro de presa que le ayuda a cazar jabalíes en la montaña. Fernando Ruso

- Por cierto, ¿por qué le pusiste Libertad a la chiquilla?

- Porque como no sé lo que significa, al menos me consuela que mi hija lleve su nombre.

UN QUINQUI QUE CAYÓ EN LA DROGA

De cerca, Antonio Manuel es un juguete roto. Este hombre de 46 años, que se volvió a fugar cuando sólo le restaban 20 meses de condena, vive en el monte con su morral al hombro y unas cuantas armas de caza. Hace años que ya no tiene ningún diente en la encía superior. En la inferior, el ardor de años de heroína, cocaína y marihuana le ha arrebatado todas las muelas. Salvo una, dice.

Durante su paso por la cárcel, Antonio Manuel sufrió ataques de otros presos que intentaron quitarle la vida. En sus brazos aún conserva las marcas de los cortes que le produjeron. Fernando Ruso

Antes de visitar a Libertad, caminando por la montaña Antonio ha descrito la biografía de alguien que de bien chiquito ya apretó a fondo el acelerador de la vida quinqui.

El Lute de Cádiz, como de él hablan en todos los pueblos de la sierra de Grazalema, nunca tuvo padre, salvo el que le engendró. A los 10 años él y su madre, Antonia, se trasladaron de Benamahoma a Sevilla para que ella sirviera en una casa. A los 12, cuando ya pasaba más tiempo en la calle que en su colegio del barrio de La Macarena, se hizo amigo de un gitanillo un año menor que él. Se llamaba Antoñito Leiva Jiménez. Fue él quien le invitó a su primera papela de heroína. Se la esnifó.

Luego vendrían sirleos de bolsos a turistas, cocaína, metanfetaminas, más robos a punta de navaja o alunizajes con coches robados, los picos en vena, los porros y la venta de droga… Y su primera entrada en prisión, a los 16, en Sevilla I. Fueron sólo unos días, aunque dice que le sirvieron para conocer el infierno en la tierra. Pero al salir no frenó. A los 19 volvió al talego, de donde no salió hasta que tuvo la edad de Cristo. Ahora padece hepatitis y brotes de esquizofrenia.

El resto de su vida es una montaña rusa llena de giros y caídas en picado. A los 33, cumplida su condena, se fue a Talavera de la Reina en busca de María del Pilar, una cocainómana con la que se casó en 1999 en la cárcel de Salamanca sólo para poder tener vis-à-vis con ella con mayor frecuencia. El reencuentro duró apenas medio año. Luego se cobijó en Benamahoma junto a la mamá y la yaya, muy enferma. Sólo un día antes de que muriera la abuela, Antonio Manuel bajó de la montaña para despedirse. “A ella la adoraba”.

Hasta los 37, Antonio compaginó su adicción a las drogas con trabajos esporádicos de peón de albañil. Pero un juez volvió a tocar a su puerta y decidió lanzarse al monte por primera vez. Lo detuvieron y, en cuanto pudo, se volvió a fugar. Hasta ahora, en busca y captura desde septiembre de 2013.

Antonio Manuel muestra su foto del antiguo servicio militar obligatorio. La imagen sigue en la casa en la que creció hasta que se mudó a Sevilla y cayó en las drogas y la delincuencia. Fernando Ruso

Antes de volverse a lanzar al monte, el último bandolero insiste: “No me van a cazar. Sólo me entregaré si me permiten cuidar de mi hija enferma”.