El 26 de octubre de 2020 David, a sus 43 años, tuvo que aprender de nuevo a ponerse de pie y caminar. En aquella fecha, su segundo hijo, de año y medio, solo sabía gatear, pero ganó a su padre en la carrera por dar los primeros pasos. “Él fue más rápido”, admite David, con una sonrisa de oreja a oreja, observando al pequeño corretear por el salón de casa mientras su hermano mayor, de tres añitos, juega con sus camiones de bomberos. “Es curiosa la sensación de sentirse vivo”, zanja este bombero del parque de Molina de Segura (Murcia) porque es consciente de que ha vuelto a nacer tras caer al vacío desde un sexto piso y acabar impactando contra un duro montón de escombros.

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“Llamé a las puertas de la muerte y no me abrieron”, reflexiona en la primera entrevista que concede este bombero a un medio de comunicación desde aquel terrible servicio del 9 de septiembre, cuando se produjo una explosión de gas en un bloque de siete plantas del Barrio de la Ermita de Molina de Segura. Allí, David estuvo a punto de morir con el uniforme del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento (CEIS) de la Región de Murcia. “Mi rehabilitación es lo más difícil que he hecho en toda mi vida: de la noche a la mañana me convertí en una persona cien por cien dependiente y he tenido muchos momentos de bajón y de llorar, pero hasta que no aceptas lo que ha pasado, no avanzas”.

Cuando te precipitas en caída libre desde 18 metros de altura y tu bombona de oxígeno se convierte en una losa, te rompes una vértebra, el cúbito, el radio, la escápula, sufres una luxación de cadera y el cuerpo lo tienes lleno de traumatismos, lo cierto es que hay que tener la fortaleza mental de un extraterrestre para en vez de hundirte en la cama de la UCI sacar la fuerza de voluntad suficiente para lograr una gesta médica como la de David. “A las seis semanas del accidente estaba caminando, los traumatólogos decían que era un milagro”. Básicamente pulverizó todos los pronósticos médicos recibiendo el alta en tres semanas y cambiando la silla de ruedas por un andador el 26 de octubre.

Los pacientes de Ibermutuamur le miran como si de una aparición se tratase cada vez que David aparece por allí a machacarse para volver a ser el triatleta que llegó a participar en un Ironman en Alemania. “Siento vergüenza cuando estoy en la sala de rehabilitación y me preguntan qué me pasó porque me miran como un fantasma al responderles que me caí desde un sexto piso”, comenta risueño. Raquel, su mujer, ahora también ríe al escucharle tras dejar atrás las noches en vela en el Hospital Virgen de la Arrixaca: “Cuando mi cuñado me llamó para decirme lo que le pasó a David y que estaba vivo, lo primero que le contesté fue que me contase la segunda parte: ¿Está paralítico?”

Hora clave: 3.49 

La sombra de la tragedia planeó sobre esta familia el miércoles 9 de septiembre cuando el 112, a las 3.49 horas de la madrugada, movilizó a los efectivos del parque de bomberos de Molina de Segura que aquel día estaban de guardia. “Los compañeros de la primera salida fueron los que acudieron inicialmente a ese servicio porque los de la segunda salida estábamos sofocando un contenedor quemado, pero a los diez minutos de regresar al parque, nos llamaron para darles apoyo porque en el incendio de la calle Tirso de Molina. La cosa estaba complicada y había gente dentro del edificio”, relata David a EL ESPAÑOL ofreciendo hasta el más mínimo detalle de aquella intervención.

“Ese día yo iba de punta de lanza”. Le tocó meterse en las mismísimas entrañas de un fuego cuyo origen estaba en un piso de la sexta planta, donde se produjo una enorme deflagración de gas que obligó a pedir refuerzos a seis parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento. “El retén de la primera salida instaló la estructura de la manguera y subí al sexto piso, junto a mi cabo, para apoyar a los compañeros: la vivienda donde se ubicaba el foco estaba a tope de humo y llamas”.

El bombero David junto a su familia.

Prueba de ello es que los bomberos rescataron del edificio a 10 personas afectadas por inhalación de humo y a la inquilina del inmueble donde se produjo la explosión con quemaduras en el 90% de su cuerpo. “Unos compañeros sacaron a la mujer mientras que los demás hacíamos labores de extinción: yo tenía que ir avanzando de rodillas por el piso, sujetando la manguera, debido a la enorme temperatura que había y a que el fuego nos comía”.

El humo y las llamas escondían una endiablada sorpresa para David: la deflagración de gas había tirado abajo la pared de la cocina, convirtiendo esa estancia en un precipicio al patio de luces con una caída al vacío de 18 metros de altura. “Yo iba como punta de lanza y cuando entramos en la cocina no se veía nada, al tratar de avanzar en la extención del incendio, di un pequeño paso y me precipité al vacío”. Para terminar de empeorar las circunstancias, este bombero de 1,78 metros de altura y 75 kilos de peso, llevaba a la espalda un lastre de 15 kilos: su bombona de oxígeno.

- David, ¿recuerda algo de aquella horrible caída al patio de luces?

- Al caer sentí mucha soledad. No perdí el conocimiento, me vi cayendo y recuerdo que tuve dos pensamientos. El primero fue la incredulidad de ver que me iba a morir. Me repetía a mí mismo: no me creo que me vaya a morir con 43 años. Y acto seguido, se me aparecieron mis dos críos en la cabeza y pensé en ellos: ‘¡Qué pena que se quedan sin padre!’. Después, vino el golpe.

Los bomberos del parque molinense, al escuchar que su compañero impactó a plomo contra el patio, corrieron escaleras abajo. Todos pensaban que había muerto, pero se obró un milagro que se explica en varias claves. Primera: David impactó contra el suelo en posición fetal, al no hacerlo de espaldas evitó lesiones irreversibles en su columna vertebral porque llevaba una bombona de oxígeno.

David cayó desde un sexto piso, desde 18 metros.

Segunda: el casco amortiguó el golpe atajando daños cerebrales. Tercera: el patio era un campo de minas lleno de hierros, ladrillos, chapas y tuberías. Sin embargo, el azar quiso que no se clavase nada. Tras unos segundos interminables en los que vecinos y personal de emergencias contuvieron la respiración, la vida se abrió camino porque David comenzó a gritar sin parar: “¡Socorro!”

Esa llamada de auxilio sonó a música celestial. "Entrar a rescatarme al patio de luces no era sencillo y fue increíble la rapidez con la que actuaron: los que tienen todo el mérito en esta historia son mis compañeros, el personal del 061 y los agentes de la Policía Local de Molina de Segura que estuvieron al pie del cañón", agradece con los ojos vidriosos tratando de contener la emoción.

La cadera metida 

“Mientras me rescataban caían cascotes, me tuvieron que sacar del patio a través de una ventana que comunicaba con la escalera del bloque y cuando me metieron en la ambulancia tenía miedo de morir de camino al hospital por una hemorragia interna porque sentía una sed brutal”, relata con enfásis. El mismo que le puso el sanitaro que durante el traslado a la UCI le colocó en su sitio la cadera: “Me la puso de un tirón”. El dolor que sintió fue indescriptible, pero eso era lo de menos para David porque solo pensaba en volver a ver con vida a su mujer, Raquel, y a sus dos tesoros.

“Aquel día me extrañó mucho que mi marido, al terminar el turno, no regresara a llevar a la guardería a los niños, pero pensé que le habría salido alguna intervención de última hora”. Ese miércoles 9 de septiembre, el turno de 24 horas se estaba alergando demasiado, hasta que pasados quince minutos de las nueve de la mañana el hermano de David llamó a Raquel. “Me caí al suelo al saber lo sucedido”.

De inmediato, se plantó en el Hospital Virgen de la Arrixaca donde esta mujer comprendió el motivo por el que su marido siempre le decía que los bomberos de Molina de Segura no eran compañeros de trabajo, sino su familia: “Había tíos enormes llorando sin consuelo”. Entretanto, un silencio casi sepulcral invadía a los efectivos que ese día tomaron el relevo al turno de David en el parque.

El parte de politraumatismos y fracturas que presentaba este bombero cuando ingresó en estado grave en la Unidad de Cuidados Intensivos era desolador. El gerente del CEIS, Francisco Javier Gil, no se separó de David desde que le llamaron aquella madrugada y se plantó en el hospital rezando para que aquel incendio del número 17 de la calle Tirso de Molina no se saldase con una víctima mortal.

David junto a uno de los médicos que lo han tratado de sus lesiones estos meses.

“Mis hermanos”

"Lo que le ha pasado a mi marido es un milagro doble: está vivo después de esa caída y encima puede caminar”, admite Raquel Gil, una mujer fuerte, echa de la misma pasta que solo tienen los cracks deportivos porque fue Campeona de España de Natación, pero que en aquellos días necesitó un apoyo emocional extra para no venirse abajo y lo encontró en su familia y en cada miembro del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región.

“El cariño que he recibido de los compañeros de mi marido ha sido abrumador, al igual que la ayuda: me llamaban para llevarme al hospital, para ofrecerse a cuidar de mis hijos, para hacerme la compra en el supermercado...”, enumera mostrando gratitud. “Esos bomberos son ya como mis hermanos”.

Era lo mínimo que la plantilla del parque de Molina de Segura podía hacer por David: un compañero con el que se habían jugado el pellejo en mil ocasiones desde que en febrero de 2005 aterrizó en las instalaciones molinenses del CEIS. Todo ello tras pasar un año en Alhama de Murcia y después de haber aprobado las oposiciones en 2003 dejando aparcada su carrera en la enseñanza.

“Yo era docente interino de Educación Física, pero la profesión de bombero siempre me llamó la atención porque tenía familiares en los bomberos, un tío y un primo, y además un amigo se estaba preparando la oposición al CEIS”, resume David sobre el conjunto de factores que le hicieron dar un giro radical a su vida laboral. “Mi amigo me animó a preparme las pruebas, comencé a entrenar con él, me piqué y aprobé”, resalta dejando entrever ese espíritu deportivo y de superación que le ha guiado en cada día de trabajo en el parque. “En esta profesión te enfrentas a situaciones muy complicadas”.

David junto a sus compañeros de promoción cuando aprobó la oposición a bombero en 2003.

Valga como botón de muestra que en su primera guardia en las instalaciones molinenses, en febrero de 2005, le tocó acudir al incendio de una vivienda en Fortuna. Ese retén en el que iba David le salvó la vida a una mujer tras rescatarla del inmueble en llamas y practicarle una reanimación cardiopulomonar. Tal estreno le valió una carta de felicitación del Ayuntamiento fortunero, pero durante la tarde que este diario pasó con David no dejó de quitarle importancia tanto a su excelente hoja de servicios como a su recuperación: es una persona humilde hasta la extenuación.

“Cuando la gente me dice que soy un héroe por haber sobrevivido al accidente, eso me molesta, yo solo me considero un trabajador”, insiste una y otra vez. Sin embargo, eso no impide que su hijo, de tres añitos, esté tan orgulloso de su papá que ya le ha contado a toda la urbanización de la pedanía murciana de Espinardo donde residen que su padre sobrevivió a una caída de un edifico muy alto. “De mayor dice que será bombero”. De momento, se conforma con fantasear con el dálmata Marshall, el bombero de la conocida serie de dibujos: ‘La Patrulla Canina’.

Oración en la iglesia 

“Cuando está jugando y se cae al suelo dice que él es fuerte como un bombero”, cuenta con ternura David Martínez. En su localidad natal, en Zarzadilla de Totana (Lorca), llegaron a abrir la iglesia el 16 de septiembre para que los vecinos acudiesen a orar por este bombero, de 43 años, porque ese día tenía que pasar por el quirófano para enfrentarse a una dura intervención quirúrgica que se prolongó durante nueve horas. “Me operaron simultáneamente de la vértebra, la cadera, el cúbito y el radio”.

A lo largo de la entrevista, David se muestra tan optimista que hasta le vacila al periodista: “Me dijeron que lo mío era chapa y pintura”. Nada más lejos de la realidad porque acto seguido se pone serio y se le hace un nudo en la garganta al elogiar la labor de todos los médicos que hasta ahora le han tratado: Luis Clavel, traumatólogo del Hospital Virgen de la Arrixaca; Miguel Ángel Moltó, jefe de traumatología de Ibermutuamur, y Juan Antonio Ruiz, neurocirujano de Ibermutuamur.

Durante su hospitalización David recibió muchas muestras de apoyo de todos los colectivos.

“Después de la operación enseguida me puse a caminar: la recuperación ha sido bastante rápida porque mi cuerpo ha ido aceptando bastante bien todos los ejercicios”. No exagera un ápice: a las tres semanas de caer de un sexto piso recibió el alta hospitalaria, a las seis semanas cambió la silla de ruedas por un andador, luego vinieron muletas, las sesiones de masajes en Ibermutuamur y en noviembre comenzó con el fisio Rafa Alcaraz en el Centro Deportivo Multidisciplinar Hopp Murcia.

“En el gimnasio volví a aprender a ponerme de pie y a tener equilibrio, algo que puede parecer muy sencillo, pero para mí era un mundo tener que levantarme desde el suelo, ponerme a cuatro patas, coordinar mis movimientos delante de un espejo, caminar sobre una línea o subir unas escaleras”, ejemplifica David. “Mi hijo pequeño antes del accidente estaba gateando, en mi rehabilitación él estaba en el proceso de empezar a caminar y yo también, pero él iba más rápido dando pasos”.

Se machaca a diario

Este bombero no ha dejado de machacarse físicamente a diario en los últimos tres meses para ir recuperando desde la movilidad en la muñeca y la flexibilidad en la espalda hasta el ‘tono muscular’ de las mismísimas pestañas. “He recibido muestras de apoyo de bomberos de toda la Región, Madrid, Sevilla, Asturias...”, recalca porque las decenas de vídeos que le han enviado le motivaban a seguir trabajando para recibir buenas noticias en las revisiones mensuales de traumatología.

“Me acabo de apuntar a la piscina a hacer natación, en el gimnasio ya soy capaz de trotar diez metros y hago ejercicios funcionales con peso: sentadillas con veinte kilos, zancadas sujetando mancuernas, lanzamientos con un balón medicinal de cinco kilos...”. Cada día es un progreso nuevo sin dejar de sufrir: “Todavía me duele la espalda”. De todos los mensajes de ánimo que ha recibido, el más especial es el que le envió el mejor ciclista de España: Alejandro Valverde -Movistar Team-.

David junto a su amigo el fisioterapeuta Rafa Alcaraz que le ayuda en cada sesión.

“He salido muchas veces con Alejandro en su grupeta haciendo rutas por Librilla y Alhama de Murcia, cuando le contaron mi accidente me envío un vídeo personal”. Este diario ha tenido acceso a esa grabación donde ‘El Bala’ le desea una pronta recuperacón: “Seguro que pronto estarás montado en una bici”. Y así es: David ya vuelve a montar en bicicleta estática en su casa, con el horizone puesto en cubrir las largas distancias de antaño, como aquella vez que viajó a Francia solo para coronar sobre dos ruedas el Col du Tourmalet: una de la etapas de montaña rompepiernas del Tour de Francia.

- David, ¿qué es lo que le motiva tanto para que su rehabilitación vaya a la velocidad de la luz?

- Todos mis esfuerzos van enfocados a recuperar mi vida personal con mi mujer y volver a ser útil como padre para mis hijos. Tengo mucha ilusión de regresar al parque de Molina de Segura, a pesar de lo que me pasó, creo que ser bombero es el mejor trabajo del mundo y una profesión de la que hay que sentirse orgulloso porque para mí es increíble ganarse el pan ayudando a la gente. Esta rehabilitación es como luchar contra ti mismo, es un reto personal, y una de las cosas que más me motivan es recuperar mi trabajo para que mis dos hijos me vuelvan a ver vestido de bombero.