Granada

Esther: nació niña con el mismo nombre que tiene ahora. Ahora es un hombre de 33 años y está embarazado de siete meses. 

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Juani: nació niño y con un nombre distinto al que tiene ahora. Se lo cambió cuando se convirtió en mujer. También tiene 33 años.  

Esta es la historia de dos personas que no se identifican con el género con el que nacieron y que ejemplifican el gran cambio que se está produciendo en la sociedad. EL ESPAÑOL se ha reunido en Granada con esta pareja tan poco convencional para conocer de cerca la realidad de las personas transgénero: sus dificultades, sus retos y sus aspiraciones. Para ello, nada mejor que hablar con un hombre embarazado y la mujer que lo inseminó. Como telón de fondo, un polémico proyecto de ley que puede cambiar la vida de los trans para siempre.

"Jodidamente tradicional"

El día está gris y frío en la ciudad nazarí, no vaya a ser que algo salga bien en 2020… La cita con Esther y Juani tiene lugar en un bar cercano a la Universidad de Granada. Juani trabaja allí —en la Universidad, no en el bar— y aprovecha su receso para comer mientras conversa con este periódico.

Esther llega con el dolor dibujado en la cara: la barriga le genera un pinzamiento lumbar que le trae por el camino de la amargura. “La fisio hace maravillas, pero aún así…”, explica con los ojos ligeramente empañados. Se sienta y se retuerce por un instante. Juani le abraza y besa. Pasados unos minutos se recompone, como si el cariño de su pareja fuera un potente analgésico.

Esther y Juani se conocieron en 2005 en Salamanca. Al año, ya se habían emparejado.

Pese a lo peculiar de la imagen, ambos insisten en que no son pioneros de nada. “La gente queer lleva teniendo hijes desde que existe la gente queer. No es revolucionario”, asegura Juani, que habla indistintamente en masculino, femenino y neutro.

Hace 15 años que están juntos y, en este 2020 tan accidentado, han decidido formar una familia. Lo hicieron público en redes sociales esta misma semana. “Agárramela que me crece”, escribió Esther en su cuenta de Twitter, despertando alegrías y rechazos a partes iguales. Hablaba de su barriga, claro.

“Somos una pareja jodidamente tradicional, excepto porque no lo somos“, bromea Juani. Lo que hace que se califiquen de “tradicionales” es el tiempo que llevan juntos: 15 años. Casi desde que se conocieron en una residencia de estudiantes en Salamanca. “Salió así. Nos liamos, nos gustamos, seguimos juntas y estamos muy contentas”, asegura Esther. “Es un amor de pipiolos, básicamente”.

Cuando este amor se fraguó ninguno de los dos tenía clara su identidad de género, así que surgieron como una pareja aparentemente heterosexual. “Siempre hubo cosas que no encajaban pero no teníamos palabras para decir qué era”. Esta suele ser una duda que acompaña a las personas trans toda su niñez.

La vida de Esther

Esther Román —recordemos, él— nació en 1987 en Villanueva de la Serena (Badajoz). En el colegio, como cabía esperar, lo pasó muy mal. “Siempre se dice que los niños son crueles. Son gente que está aprendiendo a socializar, ¿y cuál es una manera fácil? Pues buscando al enemigo común. ¿A quién es fácil convertir en enemigo? Al friki”. A esto se le unió el hecho de perder a su madre muy joven.

Terminado el colegio se fue a Salamanca a estudiar Traducción e Interpretación. Fue ahí donde conoció a Juani. La pareja luego daría vueltas por toda Europa: han vivido en Francia, Alemania y distintas ciudades de España. Fue en Berlín donde un psiquiatra le diagnosticó disforia de género. Un caso de libro, asegura.

Esther Roman, hombre trans embarazado. J.S.

Actualmente, Esther considera que sigue transicionando, es decir, mutando su género. “Con mi familia la cosa está a medias. No existe una salida de armario en toda regla. Mi padre lo sabe por un par de entrevistas de radio que hice el año pasado, en las que lo dije claramente”. Su padre, por ejemplo, le sigue tratando en femenino. Esther aún no se lo ha apeado.

—¿A qué edad te diste cuenta de que tu género y tu sexo no se correspondían del todo?

—Esa es una pregunta difícil. Está la frase cliché: ‘lo que no se nombra, no existe’. Yo era infeliz, había algo que no encajaba. Me llevé bastante bullying y abusos por ello y me causó mucha angustia. Si lo que sientes no tiene nombre…

—¿Te sentiste perdido?

—Me sentí monstruoso, que es diferente.

—¿Tanto como eso?

—Mira, ¿conoces a un escritor llamado Junot Díaz?

—Ni idea.

—Bueno, es un gilipollas machista. Pero tuvo una reflexión muy buena que hablaba de la naturaleza de los monstruos. Hablaba del vampiro que no se refleja en el espejo. Lo que hace monstruoso al vampiro no es que lo sea, es que no tiene reflejo. Cuando vives en una sociedad donde no hay reflejo para lo que eres, rechazas quien eres. Te encierras… y te acaba reventando por las costuras.

—Yo incluso diría —añade Juani— que esta es una sociedad donde no hay palabras para expresar lo que somos. Lo que hay está hecho para expresar la norma.

La vida de Juani

Juani Bermejo-Vega nació en la ciudad de Cáceres, también en 1987. A diferencia de Esther, Juani vino al mundo con otro nombre, el que todavía figura en su dni y que prefiere que no salga en este reportaje. “La gente trans tiene una relación complicada con su nombre de nacimiento. A veces duele”, explica Esther.

Durante su niñez, Juani fue mucho más de muñecas que de coches, de comba que de pelota, de rosa que de azul. “Hacía mogollón de cosas trans pero no tenía palabra para ello”.

“En 2008 descubrí que existía la gente no binaria y de género fluido. En 2012 dije: ‘yo no soy un hombre’, pero tampoco dije que fuera una mujer. En 2014, yo estaba como no binaria a tope, utilizaba siempre el pronombre elles en privado. En 2018 ya había terminado mi doctorado y Esther me planteó usar pronombre femenino”. Y así es hasta hoy.

Juani Bermejo-Vega, mujer transgénero. J.S.

Juani es doctora en Física y profesora de Computación Cuántica en la Universidad de Granada. Esther es traductor y diseñador gráfico. Precisamente, la pareja está en la ciudad nazarí porque a ella le fue concedida una beca Marie Curie.

—Tú empezaste a expresar tus dudas de género allá por 2013, 2014, ¿no? —pregunta Esther.

—Bueno, en 2012 ya estaba dando bandazos gordos.

Juani y Esther están casados desde 2016, de hecho, por partida triple. Se casaron en el consulado español de Berlín, en el Ayuntamiento de Berlín y en una ceremonia familiar en Jaraiz de la Vera (Cáceres).

Ahora el matrimonio espera a su primer ¿hijo, hija, hije? No saben el sexo del bebé, con toda intención. Lo sabrán cuando nazca. Se le espera para febrero del año que viene. Por violenta que pueda resultar, la pregunta es obligada:

—¿Qué educación le queréis dar? ¿Le vais a criar en género neutro, como niño, como niña…?

Se produce un pequeño silencio.

—Yo lo que quiero es sobrevivir los primeros años —responde Esther— El nombre que le pongamos seguramente sea un nombre ‘generizado’. Y estamos hablando sobre si mezclar pronombres. La verdad, no lo tenemos claro.

—Yo no tengo una regla sobre lo que quiero hacer. Me gustaría no imponerle cosas a mi bebé —añade Juani.

—Pero algo vas a tener que imponerle, por narices —replico.

—Lo que quiero decir es que no quiero que mi bebé se sienta con la obligación de tener un género desde que nace. Voy a intentar tratarle de la manera más neutra posible. Lo que no voy a hacer es lo de: ¿Eres niño? Chaqueta azul. ¿Niña? Chaqueta rosa. Eso no. Quiero darle opciones para que se exprese. Nunca sabes como te va a salir. Por estadística seguramente sea cis [que su sexo y su identidad de género coinciden, lo más habitual], pero no se sabe".

Un jardín

La conversación toma un carácter más político según va avanzando. Es el momento de meterse en un jardín: la Ley para la Igualdad Plena y Efectiva de las Personas Trans, el polémico proyecto de la ministra de Igualdad, Irene Montero.

El texto afirma que cualquier persona —menores de 16 a 18 años incluidos— que manifieste una "identidad de género" que no coincida con su sexo biológico podrá rectificar sus datos en el Registro Civil sin que el ejercicio de este nuevo derecho esté condicionado a la previa prestación de un informe médico o psicológico. Además, la ley también plantea el derecho al acceso a intervenciones quirúrgicas y a tratamientos de hormonización sin necesidad de requerir autorización judicial o administrativa. Otro pilar de este proyeto es la despatologización —ojo al vocablo— de la disforia de género. En otras palabras, que deje de considerarse una enfermedad.

De esto surgen muchas dudas que son objeto de debate: ¿Qué hace falta para que una persona pueda cambiarse el sexo? ¿Basta con la libre autodeterminación o hace falta el análisis de un experto? ¿Es necesario que la persona se hormone y/o se cambie los genitales? ¿Un menor de edad debe poder considerarse algo diferente a lo que la naturaleza le ha dado? ¿Es una enfermedad sentirse mujer siendo hombre, o viceversa? Y así, hasta el infinito.

La Plataforma Trans frente al Congreso de los Diputados en una imagen de archivo. EFE

La actual ley vigente en España es la 3/2007, que regula la “rectificación registral del sexo”. Los requisitos actuales para cambiasrse el sexo son: que haya diagnóstico de disforia de género, la ausencia de trastornos de personalidad y haber sido tratado durante al menos dos años para acomodar sus características físicas a las correspondientes a las del sexo reclamado.

“La ley que hay está obsoleta, es necesaria una nueva. Y me parecería bien que hubiera un cierto grado de discusión sobre ella. Pero ahora mismo la discusión está totalmente viciada”, considera Esther.

“Imponer condiciones para cambiar tu sexo o género es abusivo”, opina Juani. “Esa es la principal crítica a la actual ley, que hay condiciones abusivas, por ejemplo, que te obliguen a hormonarte. Tú no puedes obligar a nadie a hormonarse para hacer nada. Eso tiene riesgos médicos. Hay muchísima gente trans que no se quiere hormonar. Igual si quitáramos la condición para cambiarse el dni, se hormonaba mucha menos gente”.

El hecho de que la ley actual obligue a hormonarse trae consigo una consecuencia muy grave. En muchos casos, los tratamientos hormonales generan que la persona deje de ser fértil, como han demostrado numerosos casos. “Entonces en España se obliga a las personas trans a esterilizarse para cambiarse el dni. ¡Eso es lo que hacían a los homosexuales en el Reino Unido!”, exclama Juani. Viene a la cabeza la imagen del padre de la computación, Alan Turing.

La oposición feminista a la ley de Montero critica "la falacia de que la realidad biológica es elegible y que ser hombre o mujer es sólo una cuestión de sentimientos", según declaró la activista Carmen Freixa a este medio. Las feministas más ortodoxas entienden que "el género se impone y el sexo es una realidad material y en ella se basa la jerarquía que nos divide y que nos oprime a las mujeres". Así lo ha defendido siempre Ángeles Álvarez, exdiputada del PSOE y miembro de la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres

Este sector del feminismo suele recibir la etiqueta despectiva TERF (acrónimo inglés de feministas radicales excluyentes de los trans). Sin embargo, Juani se muestra en contra de esta etiqueta. "No me gusta regalarles un término, para mi son tránsfobas del montón". 

Bloqueadores de hormonas

¿Y los menores? “Otro debate muy viciado. Creo que todos los niños, niñas, niñes deberían poder encontrar su identidad de género y ‘transicionar’ socialmente si así lo desean. Creo que los bloqueadores son una buena opción”.

Los bloqueadores a los que se refiere Esther son una serie de medicamentos que bloquean el desarrollo de las hormonas en la pubertad hasta que la persona es adulta y puede tomar una decisión sobre a qué género quiere pertenecer.

“En la práctica, los niños que toman bloqueadores, menos del 1% se arrepiente. En la mayoría de casos se observan mejorías de sus relaciones sociales y una importante bajada en las tasas de suicidio”, argumenta Esther.

Esther y Juani esperan su primer hijo para febrero. J.S.

Para reforzar sus argumentos, facilita algunas de sus fuentes: el estudio Tasas de transición en una clínica nacional de identidad de género del Reino Unido, otro titulado Factores asociados con la satisfacción o el arrepentimiento después de la cirugía de reasignación de sexo de hombre a mujer,o el Estudio del grupo de Amsterdam sobre disforia de género (1972-2015): tendencias en la prevalencia, el tratamiento y los arrepentimientos. Este último se muestra muy riguroso y sus resultados avalan los argumentos de Esther.

“Hay espacio para matices, hay espacio para debate. Pero también hay mucha desinformación que viene de mala fe”, explica. “Hay mucho bulo, mucho ataque”, añade Juani. “Por ejemplo, de mí han dicho que conseguí mi beca Marie Curie por presentarme como mujer. Eso es imposible porque estas plazas no son plazas para mujeres, ni siquiera distinguen por género. Te designan la plaza por una nota de un proyecto científico. De hecho, yo tenía una oferta de una empresa que me ofrecía más dinero de lo que gano ahora”.

Solo este año, Juani asegura haber sido objeto de tres bulos. Esto se traduce en un hartazgo crónico que el matrimonio sortea con notable diplomacia, aunque muchas de las preguntas planteadas se las hayan hecho ya mil veces. “Una cosa muy dura de ser trans es que todo el mundo te pregunta por estas cosas, tu existencia se convierte en un objeto de debate. Es agotador. Y este es un debate complejo”.