“Ayer fui a por víveres, pero no pienso volver a salir de casa hasta que nos den mascarillas”. Al otro lado del teléfono, y con el primer café de la mañana ya en el cuerpo, Virginia Laiglesia dice estar muy asustada con lo que está pasando en Codogno, el pequeño pueblo italiano donde vive y al que se dirigen los focos mediáticos desde que el pasado viernes se identificarse como la ‘zona cero’ del coronavirus en el país. Ya son siete los muertos y 229 los casos diagnosticados.

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La zona cero, o línea roja como se ha conocido en los medios italianos, está situada alrededor de Milán, donde se empezaron a diagnosticar los primeros casos de coronavirus en suelo europeo. Las autoridades sanitarias del país han sido capaces de localizar al primer paciente, el que desencadenó la crisis. Se trata de un paciente que llevó la infección desde la zona cero, es decir Codogno, hasta el pueblo de Vo'.

Virginia es una española que cumplió 59 años la semana pasada. Los últimos 29 los ha pasado allí en Codogno, en un pequeño núcleo al norte del país, a algo más de una hora en coche de la ciudad del Duomo, y donde viven 16.000 almas. Aunque en los últimos días apenas salen a la calle, ni siquiera en bici, a lo que están muy acostumbrados. “Vivo en una calle con mucho tráfico, porque hay varias escuelas alrededor, pero hoy sólo han pasado dos”.

A Virginia la llevó a Italia el amor por su marido. La vida lleva manteniéndola afincada allí casi tres décadas. Intentó estudiar enfermería en la universidad, pero le pedían conocer el idioma. Entre una cosa y otra, cuando se quiso poner a estudiar italiano tuvo a su primer hijo, que ahora tiene 29 años, y por ese motivo no la aceptaron. Decidió entonces dedicarse a él, y seis años más tarde tuvo a su segunda criatura, una niña que ahora tiene 23. Gracias a un programa del Ministerio de Educación de Italia empezó a dar clases, aunque hasta ahora no tiene un puesto fijo. En la actualidad trabaja en Casalpusterlengo, a 15 minutos en coche de Codogno, su casa.

Lo máximo que Virginia ha visto son pequeños grupos que este fin de semana se reunían en la plaza del pueblo, enfrente de la iglesia. "No se tocaban, mantenían la distancia, pero sí que salieron a hablar". Los vecinos se reunían con sus perros, sin ningún tipo de medida que impidiese que estuvieran en contacto menos su propio sentido común. La española tampoco ha visto en la ciudad a carabinieris, las fuerzas de seguridad nacionales, que sí se han dejado ver en ciudades como Milán. Este leve contacto, a penas un careo entre vecinos, era la única forma de enterarse, más o menos, de lo que pasaba. Hoy ya ni eso se ve por allí.

Ciudad dormitorio

Codogno es una ciudad dormitorio. Los trabajadores entran y salen del pueblecito para ir a trabajar a los municipios vecinos y a la gran ciudad, Milán. El movimiento es incesante en una jornada normal. Las pequeñas y medianas empresas que se dedican a la metalurgia reciben camiones durante toda la mañana. La cadena de distribución de los alimentos del campo también tiene que pasar por allí. No por nada se celebra una de las ferias agrícolas más importantes de Italia.

También tiene sede la multinacional MTA, que se dedica a la fabricación de sistemas eléctricos para marcas de coches como por ejemplo Renault. Los directivos han pedido a las autoridades mantener, al menos, el 10% de la producción para que el impacto del coronavirus en la economía no se note tanto. Esto supone unas 60 personas diarias.

Pero desde el viernes, nada. No entran víveres, los suministros de mascarillas no llegan y los supermercados no han abierto. “Nos han dicho que a lo mejor lo hacen esta tarde (por el martes). Ayer tuvimos que ir a Casalpusterlengo y guardar una hora de cola a por comida”, dice Virginia, que quiere confiar en las autoridades italianas, pero cree que se les ha ido de las manos.

Las autoridades italianas han informado que Codogno, que se encuentra en el corazón de la denominada zona roja, estará 14 días de cuarentena.

El hospital, la clave

El pueblo tiene, además de las empresas, muchos colegios, un gimnasio municipal donde se centran todas las actividades deportivas y un hospital. Es ahí donde Virginia cree que está la clave. En estos momentos se encuentraaislado. Las dos últimas personas que han muerto por la infección, explica la española nacida en Aranjuez (Madrid), pasaron por allí. 

“La información nos llegaba por WhatsApp. El alcalde de Lombardia se reía al principio con que el virus llegase hasta aquí, como si fuese de broma”, explica indignada Virginia. El boca a boca, la información que le llega a un amigo por aquí y a un familiar por allá, es todo lo que han sabido este fin de semana.

Ahora las farmacias están abiertas, pero no hay mascarillas. Tampoco hay tests para realizar las pruebas a los pacientes con algún síntoma de tener coronavirus. “A lo mejor en las ciudades es distinto pero aquí, en un pueblo pequeño, no nos llega nada”. Por no funcionar no lo hace ni el teléfono de atención que el Gobierno ha puesto a disposición de las población. “Te van pasando de un número a otro sin concretar nada, sin que puedas ver a tu médico”.

Indignada con el consulado

Virginia está cabreada con las autoridades locales por no habérselo tomado en serio, y con las italianas por no saber responder adecuadamente a la crisis. Pero también lo está con los responsables españoles. Hasta el momento nadie del Gobierno de Pedro Sánchez se ha puesto en contacto con ella, que está en la diana dónde todo presumiblemente comenzó.

"El consulado funciona fatal, nadie nos ha llamado". Una amiga suya sí ha recibido un mensaje de texto afirmando que "han contactado con todos los españoles". Ella, sin embargo, sigue esperando que alguien le explique qué es lo que está pasando realmente. "Estoy cansada de esta ciudad, me gustaría volver a Madrid".