No bien empezaron a salir empezaron los insultos. Nunca dejó de increparla. La llamaba "puta", "zorra", "golfa". No se cortaba ni un pelo. Le decía: "Me das asco". Ni siquiera era lo más grave. Sus amagos al levantarle el puño, haciendo ademán de golpearla, provocaron que los más allegados tuvieran que intervenir en más de una ocasión. Cuando empezaron a vivir juntos le hizo cambiarse de número de teléfono. En una discusión se lo arrebató y se lo rompió, estrellándolo contra el suelo. También le obligó a que se comprara otro móvil. Esa era la forma, en el día a día, que tenía de tratarla. Ni siquiera eso fue lo más grave de todo.

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Ahora, la sección primera de la Audiencia Provincial de A Coruña acaba de condenar a ocho años y diez meses de prisión a Bernardo, un hombre cuya herramienta para con las mujeres era, principalmente, el miedo. Según la sentencia, a la que ha tenido acceso EL ESPAÑOL, el juez relata cómo este individuo llegó a arrancarle de un mordisco la mitad del labio inferior.

A Irene (nombre ficticio) le tuvieron que reconstruir el labio sellándolo de nuevo. A él se le ha condenado a la prohibición de acercarse a la víctima a menos de doscientos metros durante los 18 años siguientes a que salga en libertad. 

Todo empezó a mediados de 2016. Bernardo e Irene empezaron ahí su relación. Pocos después comenzaron a vivir juntos juntos en la Ronda de Outeiro, A Coruña. Fue allí donde dos años después se produjo la brutal agresión. No vivían solos, y al principio la convivencia se desarrolló con normalidad. Luego aparecieron los celos, la agresividad y el afán controlador de él hacia ella. Quería estar al tanto de todos sus movimientos. No la dejaba ni un minuto en paz. 

Trató de someter su voluntad por todos los medios. Para impedir que pudiera eludir esa vigilancia, el acusado creó en el hogar un ambiente de miedo y menosprecio, con el empleo de la intimidación y la violencia. La sentencia lo explica de ese modo.

Irene no pudo llevar una vida normal. Bernardo le ponía toda clase de impedimentos. La amenazaba si salía sola de casa. Si lo hacía fuera de su horario de trabajo. Si quería tener libertad. 

El día del ataque

Exterior de la Audiencia Provincial de A Coruña.

Esa pesadilla llegó a un punto terrible y casi monstruoso la noche del 9 al 10 de julio del pasado 2018, recogida en los hechos probados de la sentencia. Ambos estaban en la habitación. Bernardo empezó a empujarla, a golpearla, a agarrarla por el cuello, apretándole con fuerza, sin dejar de amenazarla, tanto a ella como al bebé recién nacido de Irene, que estaba al otro lado de la habitación. En ningún momento dejó de menospreciarla. Amenazó con hacerle daño, y lo hizo.

Aquello fue demasiado. Al día siguiente, Irene venció su miedo y corrió a poner la denuncia contra su pareja en la comisaría. Cuando la atendieron los servicios médicos advirtieron que tenía una lesión en el cuello de un centímetro de longitud.

La relación quedó rota entre ambos, y Bernardo se marchó de aquella casa. 

Un año después llegaría el ataque más visceral de todos. El 13 de agosto, hace cinco meses, a las diez de la noche, Irene regresaba caminando a su casa por la intersección entre la Avenida de Finisterre y la Ronda de Outeiro. Bernardo la estaba esperando. La abordó intentando entablar conversación. Ella se negó, y huyó atemorizada de su lado, buscando cobijo en las terrazas de los bares de la zona, junto a la gente, para sentirse algo más protegida, rodeada de testigos. Bernardo desapareció del lugar. 

Allí llamó a su hijo y le alertó de lo que pasaba. Le pidió que la fuera a buscar. Juntos regresaron a casa. Subieron al piso, pero dentro del edificio, en una zona que no se veía desde la entrada, las estaba esperando el acusado. Al verle las dos se asustaron. Irene se colocó detrás de su hija para protegerse. 

No logró. Enseguida aquel hombre agarró a la mujer y comenzó a morderle en la cara. En uno de esos ataques, Bernardo apretó el labio inferior de su ex entre los dientes hasta que se lo logró arrancar. Luego escupió el trozo de carne y se marchó. Su mujer se quedó allí sangrando por la boca.

Reconstrucción de los labios

Este acto, explica la sentencia, obedeció a una finalidad de poner de manifiesto su dominio sobre la mujer menospreciando su decisión de romper la relación. El trozo de labio fue recuperado y conservado. Más tarde se le pudo reimplantar, si bien solo se logró reducir el impacto de ese ataque, pero el rostro de la mujer quedó ya malogrado. 

Tardó en curarse 59 días. Los veinte primeros estuvo incapacitada para desarrollar su vida de forma normal. Al principio estuvo ingresada en el hospital, necesito medicación analgésica, antiinflamatoria, antibiótica y la vacuna antitetánica. 

Al día siguiente del ataque, a Irene la intervinieron quirúrgicamente para colocarle el injerto y para reconstruirle la parte inferior de la boca. El rostro, pese a la operación, le quedó absolutamente deformado. En el labio, ligeramente atrofiado, quedó al sellarlo una cicatriz en forma de V que le baja hasta el mentón. 

Antecedentes 

Bernardo ya había sido condenado por un delito de violencia de género a una pareja anterior. Un delito, concretamente, de lesiones. Se le impusieron 60 días de trabajos en beneficio de la comunidad, se le prohibió la tenencia de armas durante tres años, y a 24 meses de prohibición de acercarse y comunicarse con su ex pareja.

El feroz ataque a Irene, con el que le dejó la cara desfigurada, provocó que fuese detenido el 13 de octubre de 2019. Dos meses después de los hechos. 

En su sentencia, el texto del magistrado resulta inapelable, y sostiene que la versión de la víctima "no solo resulta creíble por sí misma sino que además goza del respaldo de la testifical de sus dos hijas. Estas convivieron con la pareja y con mayor o menor detalle y extensión (...) ponen de relieve la existencia de una situación de maltrato físico y psicológico por parte de Bernardo a lo largo de toda la relación".

Tras el comienzo normal de la relación aparecieron los problemas, los "insultos, vejaciones, actos de control sobre sus actividades personales y discusiones frecuentes en presencia de los hijos que tuvieron que intervenir para moderar o 'frenar', como dijo gráficamente, a Bernardo".

En el juicio, el culpable minimizó y restó importancia a sus ataques y agresiones. Negó las versiones de los cuatro testigos. El juez le escuchó y al ver que su relato no se sostenía (al contrario que lo que relató la víctima), terminó por condenarle a esos ocho años de cárcel y a indemnizarla con una cantidad de 34.425 euros. 

Durante las vistas orales del juicio, Bernardo dijo que no había tenido intención de dañarla. Que si hubiera querido, "le hubiese hecho daños mayores". Luego dijo que nunca la agredió. Y que no sabía que le había arrancado la mitad del labio inferior. Se defendió con la excusa de que lo que había hecho, en realidad, era darle un beso.