En mitad del silencio de la madrugada, durante alguna de las rondas nocturnas de supervisión, la funcionaria de la cárcel de Almería suele detenerse a echar un vistazo al interior de la celda de Ana Julia Quezada. Quiere ver si todo está en orden al otro lado de esa pesada plancha de hierro que hace de puerta y que las separa. La empleada de la prisión corre la mirilla que tiene a la altura de los ojos y pregunta: ¿todo bien ahí dentro? Si está despierta porque la ha escuchado llegar, María, la presa ‘sombra’ que en las últimas semanas cuida de la autora confesa de la muerte violenta de Gabriel Cruz, responde: “Todo bien, señora”.

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María (nombre distinto al de la verdadera presa) es una de las varias reclusas que en los últimos 534 días se han relevado para evitar que Ana Julia Quezada, dominicana de 45 años, se quite la vida dentro de la cárcel, como ya pareció intentar al realizarse leves cortes en los brazos con una cuchilla hace ocho meses. Ocurrió la pasada Nochevieja. Había ingresado poco antes en el módulo de aislamiento tras una fuerte discusión con otra reclusa.

“Cuando llegó aquí no fue fácil que otras presas se mostrasen voluntarias a estar con ella. Había mucho miedo y la amenazaban constantemente por lo que había hecho”, explican fuentes internas de la cárcel almeriense. “Ahora no hay problemas, aunque el temor a que le puedan hacer algo continúa latente. En la prisión se le tienen ganas, es evidente”.

No ha de resultar sencillo pasar las 24 horas del día con la mujer que en febrero de 2018 mató a un niño de ocho años y luego enterró su cadáver en una finca de su novio -el padre del menor-. Las presas de apoyo o ‘sombra’ cobran 30 euros por asumir la tarea de “controlar y consolar” a la mujer que el lunes 9 de septiembre se sentará en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial de Almería. Ese día declarará la acusada.

Los abogados de los padres del niño y la Fiscalía han solicitado para ella la prisión permanente revisable. Un jurado popular compuesto por nueve miembros decidirá si es culpable o no de los delitos que se le imputan,  uno de asesinato y dos de lesiones psíquicas a los padres. El juicio se dividirá en ocho sesiones y será abierto a los medios de comunicación. Quedará visto para sentencia el miércoles 18 de septiembre.

Ana Julia Quezada pasa los días previos al inicio del juicio en una de las 50 celdas de alrededor de 11 metros cuadrados del módulo 1 (el de mujeres) de la prisión El Acebuche. Ella y María duermen en literas. Disponen de un váter, de un lavabo para asearse y de un pequeño televisor. También tienen un escritorio y en una de las paredes hay un ventanal con barrotes para evitar que se escapen. "Está tranquila. No parece nerviosa ante al juicio", dicen quienes han mantenido contacto con ella en las últimas semanas.

Ana Julia Quezada, la autora confesa de la muerte de Gabriel Cruz. EFE

María, como las otras presas que han acompañado a Ana Julia Quezada desde el 15 de marzo de 2018, cuando el juez la envió a prisión, recibió un cursillo rápido de apenas unas horas para saber qué ha de hacer y cómo ha de ser su comportamiento con su compañera de celda. Si se percata de algo extraño o preocupante ha de comunicarlo al cuerpo de funcionarias de la prisión para que éstas lo trasladen a la dirección.

“Las presas ‘sombra’, como en los módulos de hombres, reciben una serie de recomendaciones sobre cómo actuar”, explica un funcionario de prisiones con más de 30 años de carrera en distintas penitenciarías del país. “Suelen ser reclusas de confianza que tienen buen comportamiento. Muchas de ellas están al final de sus condenas, por lo que cuando obtienen permisos o salen definitivamente en libertad son sustituidas por otras. En el caso de Ana Julia tienen que estar atentas a sus cambios de actitud, a los comentarios que hace… Su presa ‘sombra’ tiene que estar despierta por si se produce un impulso por suicidarse o se dan señales de ello”.

'Refugiada'

Pese a aquel aparente intento por quitarse la vida, a Ana Julia se le ha dejado de aplicar el protocolo antisuicidios. Sin embargo, en la actualidad vive en el interior de una burbuja dentro del penal, sin contacto con el resto de reclusas, sin cruzarse con ellas en el patio ni compartir mesa en el comedor.

La dirección del penal sabe que ha de protegerla. A la presunta asesina se le ha aplicado el artículo 75.2 del Reglamento Penitenciario. En el argot de la cárcel se le conoce como ‘régimen de refugio’ y se llama ‘refugiados’ a los presos que se sirven de él.

El objetivo al aplicar esta medida es salvaguardar la vida o integridad física del recluso. Ana Julia no puede participar en talleres ni cursillos y tiene prohibido hacer vida en las zonas comunes cuando están presentes el resto de presas. Vive en una cárcel dentro de otra cárcel.

Como ‘refugiada’, a Ana Julia cada día un funcionario le sube a la celda el desayuno, el almuerzo y la cena. Puede salir al patio de dos a cinco de la tarde, cuando el resto de presas, tras almorzar todas juntas en el comedor, vuelven a sus celdas para descansar. Pero Ana Julia apenas sale de su ‘refugio’. La mayoría de los días se queda en su cama y no baja al patio. Tampoco recibe visitas, salvo la de su abogado, y hace tiempo que no llama por teléfono al exterior.

“Parece recluida en sí misma”, explica una fuente del penal almeriense. Cada cierto tiempo recibe terapia con un psicólogo. “Es educada, tranquila”, dice una funcionaria consultada por EL ESPAÑOL. “Nunca le hemos escuchado una palabra de arrepentimiento por mucho que mandara una carta al padre del niño a través de El Programa de Ana Rosa".

“Lamento todo el daño que he hecho, sobre todo a Gabriel y a Patricia, y a los familiares”, decía en aquella misiva incluida en el sumario del caso. La escribió desde el escritorio de su ‘refugio’ que ahora comparte con María.

Patricia Ramírez y Ángel Cruz en Almería el día del funeral de su hijo, Gabriel. EFE

Homicidio imprudente frente a asesinato

Gabriel Cruz, al que sus padres llamaban ‘pescaíto’, desapareció la tarde del 27 de febrero de 2018 en Las Hortichuelas, una pedanía de Níjar (Almería) incrustada en pleno Cabo de Gata. Ese día estaba allí con su padre, Ángel Cruz -quien se había separado años antes de la madre del niño, Patricia Ramírez-, con su abuela paterna y con la propia Ana Julia. El niño, después de comer, le dijo a su abuela que iba a jugar con los nietos de una prima hermana de ella que vivían en una casa a 70 metros de la suya.

Ana Julia, según la Guardia Civil y el juez instructor, se encontró con el menor en el camino de tierra que une ambas viviendas. Tras persuadirlo, se lo llevó en coche a Rodalquilar, otra pedanía de Níjar ubicada a 3 kilómetros de Las Hortichuelas y en donde la familia de Ángel Cruz tiene una finca con una pequeña casita. Una vez allí, lo mató. Luego enterró el cadáver a unos metros del inmueble y lo tapó con maderas y otros objetos.

La acusada sostiene que, mientras pintaba la casa, el niño comenzó a jugar con un hacha, que ella se lo reprochó y que entonces, según el escrito de conclusiones de su letrado, Gabriel “entró en la vivienda y le dijo que se callara, que siempre le estaba diciendo lo que tenía que hacer; que quería que su padre estuviera con su madre y no con ella, que era una negra fea; insultándole y negándose a entregarle el hacha".

Ana Julia Quezada contó que intentó quitarle el hacha al niño, que en el intento lo hirió en la cabeza y que le tapó la boca con la intención de que se callara, hasta que murió asfixiado. Pero la autopsia posterior del cadáver determinó que el niño murió estrangulado.

La acusación particular, que ejercen los padres del niño, y la Fiscalía entienden que la acusada se llevó al menor hasta la finca con la intención de matarlo. El juez instructor que la mandó a la cárcel tras su detención, Rafael Serrano, estimó en base a las pruebas aportadas por la Guardia Civil que Ana Julia Quezada cavó la fosa para enterrar el cuerpo con antelación a la muerte, por lo que habría premeditación.

El abogado de la presunta asesina, Esteban Hernández, ha solicitado tres años de prisión para su clienta por un delito de homicidio involuntario, o diez en caso de que se considere doloso. Este periódico se puso en contacto este pasado miércoles con el letrado, quien dijo que se encontraba de vacaciones y que sólo haría declaraciones a partir del 4 de septiembre. La Asociación Clara Campoamor, que se personó como acusación popular, se retiró del caso tras un auto de la Audiencia que revocaba su personación a petición de los padres de la víctima. Ángel Cruz y Patricia Ramírez nunca vieron con buenos ojos la participación de la citada asociación en el juicio.

Gabriel Cruz, de ocho años, murió el 27 de febrero de 2018 a manos de Ana Julia Quezada, pareja de su padre. EFE

"A ver qué hago con este"

Un amplo dispositivo de voluntarios, bomberos, guardias civiles o efectivos de Protección Civil buscaron a Gabriel Cruz por el cabo de Gata durante 13 días. El domingo 11 de marzo, Ana Julia Quezada lo desenterró y lo introdujo envuelto en una manta en el interior del maletero de su coche, un Nissan Pixo de color gris. Mientras lo hacía, insultaba a su víctima.

La Guardia Civil la detuvo cuando intentaba introducir el vehículo en el garaje del edificio en el que su novio tenía una casa en La Puebla de Vícar, a 80 kilómetros de donde mató al menor. Los investigadores habían instalado micros en el coche. Durante el trayecto, en otras frases, dijo: “A ver qué hago ahora con este”

Durante los 13 de días de búsqueda Ana Julia Quezada mostró esa misma frialdad que ahora narran las funcionarias que tratan con ella. Los investigadores de la Guardia Civil piensan que llegó a dejar una camiseta seca de Gabriel en una zona de monte próxima a la casa de un antiguo novio para intentar que las sospechas recayeran sobre él.

Cuando aún no había aparecido el cadáver Ana Julia Quezada participó en una entrevista en la radio pública gallega. Entre sollozos, dijo: “Estamos destrozados. Ya no sabemos qué hacer. Nos estamos volviendo locos”. En aquella entrevista llegó a hablar sobre el menor en pasado, para luego corregir. “Era un niño muy responsable... es un niño muy responsable".

"Sentía celos" del niño

Ana Gutiérrez Salegui, psicóloga forense del Instituto de Probática e Investigación Criminal, ha analizado el perfil psicológico de la acusada. En conversación telefónica con EL ESPAÑOL explica que Ana Julia Quezada “tiene una mente fría y calculadora” y que durante los 13 días de búsqueda del niño “no mostró ni un atisbo de remordimiento”.

“Estamos ante una persona muy narcisista, con necesidad de protagonismo, de ahí esa carta al padre a través de Telecinco y no directamente a él o su intervención en la radio gallega”. Gutiérrez Salegui añade que, a su juicio, “Ana Julia veía a Gabriel como un estorbo en su relación con Ángel” y que “sentía celos” hacia el menor “por robo de atención”.

El lunes 9 de septiembre un furgón de la Guardia Civil recogerá a primera hora de la mañana a Ana Julia Quezada de la cárcel de Almería para trasladarla hasta la Audiencia provincial. Se despedirá de María, su presa ‘sombra’, se vestirá y desayunará. Será la primera en declarar en sede judicial. El martes 10 lo harán Ángel Cruz y Patricia Ramírez, padres de la víctima. Las seis sesiones posteriores servirán para escuchar a guardias civiles, un policía local de Níjar o a los forenses.

Casa en Las Hortichuelas (Níjar, Almería) de la abuela paterna de Gabriel Cruz. AL

El juicio estará presidido por la magistrada Alejandra Dodero. La dureza del contenido de algunas de las pruebas que se expondrán en la sala obligarán a la reserva de algunas imágenes y audios. La vista contará con señal institucional que permitirá a los medios de comunicación seguir su desarrollo desde una sala. Es previsible que algunos fragmentos se vean solo a puerta cerrada con la intención de proteger tanto al propio menor fallecido como la intimidad de sus padres.

La Asociación Profesional de la Magistratura (APM), la Asociación Judicial Francisco de Vitoria (AJFV) y Juezas y Jueces para la Democracia (JJpD) hicieron público un comunicado este pasado lunes en el que pedían "un tratamiento informativo responsable".

La noche previa a que dicho furgón de la Guardia Civil conduzca a Ana Julia Quezada hasta el banquillo de los acusados, una funcionaria volverá a hacer de madrugada una ronda de supervisión en la prisión El Acebuche. Quizás esa noche volverá a correr la mirilla de la celda donde en ese momento descansará la acusada, preguntará si todo está bien y esperará la respuesta de María, la presa ‘sombra’ que ha ayudado a que la autora confesa de la muerte de Gabriel Cruz siga con vida a una semana del juicio.

Perímetro exterior de la prisión El Acebuche de Almería. EFE