El lituano Sergejus Beglikas, parapléjico, jadeaba del esfuerzo en una clínica de fisioterapia de Marbella (Málaga) cuando tres guardias civiles de paisano se presentaron a por él. Llevaban meses siguiéndole la pista, pero esa tarde, la del pasado 16 de mayo, reventó la ‘Operación Fosa’, con ramificaciones por medio continente. Tenían que detenerlo ya.

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El hombre, de 47 años, se sorprendió con aquella inesperada visita. De inmediato, gracias a la ayuda de su fiel sobrino, casi un lazarillo, se bajó de la máquina en la que ejercitaba el tren superior de su cuerpo y se sentó en su silla de ruedas. “Vamos a donde me digan”, soltó sin aparente nerviosismo, como un Padrino importunado.

Aquellos agentes le dijeron a Beglikas que estaba detenido por pertenencia a banda organizada, blanqueo de capitales y tráfico de drogas. De esa forma, sudoroso y con ropa deportiva desgastada, caía el presunto líder de una organización asentada en Europa del este y que habría traficado con toneladas de cocaína, hachís y tabaco de contrabando por todo el viejo continente.

EL ESPAÑOL entrevistó al acusado en su mansión de Marbella (Málaga), valorada en cuatro millones de euros. Marcos Moreno

No se recuerda un golpe igual. Participaron casi medio millar de agentes de cinco países europeos y se detuvo a 22 personas. La Guardia Civil y la Policía Nacional, en colaboración con Europol, dieron por desarticulado un clan que habría obtenido 680 millones de euros desde 2016, que contaba con sicarios a sueldo y que tenía hilo directo con los proveedores latinoamericanos y marroquíes. El caso, que nace de un juzgado de Gdánsk, en Polonia, se encuentra bajo secreto de sumario.

Tras su detención, los agentes condujeron a Sergejus Beglikas a su casa, una mansión de cuatro millones de euros en la parte alta de la urbanización Sierra Blanca de Marbella. No había nadie en su privilegiado cobijo, oculto entre entre el lujo de la jet set de la Costa del Sol. En la vivienda sólo estaban sus dos perros y su gato sin pelo, un Sphynx de San Petersburgo.

Los investigadores policiales encontraron varios diamantes -alguno valorado en más de 150.000 euros-, lingotes de oro, 90 teléfonos encriptados y casi 30.000 euros en efectivo ocultos por distintos rincones de la casa y en tres cajas fuertes que sólo se abrían con llave y mediante clave. En total, una fortuna -sólo una parte- que las autoridades calculan en tres millones.

Un agente de la Guardia Civil durante el registro de las cajas fuertes de la casa de Sergejus Beglikas. Cedida por la Guardia Civil

Dos días después de su detención Sergejus Beglikas pasó por las manos de un médico del Instituto Anatómico Forense de Málaga. Un juez fijó un pago de 15.000 euros de fianza para ponerlo en libertad con cargos. Su estado físico no era el mejor para estar entre rejas de forma preventiva. Antes de pisar la prisión, el lituano pagó y abandonó los calabozos de la Guardia Civil. Desde entonces no puede salir de España y se tiene que presentar una vez a la semana en los juzgados de Marbella.

Junto a él, en España cayeron otras dos personas: su mano derecha en la organización, Vladislav Lysenko, también lituano, y el estonio Jaak Tuuksam, un presunto sicario a sueldo de su banda. Acababa de aterrizar en el aeropuerto de Alicante en un vuelo procedente de Londres.

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"En mi país me quieren matar"

Este pasado jueves EL ESPAÑOL visita la casa del presunto líder de la banda destronada. En el garaje guarda dos Mercedes, uno para él y otro para su hija de 24 años, que acaba de hacerle abuelo, y un todoterreno Range Rover para su mujer. Ninguno baja de los 50.000 euros de coste. Sergejus Beglikas accede a verse con este periodista sin poner ninguna condición, salvo la de escucharle.

El acusado acude cada día a una clínica de rehabilitación en Marbella. Hace 22 años quedó parapléjico tras sufrir un accidente. Marcos Moreno

Dice que su fortuna es legal. Asegura que ha invertido en bitcoins, que tiene arrendada a unos inquilinos otra casa en Marbella, que su mujer es diseñadora de muebles y que tienen una empresa de importación de café gourmet cultivado en Centroamérica.

El día que le detuvieron Sergejus Beglikas llevaba dentro de una mochila de la marca Montblanc dos teléfonos móviles -uno encriptado-, una navaja negra, un estuche de manicura, un espejo plegable, una fotocopia en color con un esquema financiero manuscrito, 880 euros y cuatro estampitas religiosas con caracteres cirílicos.

- ¿Es usted una persona religiosa?- pregunta el reportero.

- Esas imágenes me las habían regalado mis amigos, la gente que me quiere y a la que quiero-  responde él-. Es una forma de protegerme.

- ¿De quién?

Antes de responder, se queda en silencio durante unos segundos y clava sus ojos verdes en los del periodista.

- Sé que en mi país me quieren matar. Nunca fui un ángel ni muy muy inocente. Me gusta mucho el dinero, no lo oculto. En cambio, aquí en España estoy tranquilo, no necesito protección [guardaespaldas]. Sí en Lituania, donde quieren mi cabeza.

- Pero ¿quién?

- Quien me envidia.

- El caso está bajo de secreto de sumario. ¿Le sorprenden las acusaciones que pesan sobre usted? Son muy graves.

- Sé que es un tema muy serio. Pero yo ni mato ni trafico con drogas.

Phoenix, el gato de Sergejus Beglikas. Marcos Moreno

Las autoridades polacas, donde nace la investigación judicial, acusan a Beglikas de liderar una banda organizada que comerciaba con cocaína y hachís en diferentes países de Europa -principalmente en Reino Unido y Rusia-, lavada el dinero obtenido del narco en casas de cambio de Polonia e introducía tabaco de contrabando a través de Asia. Además, aseguran que el sospechoso contaría con una organización de sicarios estonios para quitarles la vida a sus rivales en Lituania.

En la documentación del caso a la que ha tenido acceso este periódico se describe una macroindustria internacional del crimen y el tráfico de estupefacientes. En ella se da explicaciones de al menos dos transacciones de cocaína. La organización que presuntamente lidera Sergejus Beglikas habría encargado a un cartel latinoamericano un envío de 2.300 kilos de coca al puerto de Constanta (Rumanía). Pero el negocio falló porque los agentes de dicho país encontraron el cargamento el 29 de junio de 2016 dentro de un contenedor de mercancías.

Pero hubo una primera transacción, más humilde, que sí fructificó. En enero de ese mismo año, seis meses antes del envío frustrado de más de dos toneladas, la banda de Beglicaskas habría vendido 150 kilos de cocaína a unos compradores de Leicester (Inglaterra) a través de Renaldas Kanys, otro de los detenidos en el marco del operativo a nivel europeo.

El sobrino de Sergejus Beglikas acompaña cada día a fisioterapia a su tío. Marcos Moreno

Según le acusa el magistrado Rafael Terlecki, presidente de la Audiencia Regional de Gdánsk, la banda del hombre que este jueves acariciaba a sus perros y a su gato Phoenix sobre sus inmóviles piernas usaba equipajes de personas y camiones con dobles fondos para conseguir que la droga y el dinero obtenido de su tráfico cruzasen el viejo continente de punta a punta para llegar hasta las manos adecuadas.

Fuentes de la Guardia Civil explican que Beglikas, bajo el sol marbellí y recubierto de una pátina de empresario de éxito, actuaría como cabeza pensante de la banda. Su abogado, el penalista Ricardo Álvarez Ossorio, ha presentado un recurso ante la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional.

En él alega que los alijos que se le imputan a su cliente ya han sido juzgados y que durante las investigaciones nunca apareció el nombre de Sergejus Beglikas. "Resulta artificioso que se le quiera relacionar ahora con aquella trama", explica el letrado. "Tampoco se entiende que Polonia lo reclame por blanqueo cuando allí no tiene ningún tipo interés ni base económica".

Su mano derecha, también detenido

Los investigadores sitúan como número dos dentro de la organización a su amigo Vladislav Lysenko, a quien el capo considera su “hermano mayor”. Lysenko, según la justicia polaca, trabajaba en contacto directo con su jefe y era el encargado de supervisar los trabajos. También Lysenko vivía en la Costa del Sol. Se le detuvo unas horas antes que a su líder, cuando se dirigía en coche por autovía hacia Jerez de la Frontera (Cádiz).

La tercera pata de este presunto entramado criminal sería Jaak Tuuksam, el estonio detenido en Alicante. Su vida era menos dorada que la de sus jefes. Solía cambiarse cada poco de casa y vivía siempre de alquiler en pequeñas localidades del Levante español. No quería hacer ruido. En apariencia era un perfecto padre de familia -tiene mujer y una hija-. Antes de su detención residía en Pilar de la Horadada. Sus vecinos no sabían que entre ellos contaban con el jefe de una banda itinerante de sicarios a sueldo.

Precisamente, de la sangre derramada por Tuuksam hace cuatro años nace la operación que ha llevado ante la justicia a Beglikas. Las fuentes policiales consultadas explican que fue quien mandó a sus esbirros a que asesinaran, en 2015 y 2016, a Bugavicius y a Morkevicius, dos líderes de sendas bandas rivales a la del capo marbellí.

Por cada muerte se pagó 200.000 euros. Al primero lo mataron a balazos de pistola. Al segundo, con un AK47. Antes de cobrar, los asesinos mandaron una foto de las víctimas. Era el justificante del trabajo, como el que le pasa un ticket de gastos a la empresa.

Hace tres años un médico israelí extrajo de la espalda de Sergejus Beglikas la estructura de hierro que sujetaba su columna. La cicatriz que luce es el recuerdo de aquella operación. Marcos Moreno

- ¿De qué conoce a Vladislav Lisenko?- pregunta el periodista mientras Sergejus Beglikas da un trago del zumo natural de frutas del bosque que ha preparado con cariño su mujer.

Beglikas deja el vaso sobre la mesa, piensa y dice:

- Es mi amigo. Siempre digo que es mi hermano. Es mayor que yo -le lleva 13 años- y durante mi juventud, hasta que quedé en silla de ruedas, me entrenó en artes marciales.

- Se les acusa de orquestar sus planes desde Marbella, donde también habrían recibido a otros lituanos de su banda.

- En mi casa recibo a mucha gente y no toda tiene por qué ser buena. No sé lo que cada uno hace de forma privada. Yo también me reúno con gente en sus casas y no todas me cuentan sus negocios. Vladislav, como yo, tampoco es un traficante ni un asesino. No renuncio a la vida social por estar en una silla de ruedas.

- ¿Al sicario Jaak Tuuksam lo conoce?

- No he visto nunca a esa persona.

- Entonces, ¿todo de lo que se le acusa es una burda invención?

- La justicia ma acabará dando la razón. Creo que en el este de Europa hay gente que desea mi mal y que me está manchando.

- ¿Una conspiración contra usted? Resulta irrisorio, ¿no cree?

- No. Yo no puedo liderar una banda internacional en mi situación personal. ¿Cómo lo hago?

- Bueno, usted tiene una vida bastante movida y con continuos viajes: Arabia Saudí, Dubái, Rusia, Austria… Las autoridades policiales lo saben.

- Insisto. No soy un ángel, pero no trafico con drogas ni mando asesinar a nadie. Merezco ir con mi familia donde me plazca.

- ¿Cómo ha conseguido esta casa y todo lo que se llevó de aquí la Guardia Civil?

- Trabajo. Años de esfuerzo. Cuando tenía 20 años y ya había caído la URSS me dediqué a comprar y vender, comprar y vender. Hice dinero… y también algunas malas amistades, lo reconozco.

La mansión en la que reside el presunto líder de la banda desarticulada tiene un valor de cuatro millones de euros. Marcos Moreno

Sergejus Beglikas quedó postrado en una silla de ruedas hace 22 años. Por entonces tenía 25 y una hija de sólo uno. Cuenta que una noche salió a una discoteca, bebió y, a la vuelta a casa, sufrió un duro accidente. Le operaron de urgencias y le salvaron la vida, pero sus piernas dejaron de tener movilidad y su columna quedó encapsulada en una estructura de hierros que la sostenía.

Hace tres años recurrió a un médico israelí para que se la retirara y para que le reconstruyese la espalda. Ahora cada día va en coche a la clínica del doctor Blum en Marbella, a sólo unas calles de su mansión. Su sobrino, al que tiene ahijado, siempre va con él.

Sergejus Beglikas usando el ascensor de su residencia en una de las urbanizaciones más elitistas de Marbella (Málaga). Marcos Moreno

Amigo del clan de los Kinahan

Las autoridades polacas que emitieron la orden de detención de Beglikas lo vinculan con otra de las bandas más violentas establecidas en la Costa del Sol. Se trata del clan irlandés de los Kinahan, cuyos miembros le han jurado la muerte a los Hutch. Su guerra ya ha dejado un reguero de sangre en forma de una veintena de muertos por media Europa.

Fruto de ese acuerdo en el submundo de la delincuencia, el año pasado los Kinahan habrían pedido ayuda a la banda de Sergejus Beglikas para matar a James Gately, hombre de los Hutch. Pero el asesinato no llegó a cometerse. Algo salió mal. El sicario, la mano ejecutora de los lituanos, Imre Arakas, acabó en prisión porque la Policía frustró el encargo.

Pero todo esa superestructura criminal transnacional saltó por los aires a mediados de este mes. La ‘Operación Fosa’ se saldó con 22 detenidos. Uno de ellos llevaba un cuarto de millón de libras encima. Era un correo polaco. 450 agentes de distintos cuerpos policiales de cinco países (Gran Bretaña, Polonia, Estonia, Lituania y España) se desplegaron para derrocar al hombre que se sienta delante del reportero. ¿Por qué eligió Marbella para vivir? “Es el mejor lugar del mundo”, dice mientras acaricia a Qubti, su perro de la raza Pincher, de pelo negro como el ébano y el hocico amarronado. “Llegué hace 14 años. Y aquí me quiero morir”.

Móvil encriptado idéntico a los 90 que confiscó la Guardia Civil el día que detuvo al presunto delincuente lituano. Marcos Moreno