“De parte de los vecinos, dígale a la señora Ada Colau que debería coger su capa de Superman de activista y bajar a la realidad”. Posiblemente, esta frase baste para ejemplificarlo todo. Carmen es vecina del Raval (Barcelona) y está cansada. Muy cansada. “Esa calle, la del Robadors… Es que no te lo puedes imaginar. Hay gente masturbándose y fornicando; se pelean con cuchillos y se pegan con cinturones. Estamos abandonados”, avanza, indignada con lo que ve a diario cerca de su casa. Es su sentir y el de muchos otros vecinos; todos han explotado esta semana a raíz de la detención del monstruo del Raval, enviado a prisión por presuntamente violar a una joven portuguesa el pasado fin de semana, arrancándole una oreja de un mordisco, rompiéndole un brazo y dejándole hematomas por todo el cuerpo. 

Los vecinos creen que la violación se podría haber evitado. El monstruo del Raval, magrebí de origen francés, (todavía se desconoce cuál es su verdadero nombre) llevaba más de una semana cometiendo actos delictivos. Muchos de ellos, de gravedad leve; pero otros, representativos de lo que podía ocurrir. Todos sabían de su existencia y reconocían el peligro. Por eso, hasta en tres ocasiones fue detenido y dejado en libertad. Avisaron de que había un hombre que necesitaba atención social, médica o psicológica. “Nosotros llamamos a la Guardia Urbana y le dijimos que este señor estaba mal de la cabeza, que tenía que estar encerrado, pero no nos hicieron caso”, explica Iván, presidente de vecinos de la comunidad, a EL ESPAÑOL. 

Sus ‘hazañas’ se hicieron virales pronto entre los vecinos mediante el boca a boca. Pascal (lo llamaremos así por desconocer su nombre) cogía botellas de cristal de los contenedores y los tiraba; perseguía vecinas y las insultaba; robaba cable e increpaba al que se le acercaba. “Incluso, llegó a venir con un palo y empezó a pegarle a las prostitutas”, añade Carmen en conversación con EL ESPAÑOL. Pero, sobre todo, estuvo a punto de hacer cenizas un edificio. 

El día 12, por la mañana, los vecinos lo encontraron recogiendo cable de la zona verde. O, mejor dicho, robándolo. Fue su primer incidente. Horas después, estaba incendiando la basura neumática. Afectó a todo el edificio, pero no se hizo nada. Y el día 13, repitió. A las 6:00 quemó, de nuevo, basura y metió un colchón de espuma por un hueco del edificio para avivar el fuego. “Tuvieron que venir los bomberos. No podíamos respirar. Creíamos que se quemaban nuestras viviendas. El olor ha permanecido en el edificio durante una semana. 

El 'monstruo del Raval' que presuntamente violó a una joven el viernes.

¿Y qué se hizo? Detenerlo. Pero, a las 48 horas, ya estaba fuera de nuevo, en la calle, como si no se tratara de alguien peligroso. “Desde entonces, no lo volvimos a ver”, recuerda Carmen. Pero los vecinos tenían miedo. Sabían que volvía a estar en la calle, que podía hacer alguna ‘peripecia’, que era capaz de cualquier cosa. Y todas sus sospechas se hicieron realidad: una semana después, sucedió la tragedia. Lo que nadie quería que pasara, pero lo que muchos habían adelantado ante tanto incidente repetitivo en los días que estuvo suelto. 

En la madrugada del viernes al sábado, a las cinco de la mañana, en los jardines del Museu Maritim de Barcelona, violó a la joven portuguesa de 37 años en uno de los abusos sexuales más salvajes y brutales que se recuerdan: la golpeó, le arrancó una oreja de un mordisco y casi le rompe la otra, le rompió un brazo y la parte superior del labio. Pero la mujer, a pesar de la fuerza inusitada con la que la abordó Pascal, logró huir. Por detrás, dejó un charco de sangre. Poco le importó: necesitaba alejarse de ese lugar. 

Con la mirada baja, en shock por lo ocurrido, casi sin poder hablar, arrastrando los pies, la portuguesa fue auxiliada por la Guardia Urbana, que se la encontró en un estado deplorable. Inmediatamente, alertaron al Servicio de Emergencias Médicas, que la condujo hasta el Hospital Clínico de Barcelona. En la escena donde se produjo la violación, se encontraron la oreja de la joven, que fue metida en un recipiente con hielo para intentar ser reconstruida. Fue el final de su pesadilla. El principio de una nueva para la joven, que tendrá que luchar contra el recuerdo de esa película de terror durante toda su vida. 

El monstruo del Raval después de intentar incendiar un piso.

“Lo que nos da pena es que no se haya evitado. Se podía haber hecho porque nosotros habíamos avisado de que venía causando problemas con bastante antelación”, se queja Iván, presidente de la Asociación de Vecinos del Raval. Así podría haber sido, pero no lo fue. 

Este martes, el juez acordó mandarlo a prisión provisional comunicada y sin fianza por un presunto delito de violenta agresión sexual, según han informado desde el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC). Pascal se refugió en su derecho a no declarar para no decir nada. No lo hizo. A partir de aquí, comienza el proceso judicial y la investigación para esclarecer qué podía haber ocurrido. En el Raval lo que temen es que se dé un caso similar. El peligro existe y buscan soluciones. No es para menos.