Carmen signando la palabra "Unidos"
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Carmen, la farmacéutica coruñesa que aprendió lengua de signos a los 55: "¿Para qué esperar?"
Empezó a formarse hace dos años de manera autodidacta para poder atender a las personas sordas que acuden a su farmacia: "Si nos entendemos y veo su sonrisa, me motiva muchísimo"
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"Aprender lengua de signos". Era uno de esos planes que Carmen Rouco tenía apuntados en su lista de cosas que hacer cuando llegara la jubilación. No por algo en especial. No tenía ningún familiar sordo ni ninguna circunstancia que la animara a hacerlo. Simplemente porque le apetecía aprender y aportar su granito de arena a esta pequeña pero numerosa parte de la sociedad.
Tenía 53 años y decidió que no quería dejar para mañana lo que podía hacer hoy. "¿Para qué esperar? No tenía tiempo, pero sí motivación", recuerda. Se puso a buscar cursos, contactó con algún que otro amigo que entendía del tema y, palante.
Dos años después, Carmen, que ahora tiene 55, continúa aprendiendo lengua de signos por su cuenta. Lo hace para que las personas sordas que se acercan a la farmacia en la que trabaja puedan comunicarse con ella en igualdad de condiciones que cualquier otro cliente.
"Así puedo ayudar a las personas sordas que se acercan a la oficina de farmacia para que se sientan en igualdad de condiciones frente a una persona oyente", explica.
Pero estas cosas llevan su tiempo. "Es como aprender otro idioma", cuenta. Carmen comenzó en noviembre de hace dos años y reconoce que no fue nada fácil. "La lengua de signos es difícil porque al final tienes que pensar como una persona sorda", cuenta. También ha descubierto una cultura y una forma de comunicarse diferentes a las de las personas oyentes.
Además, lleva el aprendizaje de forma autodidacta. En A Coruña existen opciones para formarse, como la Federación de Asociacións de Persoas Xordas de Galicia o el Instituto Monte Alto, pero compaginar las clases con su trabajo en la farmacia se le complicaba.
Por eso ha optado por aprender a ratos. Tiene un amigo que sabe signar, se graba en vídeo, se lo manda para que le corrija, ve vídeos y, sobre todo, practica. "A veces voy por la calle y practico mientras camino", ríe.
Y es que ahí está la clave. "Si no practicas, se olvida", reconoce. Ella misma lo compara con aprender inglés.
Y tiempo precisamente no le sobra. Carmen trabaja en la farmacia y continúa realizando los cursos de formación del Colegio de Farmacéuticos para mantenerse actualizada. Hay semanas en las que apenas puede practicar unos minutos, pero la motivación sigue ahí.
No solo se trata de medicamentos
Aunque el lenguaje farmacéutico puede resultar bastante técnico para aplicar en lengua de signos, Carmen lo utiliza para preguntar por sus dolencias y tratar de hacer la visita más personalizada. Pero para ella hay algo todavía más importante: que la conversación vaya más allá.
"Este año ya me di un pasito más", cuenta. Tiene un cliente sordo con el que también intenta mantener esas pequeñas conversaciones que tendría con cualquier otro cliente: preguntarle qué tal, cómo han ido las vacaciones o qué ha hecho durante esos días.
"Al final es como lo hago con nuestros clientes oyentes. Se trata de relacionarnos", explica.
Al principio reconoce que le daba vergüenza. La lengua de signos implica gesticular, utilizar las manos y apoyarse muchas veces también en la mímica. Pero poco a poco ha ido perdiendo ese miedo. "Cuando ves que del otro lado dicen 'ah, pues sí, me entiendes', te vas atreviendo", cuenta.
"Tengo otra familia" en la farmacia
Carmen lleva trabajando en la farmacia desde 1998. Llegó allí después de terminar sus prácticas y aquella primera oportunidad acabó convirtiéndose en casi tres décadas detrás del mismo mostrador.
"Soy la mayor de esta farmacia", cuenta entre risas. La primera titular que le dio una oportunidad fue Amalia Mato y, posteriormente, Lucía de Padro se convirtió en su segunda jefa.
Ella, que es de Gondomar, en Pontevedra, llegó entonces a la farmacia "a probar" y terminó encontrando mucho más que un trabajo. "Descubrí que tengo otra familia", asegura.
Por eso ahora ha querido dar también este pequeño paso dentro de su profesión. No sabe cuándo llegará la jubilación ni cuánto falta para ese momento, pero tiene claro que no quería esperar para empezar a hacer algo que le apetecía desde hacía años.
"Al final la vida es un aprendizaje o vas poniendo algo más en la mochila", reflexiona.
Y esa mochila tiene ahora un idioma más. Uno que todavía está aprendiendo, que practica siempre que puede y que ya le permite algo tan sencillo —y tan importante— como atender a una persona detrás del mostrador y hacer que se sienta escuchada.
"Espero que en un futuro no lejano esto sea normalidad, no sea algo excepcional", dice Carmen. "Que todos contribuyamos a toda la sociedad".