Labrecos, o cómo producir carne y huerta sin piensos, sin químicos y sin trampas.
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Labrecos, o cómo producir carne y huerta sin piensos, sin químicos y sin trampas en Galicia
Aitor e Iván Lauta crearon hace más de 13 años esta cooperativa en la que no innovaron, sino que miraron atrás para producir alimentos de kilómetro cero al mismo tiempo que acercan su trabajo a la ciudadanía: "Una persona que no conoce el campo no sabe comprar en el supermercado"
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Cuando términos como ecológico, kilómetro cero o agricultura circular están tan presentes en nuestro día a día, es sencillo perder la perspectiva y ponerles etiquetas como vanguardia o novedad, cuando en realidad estamos hablamos de las prácticas habituales que aplicaban nuestros abuelos en el campo. Cuando no existían los piensos industriales, el ganado se alimentaba de pasto y forrajes de la propia finca; cuando no había fertilizantes químicos, la tierra se nutría con estiércol y compost elaborado en casa; y cuando ni se había inventado el término de economía circular, las explotaciones ya funcionaban como sistemas cerrados, donde casi nada se desperdiciaba y todo tenía un uso, por puro pragmatismo.
Bajo esa premisa, los hermanos Aitor e Iván Lauta crearon hace más de trece años la cooperativa Labrecos (un juego de palabras entre labregos y ecológico), con un objetivo claro: producir alimentos desde un modelo autosuficiente, honesto y sin dependencias externas. Y esa idea los llevó a construir una empresa que hoy en día se ha convertido en un modelo en sostenibilidad, con un proyecto que recupera la sabiduría de las aldeas y lo adapta a los tiempos actuales, demostrando que existe otra forma de hacer las cosas más honesta y más coherente y que, además de viable, resulta ser la más lógica.
Empezar sin saber, pero con criterio
"Cuando empezamos no teníamos ni idea de lo que era la producción ecológica ni regenerativa", nos cuenta Aitor. Él y su hermano rondaban los veinte años y venían de una familia muy vinculada a los piensos y a los fitosanitarios. Ese era el modelo conocido, aunque nunca terminó de convencerles. Demasiados pesticidas, demasiada dependencia… demasiada distancia con lo que ellos entendían que debía ser el campo.
Un curso de apenas 50 horas organizado por el Ayuntamiento de Cesuras fue el detonante, no tanto por la formación en sí, que era más bien escasa, sino porque les enseñó las palabras adecuadas para poner en práctica aquello que tenían guardado en la cabeza, los conceptos que encajaban con lo que realmente querían hacer.
El proyecto arrancó con calma, a base de prueba y error. Plantaban de todo, experimentaban, aprendían y se permitían equivocarse. No había referentes cercanos y cada temporada servía para entender qué funcionaba y qué no.
Con el tiempo detectaron otro problema: la agricultura ecológica, tal y como se estaba planteando, los obligaba a comprarlo demasiadas cosas (abonos, semillas, plantas…), algo que encarecía el producto. La solución no fue innovar, sino mirar atrás.
Vacas de Labrecos.
Incorporaron ovejas para producir su propio estiércol, compostarlo y devolverlo a la huerta. Después llegaron los corderos y, más tarde, las vacas. Todo bajo un sistema de pastoreo eficiente, que les permite prescindir de piensos y cereales industriales y ser sostenibles. La granja empezó a funcionar como un sistema cerrado: huerta, ganado, compost y venta directa. Todo conectado. Tal y como nos dice Aitor: "Nosotros al supermercado solo vamos a por papel higiénico". Todo lo que necesitan, está en su granja.
Crecer poco a poco
Hoy en Labrecos son tres personas, los dos hermanos y Raquel, la última en incorporarse al proyecto. La idea es clara: no buscan una mega producción ni enriquecerse. "Somos gente de aldea, no necesitamos demasiado". Prefieren asentar bien el sistema para que sea escalable, pero sin perder el control ni el sentido. Producen alrededor de 20 terneros al año, unos 20-25 corderos, y mantienen una huerta que, reconocen, está lejos de su potencial máximo por falta de tiempo.
"No estamos al 100% en huerta, ni mucho menos. Estaremos al 20%, siendo honestos", admite Aitor. Y no pasa nada. La prioridad no es el volumen, sino la coherencia. No tienen sueldos fijos mensuales, pero viven con lo justo, reinvierten cuando hay excedentes y mantienen una relación directa y muy cercana con sus clientes. Un ejemplo: su primera vaca madurada se vendió en apenas 24 horas a través de una pequeña lista de difusión. Sin grandes campañas ni cifras macro. Solo confianza.
Huerta de Labrecos.
La venta en Labrecos es directa. Algunos clientes acuden a la granja, otros hacen pedidos por una plataforma online pensada para pequeños productores. Llegan a A Coruña y alrededores, pero no más. No por incapacidad, sino por convicción. "El kilómetro cero es cero, no quinientos", defienden. Cada territorio debe consumir su propia producción. Sobredimensionar el proyecto para vender más lejos supondría perder calidad y sentido.
El campo también se aprende
Más allá de producir alimentos, Labrecos también trata de otra urgencia, esta vez relacionada con los más pequeños: la desconexión total entre la infancia y el mundo rural. En colaboración con Instituto Universitario de Medio Ambiente de Oleiros (IUMA) cerca de 1.500 niños y niñas han pasado por la granja en apenas dos años.
Vieron vacas, gallinas, huertas; entendieron de dónde sale lo que comen. "Una persona que no conoce el campo no sabe comprar en el supermercado", resume Aitor. Estas actividades, junto a cursos de cestería, cosmética natural o trabajo con lana, forman parte esencial del proyecto
El futuro de Labrecos no pasa por crecer sin límite, sino por vivir mejor. Incorporar a unas pocas personas, recuperar el 100 % de la huerta y ganar algo de margen. Nada más, pero tampoco nada menos.
A veces, el verdadero progreso consiste simplemente en recordar cómo se hacían las cosas cuando todo tenía más lógica.