Jesús Suárez
Ciego, agresor y sospechoso: crónica de cómo casi acabo en Lonzas por una señora encima de los yogures
Un texto del comunicador Jesús Suárez
Hay días en los que uno descubre que la discapacidad visual no mata. Lo que mata es la interpretación libre del pueblo. Porque el pueblo español, cuando ve a un tío quieto, con gafas de sol y cazadora de cuero, no piensa “mira, un ciego esperando”. No. Piensa “ese cabrón está viendo morir a una señora entre los Actimel”.
Todo empezó grabando el primer disco de Mar de Fondo. Ahí iba yo, dirección Villa de Negreira con Calle Barcelona. Un trayecto en taxi de esos que ya haces por memoria muscular. Le digo al taxista:
—Nada, déjame aquí, tranquilo, ya vienen a buscarme.
Error número uno. Nunca le digas “déjame aquí” a un taxista si eres ciego. Porque “aquí” puede ser perfectamente Mordor, una escombrera municipal o el punto exacto donde las palomas van a morir.
Me bajo. Solazo. Cazadora de cuero. Gafas de sol. Postura de estrella del rock venida a menos. Ahí estaba yo, quieto, apoyado en mi dignidad y esperando a que me recogieran.
Y entonces empieza.
El sonido.
Ese sonido.
Bolsas. Plástico. Rozamiento extraño. Como una rave organizada por Mercadona. Yo pensando:
“Joder… el hijo de puta del taxista me dejó al lado de un contenedor.”
Porque los ciegos desarrollamos superpoderes absurdos. No vemos, pero distinguimos un Danone cayendo a tres metros con precisión militar.
Intento apartarme un poco. Disimulando, claro. Porque a mí nunca me gustó ir anunciando la ceguera. No voy con una sirena. Ni con un chaleco reflectante que ponga:
“ATENCIÓN.
ESTE HOMBRE NO VE UNA MIERDA.
NO LE CONFÍE USTED RESPONSABILIDADES.”
Así que allí seguía. Quieto. Elegante. Ignorando el festival del plástico.
Y de repente…
Dos voces.
Dos señoras.
Dos bisontes del apocalipsis.
—¡¡ERES UN HIJO DE PUTA!!
—¡¡NO TIENES CORAZÓN!!
—¡¡CABRÓN!!
Y yo pensando:
“Coño… qué rápido escala todo en Galicia.”
No me dio tiempo ni a reaccionar. Las dos mujeres llegan desbocadas y empiezan a zarandearme como si yo fuese el asesino del supermercado. Me empujaban, me insultaban, me movían de un lado a otro mientras yo seguía sin entender qué coño estaba pasando.
Hasta que todo encajó.
La señora de las bolsas.
Resulta que una mujer venía cargada como una mula medieval, tropezó con el bordillo que estaba justo a mi lado y cayó encima de la compra. Y allí estaba, tirada sobre una montaña de yogures, chopped, queso de barra y probablemente un paquete de salchichas Campofrío agonizando bajo su cuerpo.
Pero atención al detalle importante.
La señora no hacía absolutamente ningún ruido.
Nada.
Ni un “ay”.
Ni un “socorro”.
Ni un “me cago en mi puta vida”.
Nada.
La mujer estaba allí, retorciéndose en silencio encima de las bolsas como una escena experimental de cine sueco subvencionado.
Claro.
Yo lo único que escuchaba era el plástico.
Y las otras dos viendo la escena desde lejos:
“UN HOMBRE CON GAFAS OSCURAS OBSERVA IMPASIBLE CÓMO UNA MUJER MUERE SOBRE LOS LÁCTEOS.”
Marvel no habría escrito un villano mejor.
Ahí me tenían. Zarandeado por dos señoras poseídas por el espíritu de la justicia vecinal gallega. Hasta que consigo decir:
—¡Por favor! ¡Soy ciego! ¡No sabía que había una señora tirada ahí!
Silencio.
Ese silencio incómodo donde la gente se da cuenta de que acaba de llamar psicópata a Stevie Wonder.
Y entonces llega mi momento favorito. El instante exacto en el que la tragedia se convierte en comedia nacional.
Intentan levantar a la señora.
No pueden.
Y una de ellas grita:
—¡¡POR FAVOR, QUE VEÑA UN HOME!!
Aquello me dolió más que los empujones.
Perdona… ¿cómo que “un hombre”?
SEÑORA.
AQUÍ HAY UN HOMBRE.
LO QUE NO HAY ES VISIÓN.
Y allí estaba yo. A dos centímetros. Con barba, voz grave y una cazadora de cuero. Pero aparentemente, en Galicia, si no ves, automáticamente te conviertes en un ficus decorativo.
Le dije:
—Señora, soy un hombre. Dígame dónde hay que coger.
Porque claro, esa era otra. Yo quería ayudar. Pero necesitaba instrucciones precisas. No podía ir improvisando. Que luego acabas agarrando una teta por accidente y podría haber acabado detenido en Lonzas acusado de agresión láctea en primer grado.
—Más arriba.
—No, ahí no.
—Por el brazo.
—Cuidado con la bolsa.
—No pise el pan.
Parecía una operación militar coordinada por Protección Civil y Carrefour.
Al final la levantamos entre todos. La señora sobrevivió. Los yogures no lo sé. Yo acabé sudando como si hubiese descargado un piano por las escaleras del Coliseum.
Pero me fui de allí con una conclusión maravillosa:
La sociedad todavía no sabe qué hacer con un ciego.
Porque para algunos eres un inútil.
Para otros eres un héroe.
Y para la mayoría eres sospechoso hasta que demuestras lo contrario.
Eso sí, aprendí algo importante aquel día.
Si vuelvo a escuchar bolsas sospechosas cerca de mí, no pienso disimular.
Voy a gritar directamente:
—¡¡SEÑORA, SI SE VA A CAER, AVISE!!
¡¡QUE YO NO VEO, PERO LAS HOSTIAS ME LAS LLEVO IGUAL!!