Hay duelos que no vienen con flores ni con pésames ni con sillas vacías, como diría Alex Ubago cualquier cursi. Vienen con azúcar y mantequilla, y envueltos en papel de otra confitería.

El martes fue el primer Día de Reyes en el que no disfrutamos del roscón de Glaccé.

Parece una cosa menor. Una tontería. Un problema del primer mundo con corona de cartón. Pero no lo es.

Para fingir que nada había cambiado no romper la tradición, compramos otro roscón. Al principio, cuando lo probé, pensé que esa sensación rara que tenía en el estómago era que me había pasado comiendo durante los últimos quince treinta días. Después, me di cuenta de que era nostalgia, como diría Alex Ubago cualquier cursi. Porque ningún roscón volverá a ser el roscón de Glaccé. Lo reconocería hasta en una cata ciegas: esponjoso sin llegar a ser blando, dulce sin empalagar y que dejaba un regusto que te obligaba a ir a por otro trozo.

Hoy hay roscones por todas partes. De nata, de trufa, de pistacho, de autor, de influencer, de lacón con grelos. Todos Algunos buenos. Otros impresionantes. Pero a mí me gustaba el de siempre. El original. El que camuflaba con su envoltorio amarillo, los brazos de quienes lo transportaban por la Plaza de Vigo.

Me cuesta hablar en pasado del roscón de Glaccé.

Glaccé era más que una confitería. Era una forma de hacer las cosas sin prisa, sin datáfono, sin Instagram y sin necesidad de reinventarse cada enero. El roscón de Glaccé no era un roscón. Era El Roscón. El que no necesitaba rellenos extravagantes ni justificar su existencia pidiendo likes.

Lo que sí pedía eran horas de cola. Horas de pie, con frío, a veces lluvia y la sensación de estar haciendo algo importante. Y así era. Hacer la cola de Glaccé no era un trámite, era un ritual. Un dogma de fe, un acto heroico hacia tu familia —para que luego presumieran con sus amigos (“nosotros tomamos el roscón de Glaccé”)— y una experiencia social, porque nunca sabías si te tocaría esperar junto a alguien con paraguas del chino o con abrigo de piel heredado.

Cerrar Glaccé es cerrar una caja de olores recuerdos, terminar con una tradición. Y hay tradiciones que cuando se rompen, por mucho que intenten imitarlas, no se recomponen de la misma manera. Hay que conformarse con el recuerdo.

Poco se habla de pasar el duelo por aquello que sostuvo una época: pueden ser personas, pero también lugares, recetas, tradiciones que no sabíamos que lo eran hasta que faltaron.

Por eso hay que continuar celebrando, brindando, haciéndonos promesas de dietas que siempre empiezan el lunes. Porque hacerse mayor también va de continuar. De sentarnos a la mesa aunque falte algo. De aceptar que habrá Reyes sin ciertos roscones. De aprender a convivir con la nostalgia sin pedirle explicaciones. De continuar con las tradiciones.

Aunque el roscón no sea el de siempre Glaccé.