David Vilameá, entre zapatillas en la tienda Brasilia, en la ronda de Outeiro de A Coruña.
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Casi todos los bajos del edificio Divina Pastora en el frente de la ronda de Outeiro cerraron hace años, pero en el número 269 resiste Brasilia desde 1974. Su propietario señala que apenas quedan en la ciudad pequeños comercios dedicados a su especialización, las zapatillas de casa
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Un solo tramo de una calle larga de A Coruña, una de las arterias que cruza y conecta barrios, puede servir para comprobar la evolución del comercio de la zona y, por extensión, de muchas partes de la ciudad. A comienzos de este siglo, todos o la mayoría de sus bajos comerciales estaban ocupados; hoy apenas quedan abiertos.
Si nos situamos en el frente de una de las manzanas de la ronda de Outeiro a la altura del Agra do Orzán, la del edificio Divina Pastora, veremos resistiendo aún en el número 269 una pequeña tienda de zapatillas que vio la luz a comienzos de la década de los setenta del siglo pasado. Se llama Brasilia y en el rótulo de su acceso indica la fecha de inicio de actividad, 1974.
Poco después de empezar aquel año se hicieron cargo de un negocio similar gestionado por una pareja de brasileños los padres de David Vilameá Fernández, su propietario desde 1996. Parte de la familia había regresado de Inglaterra, a donde había emigrado, y tomaron la decisión de tomar el relevo de la tienda por la falta de adaptación al país de sus anteriores dueños.
Diseños de zapatillas de casa en Brasilia.
Primero en un bajo de la misma acera y desde 2013 en el actual, Brasilia, con solo 40 metros cuadrados, se especializó sobre todo en zapatillas de casa. "Es el 99% de nuestro producto. Tenemos algo de zapatilla de verano que vale para la calle. Desde finales de los ochenta, con la aparición de los centros comerciales en la ciudad, dejamos el zapato sport, la deportiva y el escolar", explica Vilameá.
Supervivencia
Llegaron las grandes superficies y el comercio de los barrios sufrió las consecuencias del aumento de oferta. Con el objetivo de la supervivencia, muchos quedaron en el camino, otros como Brasilia siguieron adelante, mientras en los pequeños bajos de su acera cerraban una mercería, un bar, una carnicería, una pescadería.
"Algunos amigos me preguntan por qué resisto. Pues casi es un milagro. Aguanto porque saco la temporada y porque no hay competencia. Quedan muy pocas tiendas solo de zapatillas en la ciudad", cree David Vilameá.
Zapatillas a la venta en la tienda Brasilia.
Cuando era niño y estudiaba, él y su hermano ayudaban a sus padres. Tras la jubilación de su madre se convirtió en el dueño y empleado único en el bajo alquilado de Brasilia. "En los ochenta y noventa esto nos sacó adelante a la familia, vivimos de las zapatillas. Ahora no da para más que el saldo mínimo interprofesional. Esto es para estar horas y no creo que tenga continuidad".
El negocio "funciona por antigüedad", asegura su propietario, "por la gente de las Casas de Franco, Os Mariñeiros, Labañou... y de otros barrios que no tienen negocios como este en donde viven".
Parte de las fábricas nacionales que desde siempre han suministrado a Brasilia lo siguen haciendo, con "productos de buena calidad, nunca de importación" y variados diseños. Aunque la clientela "de 50 años para arriba" es mayoritaria, estudiantes que residen en la zona buscan cuando los necesitan los mejores modelos entre las zapatillas de Brasilia.