Edificio de Caixa Galicia, 1941. Vía Todocolección

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El edificio de Caixa Galicia de A Coruña: una obra desaparecida de Eduardo Rodríguez Losada

El edificio de Caixa Galicia o del reloj, fue una popular obra proyectada por el arquitecto Eduardo Rodríguez Losada. Construido en 1934, fue derribado en 1969. Su desaparición modificó la percepción este fragmento de la calle San Andrés, pero su memoria pervive en el recuerdo

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El poeta Rainer-Maria Rilke describe la figura del ‘drawbridgeman’, el hombre que controla el puente levadizo, a partir de un cuadro de Vittore Carpaccio, “El milagro de la reliquia de la Cruz en el Puente Rialto” (1494). En él, el puente Rialto de Venecia aún era una construcción de madera de tablero móvil que se abría con el paso de las embarcaciones. Rilke dice que este ‘hombre’ actúa como mensajero, flotando entre el cielo y la tierra, y añade: “los ángeles son entidades incapaces de decidirse entre lo visible y lo invisible, en una eterna fechoría escurridiza”. Pero en un determinado momento de la historia, ese puente de madera desapareció, dando lugar a la construcción contemporánea y, el hombre que se encontraba en la frontera desapareció porque su labor dejó de ser necesaria. Y es que tanto lo visible como lo invisible forman parte de la narrativa de la ciudad, porque lo invisible, la fechoría, muestra la naturaleza humana de todo este hábitat. Al igual que en la película Liberté (Albert Serra, 2019), todo aquello que, aunque humano, pueda resultar inmoral, triste, violento o depravado, se oculta o directamente se olvida. Algo así ocurre con el pasado de la ciudad, en la que muchos de los actos infaustos se diluyen en el olvido para que la vida continúe.

La desaparición del patrimonio urbano, de manera éticamente justificada o no, crea un cambio de un entorno urbano. Esta transformación es percibida como una alteración, una mutilación o un quiebro, de forma imprevista algo cambia en la estructura urbana y eso produce una manera diferente de relacionarse con el hábitat. Los cambios permanentes resultan irreparables y comienzan a formar parte de la ciudad, de la vida.

“Lo irreparable es que las cosas sean como son, en este o aquel modo, asignadas sin remedio a su manera de ser. Irreparables son los estados de cosas, tal como ellos son: tristes o ligeros, atroces o felices. Como el mundo es, como tú eres, esto es lo irreparable” - Giorgo Agamben

Pero la memoria si busca reparar emocionalmente aquello que ha dañado la ciudad. La memoria arrastra el pasado al presente, generando herramientas nuevas. Como indicaba Richard Sennet: “Las reparaciones son un terreno de prueba para todas las herramientas. Más aún la experiencia de realizar reparaciones dinámicas establece una línea, fina pero bien definida, entre la herramienta específica y la multiuso. Es probable que, mentalmente, coloquemos en la caja de herramientas específicas la que se limita a restaurar, mientras que la multiuso nos permite explorar más profundamente el acto de reparar. La diferencia interesa porque indica dos tipos de respuesta emocional a un objeto que no funciona. Puede que queramos simplemente aliviar la frustración y que para ello empleemos herramientas adaptadas a su fin. Pero también puede ocurrir que toleremos la frustración porque sintamos curiosidad; la posibilidad de realizar una reparación dinámica será estimulante y la herramienta multiuso servirá como instrumento de curiosidad.”

Edificio de Caixa Galicia, 1941. Vía Todocolección

Edificio de Caixa Galicia, 1941. Vía Todocolección

El edificio Caixa Galicia

En A Coruña, algunos edificios forman parte de la memoria, y habitan un pasado irreparable. El edificio de Caixa Galicia, construido en 1934, fue derribado en 1969. Situado en la calle San Andrés, la imagen de este edificio era un icono urbano que durante tres décadas formó parte de la historia de la ciudad. Su impacto sobre la memoria de la ciudad fue muy amplio a pesar del poco tiempo en que el edificio existió. Esta sede para Caixa Galicia era obra del arquitecto coruñés Eduardo Rodríguez Losada (1886-1973). Rodríguez Losada, fue uno de los arquitectos más relevantes de la ciudad durante la primera mitad del siglo XX. Su estilo, de lenguaje ecléctico resultaba del gusto de la burguesía coruñesa. Entre sus obras destacan la Casa Cortés, el proyecto para Ciudad Jardín (junto con algunas viviendas de esta colonia), la Casa Ameixeiras, Villa Felisa o la Casa Escariz. También fue un reconocido compositor musical manteniendo el lenguaje ecléctico también en su obra orquestal.

El edificio situado en la calle San Andrés fue sede del banco creado en 1875, tras diversas transformaciones y alianzas el banco se constituye como sede propia con socios de la ciudad que, muchos de ellos grandes fortunas que prestaban dinero a los ciudadanos, tales como Pedro Barrié de la Maza, Martín de Carricarte, Eusebio da Guarda, Narciso Obanza, la sociedad de Rubine e hijos y otras empresas como Crédito Gallego y la Caja de ahorros y Monte Piedad de La Coruña. La posición de la ciudad próxima al mar potenciaba esta clase de negocios en los que las exportaciones y el comercio resultaban fundamentales.

La arquitectura bancaria

La arquitectura bancaria, al igual que la de cualquier tipología vinculada a algún tipo de poder cultural que busque significarse, desarrolla un conjunto de elementos que construyen el lenguaje del poder. Habitualmente se suele escoger un lenguaje formado por elementos clásicos y una decoración no excesivamente profusa. La parte baja, a pie de calle suele presentar una construcción de aspecto más pesado y grave, mientras que las plantas superiores se aligeran. Obras como el Palacio del Banco de Italia (Luigi Broggi y Cesare Nava, 1907-1912) o el Banco de España en Madrid (Eduardo de Adaro y Severiano Sáinz de la Lastra, 1891), son edificios que incorporan columnas clásicas, las del primero inspiradas en el Erectéion de Atenas, las del segundo en la tradición clásica española más próxima a Juan de Villanueva.

El edificio de a Coruña era un volumen sólido en cuyo vértice hacia la calle San Andrés se situaba un gran volumen cilíndrico en forma de torre rematado con una cúpula. El estilo ecléctico de Rodríguez Losada se mezcla con algunos gestos propios de la arquitectura vernácula, quizás para enraizar lo ‘internacional’ de un lenguaje común a muchos lugares de España y Europa, con la mirada vernácula local. El edificio se compone definiendo una jerarquía clara desde la planta baja a la superior: la planta baja, a nivel de calle se reviste de piedra, con aspecto basto como la tradición de los palacios renacentistas italianos y franceses; de la planta primera a la tercera el cuerpo del edificio es homogéneo salvo algunas pequeñas variaciones ornamentales; sobre el cuerpo de las plantas se dispone una línea de cornisa muy matizada, tanto que sobresale apoyada en canecillo y se remata con pináculos al igual que muchos edificios aristocráticos gallegos. En la esquina, como remate del torreón emerge un tambor octogonal sobre el que se coloca una cúpula con linterna, a la manera de algunos edificios de carácter religioso del barroco gallego. La disposición de los diferentes elementos ornamentales es densa, y se realizó de tal manera que en él se pueden encontrar reminiscencias de la arquitectura monumental gallega tradicional.

Banco de España en Madrid via wikimedia commons

Banco de España en Madrid via wikimedia commons

Ornamentación ecléctica

La ornamentación del edificio es densa, y establece una lectura vertical: los huecos de la planta baja son sencillos y de grandes dimensiones; los huecos de la primera planta, de menor tamaño, se coronan con frontones triangulares en aquellos que buscan significarse y curvos en los tres centrales de cada plano de fachada; en la planta segunda los huecos carecen de frontón, a cambio incorporan un dintel sencillo, pero el alféizar se apoya en canecillos; la tercera planta está formada por huecos del mismo tamaño que en las plantas inferiores y cuentan con un recercado sencillo. Dos de los balcones de cada fachada, los que se encuentran más próximos a los extremos cuentan con balcón y rejería. En los remates de la planta baja y la superior de la pieza cilíndrica, se colocan balaustradas que refuerzan la gravedad de la esquina. En la planta baja, la balaustrada es tradicional, pero en el remate de cornisa de la planta superior, la balaustrada se decora con más profusión incluyendo un reloj de carrillón. Este último elemento, el reloj, resultó ser tan característico, que terminó dando nombre a la torre y al propio edificio. El remate superior con cúpula, pináculos y linterna refuerza la imagen monumental y representativa de un edificio que buscaba ser imagen de una empresa.

A finales de la década de los sesenta, el edificio, que arrastraba problemas estructurales fue derribado y se reemplazó por una construcción contemporánea que ocupaba la parcela previa, así como otras cercanas. La parcela actual ocupa unos 500 metros cuadrados. El lenguaje moderno propio de su época, se sustituyó por eclético propio de tres décadas antes.

Foto: Nuria Prieto

Foto: Nuria Prieto

Un poco de imaginación

Las civilizaciones construyen sus obras con la voluntad de mostrar su identidad. Los monumentos buscan ser notorios, mostrar la capacidad o el poder a través de la arquitectura. La ciudad se compone de edificios diversos, y aunque muchos hayan desaparecido, su monumentalidad sigue estando presente. Estas obras son una excepción, un icono, en la construcción urbana. La ciudad se construye con todos aquellos edificios anónimos y pobres que le dan forma.

Foto: Nuria Prieto

Foto: Nuria Prieto

“Mientras más pobre, más elegante […]; ese es un misterio; que la elegancia, un concepto burgués, sea monopolio de los pobres es una realidad extraña. Me refiero a los pobres rurales […]; uno va a hablar con los huasos y es como estar en Versalles” - Cristián Huneeus

La memoria de la ciudad, la de sus edificios desaparecidos, construyen un aura simbólica del pasado que fue. Quizás idealizado, el pasado urbano crea una imagen elegante de la ciudad. Aquella que describe una estética alejada de errores y defectos. Cuando esta capa memorística se superpone al legado contemporáneo, se produce un diálogo constructivo que revela la realidad. La vida de la ciudad transcurre en los intersticios de la memoria y la realidad, siempre con un poco de imaginación.