El número 8-10 de la calle Médico Rodríguez de A Coruña

El número 8-10 de la calle Médico Rodríguez de A Coruña Nuria Prieto

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El número 8-10 de la calle Médico Rodríguez de A Coruña

El edificio situado en el número 8-10 de la calle Médico Rodríguez es obra del arquitecto Antonio Vicens Moltó. Construido en 1953 es una interesante propuesta racionalista en la que la fachada parece moverse en el marco de una manzana completamente rígida

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La escritora Aurora Luque pedía al tiempo que nos deje al menos una memoria blanda. Una “que registre los ecos, los olores, la risa, la intuición dolorosa del temblor que sentimos como un dios pasajero”. En esa memoria blanda se encuentra todo lo demás, todo lo que queda cuando lo que parece importante desaparece. Solo lo parece. Hay recuerdos que, como el papel que envuelve un dulce, se descarta ante el deseo provocado por la gula. Pero quizás en él había algo, blando, que merecería la pena recordar, aunque no se pueda conservar. Algunos edificios de la ciudad son obras que se han desprendido de sus envoltorios originales, pequeñas capas que, aunque no demasiado relevantes en la preservación del concepto original del edificio, arropan la memoria de quien recuerda su vanguardia, su inapelable imagen de novedad.

La forma de la ciudad sufre la erosión del tiempo que la libera de las capas que envuelven sus edificios. Puede que solo se las lleve el viento, y que letreros, carpinterías originales, huecos, pintura o elementos decorativos, desaparezcan con el tiempo renovando de forma paulatina la imagen de la ciudad. Dentro de este contexto, la arquitectura, al igual que el arte, se compromete con la estética que emana el momento. El gobierno de la morfología urbana se apoya en los caminos que históricamente han atravesado todas aquellas personas que han construido la ciudad desde su origen.

Foto: Nuria Prieto

Foto: Nuria Prieto

“Quizá Gomis era demasiado inquieto para abrazar un único credo y eso lógicamente le excluía de la ortodoxia interpretativa de los críticos. O puede que fuese demasiado rápido y se anticipaba a las corrientes artísticas antes que llegasen a consolidarse. Podríamos decir que hay dos clases de artistas: los que abren caminos y los que se aventuran en la profundidad de los primeros.” - Joan Fontcuberta

A principios del siglo XX el contexto cultural y especialmente el arquitectónico, comenzó a desarrollarse de forma agitada siguiendo los eventos históricos. La estética se transformó en varias ocasiones, acusando los traumas de la historia, pero la creatividad se disparó desarrollando nuevas estrategias arquitectónicas. El nacimiento del Expresionismo, el Movimiento Moderno o el Racionalismo dibujan una atmósfera vibrante en la que las transformaciones conceptuales dieron lugar a numerosas experiencias morfológicas y compositivas. La tecnología y los avances constructivos, sumados a una narrativa cambiante componen una etapa tortuosa pero productiva. En España, tras la devastación de la Guerra Civil, se establecen unos parámetros compositivos.

La arquitectura culta ha de responder al reglamento estético del régimen, pero la arquitectura popular o destinada a reconstruir las ciudades es ligeramente más flexible, aunque no adopta las vanguardias europeas, sino que se apoya en estilos anteriores como el neoclasicismo o el eclecticismo, o bien se adscribe a neorregionalismos y gestos de la arquitectura vernácula. El racionalismo y el expresionismo se mantienen, pero se adaptan a los tiempos, desarrollando una versión domesticada lejos de estrategias propositivas o sorprendentes.

Racionalismo y expresionismo

El racionalismo, además, es un estilo arquitectónico que permite realizar construcciones de bajo presupuesto. La Ley Salmón (Ley de previsión contra el paro de 25 de junio de 1935) propició la construcción de numerosos edificios en este estilo. La efectividad de esta ley fue tal que se transformó bajo la dictadura para seguir aplicando los mismos principios. La construcción de vivienda a bajo precio posibilitaba una rápida reconstrucción del tejido urbano y rural. En A Coruña, existen numerosos ejemplos de edificios proyectados con este estilo arquitectónico, y otros muchos que recogen gestos compositivos propios de él.

En la calle Médico Rodríguez se encuentra un edificio de aspecto muy singular, especialmente por su contraste con la rigidez formal de la calle. El número 8-10 de la calle Médico Rodríguez se inserta en un conjunto urbano de tejido rígido surgido tras la ordenación del entorno de la calle Juan Flórez y el área de la plaza Maestro Mateo. Las edificaciones preexistentes como un cuartel de la Guardia Civil, una corrala o la plaza de toros (hoy desaparecidas), dejaron trazas muy claras y en cierto modo sólidas, recreando una fachada casi continua y plana. Pero en este edificio, el proyecto desarrollado por el arquitecto Antonio Vicéns Moltó en 1935, proyecta una fachada que parece moverse, especialmente al mirar a los edificios próximos.

Vicéns Moltó había sido arquitecto municipal de Ponferrada, y en años previos había ascendido de soldado voluntario a Alférez honorario del arma de ingenieros del bando Nacional (BOE 22 febrero de 1937). Cuando llega a Coruña ejerce también como arquitecto municipal y posteriormente se dedica a la profesión liberal. Desarrolla algunas obras significativas en la ciudad en las que su estilo es muy reconocible como el edificio 64-66 de la calle Juan Flórez o el número 5 de la calle Francisco Mariño.

Foto: Nuria Prieto

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Una fachada dinámica

El edificio de Médico Rodríguez se integra en su manzana con apariencia de ser una fachada con profundidad, pero en realidad absorbe la irregularidad geométrica del trazado de las diferentes parcelas. En el centro de esta se sitúa el núcleo de comunicaciones, del que parten dos viviendas por planta, una a cada lado. Las viviendas presentan una organización muy sensata, situando las zonas de estar hacia la fachada principal, las habitaciones hacia la parte de atrás de la parcela (con luz natural desde los patios laterales y el patio de manzana) y los cuartos húmedos como cocina y baños en una franja central vinculados al patio del edificio situado tras el núcleo de comunicaciones. La organización interna de los espacios es bastante convencional, pero la fachada presenta una tipología muy singular.

Foto: Nuria Prieto

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La composición de la fachada parte de una galería central que recorre el edificio verticalmente, rematándose con un arco en la última planta. La curvatura de la galería junto con el arco superior, crean una falsa sensación de doble curvatura que proporciona dinamismo. Al curvar el elemento central, se provoca una hendidura que dispersa la mirada hacia ambos lados. En lugar de únicamente enviar los cuerpos laterales hacia un plano posterior, Vicens Moltó, superpone otra capa que se curva en sentido contrario a la galería como dos alas que parten del centro. Este gesto permite subrayar el movimiento en la fachada, pero también abrirla lateralmente, de tal manera que se puedan conseguir vistas a ambos lados del edificio en un plano vertical de la manzana continuo. La superposición es un plano permeable, ya que no se cierra ni frontal ni lateralmente, por lo que la fachada que se encuentra tras él se puede percibir fácilmente.

El volumen del edificio respecta las ordenanzas municipales, de tal forma que la primera planta se mantiene en el plano de la planta baja, mientras que las superiores vuelan respecto a esta. La última planta se separa del resto del cuerpo del edificio mediante una cornisa superior que resalta la curvatura de la fachada. En la última planta la capa que se superpone exteriormente a la fachada se sustituye por una pérgola de hormigón que continúa la geometría del conjunto, pero de una manera más libre, desmaterializando la morfología del resto de plantas inferiores. La imagen racionalista del edificio se hace presente con las curvaturas y su composición, pero los rasgos expresionistas aparecen en la superposición de planos y en la desmaterialización de la fachada a medida que este se acerca al límite superior.

El edificio se culminaba con un letrero de Austin, promotor del edificio, lo que añadía un aspecto vanguardista al conjunto. Las carpinterías han sido modificadas respecto al edificio original, pero su estética se mantiene fiel al proyecto con frentes de ladrillo y enfoscados de mortero de cemento coloreados. El ladrillo proporciona una imagen de rigidez frente a la curvatura que proporciona la plasticidad del mortero de cemento. En la galería central, los huecos se recercan mediante esbeltas molduras que también se utilizan bajo cada uno de los balcones laterales enfatizando la curvatura de los cuerpos laterales.

Foto: Nuria Prieto

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Un sabor tan viejo como el agua fría

Las memorias blandas envuelven aquellos recuerdos que son rígidos e inmóviles. Los principios que mueven al ser humano se repiten una y otra vez como un mantra troncal. Pero en torno a ellos nacen un conjunto de conceptos, ideas o emociones que no se labran en piedra, solo crean una extraña atmósfera que es reconocible como un sabor.

Foto: Nuria Prieto

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“Todo el Mediterráneo—las esculturas, las palmeras, los héroes con barba, el vino, las ideas, los barcos, la luz de la luna, las gorgonas aladas, los hombres de bronce, los filósofos—parece surgir del sabor agrio y picante de las olivas negras entre los dientes. Un sabor más frío que la carne, más viejo que el vino. Un sabor tan viejo como el agua fría.” - Larry Durrell

Reclamar todos aquellos recuerdos blandos permite leer la historia de otro modo, no de forma aséptica, sino como un pasado que pertenece al ser humano. Esta mirada acerca los eventos pasados al presente, mostrando la fragilidad y naturalidad humana frente la solidez de aquello que ha conseguido atravesar el paso del tiempo. Una objetividad en la que las emociones también son responsables de la construcción del presente.