El número 4 de la calle Betanzos de A Coruña, una obra de Rodríguez Losada

El número 4 de la calle Betanzos de A Coruña, una obra de Rodríguez Losada Nuria Prieto

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El número 4 de la calle Betanzos de A Coruña, una obra de Rodríguez Losada

El edificio situado en el número 4 de la calle Betanzos es un edificio que completa una manaza irregular. Construido en 1926, es obra del prolífico arquitecto coruñés Eduardo Rodríguez Losada, quien utilizó su característico lenguaje eclético en este proyecto

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Hay lugares que contienen una atmósfera especial. El cine, la literatura o la pintura transmiten, a veces, de forma muy cercana su atmósfera. Darío Voltoni describe: “un árbol lleno de limones proyecta su sombra sobre una silla que se quedó ahí, en el patio / una esfera de aire se quedó enganchada en sus hojas”, mientras que Isaiah Berlin reflexiona: “Yo siempre estoy yendo a casa, siempre a la casa de mi padre”. La evocación del lugar responde a una idealización que reside en la memoria, pero algunos rasgos de esta son ciertos y objetivos. Estas atmósferas se componen de numerosos rasgos emocionales, pero también de elementos físicos que se interpretan definiendo una escena. En esa compleja composición, la arquitectura construye un soporte en el que ciertos elementos son recordados como signos.

“Un signo no tiene significación; una flecha, aislada de los discos de señalización del tráfico, nos recuerda diversos semas relativos a la dirección de los vehículos; pero, por sí misma, esta flecha no permite concretar un estado de conciencia; para que sea así ha de tener un determinado color, una dirección determinada y ha de figurar en un disco colocado en determinado sitio; lo mismo sucede con la palabra aislada, por ejemplo, mesa: surge como miembro virtual de diversas frases, en las que se habla de cosas diversas; pero por ella misma no permite reconstruir el estado de conciencia de que hablamos” - Eric Buyssens

En arquitectura, la percepción completa el significado del espacio y, en ocasiones si dicha interpretación es emocional, permite la interiorización de este. El lenguaje de una obra define un conjunto de signos a través de los cuales el habitante o el observador puede leer, sentir y memorizar de manera perceptiva. A lo largo de la historia y al igual que en las obras pictóricas, los signos han añadido capas de complejidad interpretativa a las obras de arquitectura. Los órdenes griegos o la arquitectura romana permiten lecturas directas en torno a su morfología espacial, pero a medida que las culturas aumentaban su complejidad, el lenguaje también lo hacía.

Los lenguajes arquitectónicos evocan atmósferas, y algunas resuenan emocionalmente más que otras. Esta vibración interpela a los sentimientos, pero también a la memoria, de tal manera que trasladan al habitante o visitante a ciertos lugares. Así se suelen interpretar referencias a Francia o Italia en determinadas obras que se encuentran muy lejos de estos países. La memoria es la que completa la lectura. A principios del siglo XX, el romanticismo y el neoclasicismo eran aún, etapas recientes, como también lo eran el estilo Beaux Arts y el modernismo. El desarrollo de los ensanches urbanos en el cambio de siglo es una oportunidad para el crecimiento urbano y la experimentación arquitectónica, sin embargo, dado que estos planes involucran grandes áreas, en la mayor parte de lugares se optaba por la definición de un lenguaje más conservador, vagamente referencias o evocador de los estilos recientes.

Foto: Nuria Prieto

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En algunos casos, como en A Coruña, se definió una estética que combinaba los rasgos de la vivienda burguesa con la arquitectura vernácula, incorporando galerías. Pero pronto se flexibilizó esta ordenanza permitiendo la aparición de otros lenguajes y así, el ensanche coruñés introdujo magníficas obras de lenguaje modernista, ecléctico o racionalista. Desde la Casa Cortés a la Casa Viturro, el ensanche introduce numerosos edificios que se encuentran en la vanguardia de su tiempo como el conjunto modernista de la calle Ferrol o el racionalista de la calle Emilia Pardo Bazán así como el icónico número 2 de esta calle que se aproxima al cubismo. En cada calle puede leerse una obra singular de manera detallada e interpretar, a través de ella, la atmósfera a la que evoca.

Foto: Nuria Prieto

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El número 4 de la calle Betanzos

El número 4 de la calle Betanzos es uno de esos edificios que han de mirarse con cierto detalle. Situado en el borde más ancho de una de las pocas manzanas irregulares del ensanche, la obra ocupa un extremo completo del volumen de esta. Obra del arquitecto Eduardo Rodríguez Losada completa el volumen triangular que en el otro extremo se cierra mediante una obra de Vicens Moltó de estilo racionalista, al igual que el edificio central que utiliza el mismo lenguaje, aunque incorpora algún rasgo vernáculo en forma de galería. Eduardo Rodríguez Losada fue un arquitecto muy prolífico que desarrollo su obra con un lenguaje decididamente ecléctico. En algunas obras como la casa Cortés su composición y el tipo de ornamentación incluida crean un edificio de aspecto casi aristocrático y evocación Beaux Arts con decoración efervescente. En otras, como la Casa Ameixeiras o esta obra situada en la calle Betanzos el enfoque electricista encuentra su base en el neoclasicismo.

Este edificio compone su planta y fachada a partir de la organización de la volumetría en torno a parcela. Las esquinas incorporan galerías curvas dejando planos intermedios en los que se acomodan el resto de los huecos. A partir de este planteamiento se configuran las plantas dejando los espacios de estar en las esquinas y distribuyendo el resto de las estancias a lo largo de la fachada. En la parte posterior de la parcela, en la medianera con el edificio contiguo, se sitúa un patio común a ambos. Con cuatro plantas y bajocubierta, el edificio sigue la ordenanza municipal, pero reviste todas sus prescripciones de un lenguaje ecléctico con elementos neoclásicos, aunque añade algunos motivos decorativos muy habituales en sus obras. El edificio fue construido en 1926, por lo que su estética es muy propia de ese momento.

Foto: Nuria Prieto

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Orden y jerarquía

La fachada se organiza mediante una jerarquía compositiva muy clara: las esquinas incorporan el mirador, a continuación de este se disponen cuerpos verticales rematados con un frontón, cuerpos que también se sitúan en los extremos de la parcela, entre ambos el lienzo de fachada es neutro y se remata con buhardillas. Horizontalmente el edificio se confina entre el vuelo de la planta baja y la línea de cornisa que separa el conjunto de pisos del bajocubierta. Dentro de esta franja se establece una gradación clásica, en la que la primera planta consta de un balcón continuo y de aspecto pétreo, segunda planta con alféizar volado, tercera planta sencilla y cuarta planta con balcones de forja. El bajocubierta y las galerías en esquina se componen de forma singular, desarrollando cierta continuidad con el resto de la composición, pero con un criterio propio.

Las galerías mantienen una cierta homogeneidad en la planta segunda y tercera, pero en la cuarta en lugar de incorporar la forja siguiendo criterio del resto de la fachada, replica la solución de la primera planta con una balaustrada pétrea. Esta decisión en la galería de la cuarta planta, provoca una transformación en la disposición de huecos, introduciendo dos columnas de orden compuesto. El bajocubierta, alterna tres elementos: coronación con un cuerpo mediante arcos y remate con frontón, buhardillas, y falso peto en curva sobre las galerías que, en realidad, es un espacio habitable más. Todos estos elementos se ornamentan profusamente. Los frontones se recercan mediante complejas superposiciones de molduras y se coronan con pináculos. Las buhardillas y el peto incorporan volutas, así como pináculos, y en el caso de las esquinas, escudos geminados en la parte superior. Uno de los elementos más singulares de la ornamentación del edificio es el uso de la forja en los balcones de la planta cuarta. No sólo por la morfología de su ornamentación, sino también por la disposición ‘colgada’ de la fachada que acentúa su ligereza.

La materialidad del edificio es relativamente tecnológica para su época. Incorpora estructura de hormigón, y encofrados en fachada con este mismo material. Así mismo se utiliza el mortero para dar forma a los elementos decorativos. Interiormente el edificio incorpora ascensor y una notable escalera de madera. El uso de este lenguaje arquitectónico traslada esta obra a una atmósfera propia de la burguesía europea de los años veinte. Descontextualizada por completo, y utilizando sólo los elementos de su lenguaje de manera memorística, el edificio es capaz de recrear una atmósfera evocadora singular y única.

Foto: Nuria Prieto

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Una biblioteca nada desdeñable

En una cierta idea del mundo Alesandro Baricco reflexiona sobre libros, con un criterio personal y por tanto subjetivo. En él busca resaltar la importancia que tienen los libros en la creación de la identidad cultural de un individuo o un territorio. Los libros son capaces de crear atmósferas necesarias para sostener la vida, desde un punto de vista emocional. De la misma forma, la arquitectura o el arte son capaces de crear ese mismo halo.

Foto: Nuria Prieto

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“Otra curiosidad sobre los libros es que, no hace mucho tiempo, una casa en la que hubiera una cincuentena de ellos se consideraba prácticamente una biblioteca nada desdeñable. John Harvard, un pastor protestante del siglo XVII, llegó a tener cuatrocientos, una biblioteca considerada tan colosal que cuando el día de su muerte la regaló al instituto donde enseñaba, la llamaron la universidad.” - Alessandro Baricco. Una cierta idea del mundo

Los libros, la arquitectura o el arte, producen obras capaces de conmover de tal manera que enriquecen la vida. Su capacidad fenomenológica en la creación de espacios emocionales es una capa más de su estructura, la más difícil de conseguir, pero la más más fácil de percibir. Y es que hay lugares que, por alguna razón son, simplemente especiales.